10 de febrero de 2022, 4:00 AM
10 de febrero de 2022, 4:00 AM


El sufrimiento conmueve y expone la debilidad de nuestras vidas. La peor crisis mundial nos acompaña por más de dos años, generándonos inicialmente pánico, luto por las pérdidas, ansiedad por el lejano retorno y cansancio.

Pasamos de saludarnos con un cordial y recurrente “buenos días” a un empático “espero que estén bien de salud”.

La crisis sanitaria ha sido fuerte: según The Economist, las muertes acumuladas hasta el 5 de febrero por covid-19 habrían llegado a 56 mil personas en el país, menor que los 220 mil estimados en Perú, pero menos que los 40 mil chilenos. Además, la pandemia nos está dejando un legado doloroso en diversos ámbitos.

Por eso, esta columna pausa sus reflexiones semanales para empatizar con quienes están en los valles de sombre de muerte en primera o tercera persona.

Aunque prefiero evitar alusiones personales, permítanme compartir algunos dramas humanos que me angustian y crean empatía.

¡Nos asombras, querida amiga, que luchas con todas tus fuerzas por recobrar tu salud en el extranjero de tus agudas y extrañas dolencias que te mantienen alejada de tus hijos, la razón de tu vida! Y, ¡ni qué decir de tus padres que te alientan a seguir, aunque su corazón esté destrozado!

¡Ni qué decir de usted, paladina cristiana de la educación, que frente a la angustia solitaria y el dolor recóndito tomó la más difícil decisión que nos cuestiona sobre qué nos faltó hacer para que podamos ayudarle mientras aún estaba con nosotros!

¡Y usted, mi querido fraile y educador, que se despojó de su familia y de su nacionalidad al otro lado del mundo para llegar al tejado del planeta a promover la instrucción con pasión y denuedo! ¡Cuánta falta ya nos hace!

¡O ustedes mis héroes de la fe, mis líderes, o que han enfrentado las pérdidas de progenitores a causa de esta calamidad o que enfrentan con coraje aún en medio de la debilidad las afecciones de sus más cercanos!

¡Vos, amiga y colega, que junto a tu familia vieron partir lentamente a tu inspiración, quien con su silenciosa exclamación cotidiana impulsó tus logros y avances para pasar a ser la heroína de tu progenitor! ¡Cuántos como vos han enfrentado estas pérdidas inconclusas e irresolubles por este tsunami sanitario!

¡Y cómo no mencionar a ustedes dos, mis cercanos en el corazón y en el quehacer cotidiano, quienes perdieron en tiempos y circunstancias distintas sus tesoros terrenales más valiosos, sus legados, sus proyecciones! El solo hecho de seguir con nosotros nos muestra su entereza.

Menciono estos casos como representativos de los cientos de miles de familias que han experimentado dolor, desesperanza, desconsuelo frente a pérdidas, enfermedades, rupturas y toda clase de marcas propias de los humanos.

En lo emocional nadie mejor que Viktor Frankl, el médico de emociones austriaco y autor de El hombre en busca de sentido, quien sobrevivió al holocausto de la Segunda Guerra Mundial, y dijo que “cuando ya no podemos cambiar una situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”.

Como lo afirmó en una entrevista del The New York Times la académica estadounidense Pauline Boss: “No deberíamos aspirar a regresar algo que teníamos, sino a ver qué podemos crear ahora y en el futuro… (anhelando) algo nuevo y propositivo que te sostenga y te brinde alegría en lo que resta de tu vida”.

Resta pues encontrar el propósito para nuestras vidas porque “el consuelo es solo posible si la esperanza es posible; y la esperanza es posible solo si la vida tiene sentido para nosotros”, como lo indica el pensador canadiense Michael Ignatieff en Sobre el consuelo: encontrando alivio en tiempos oscuros.

Una alternativa siempre presente, pero totalmente voluntaria, es encontrarlo en el amor y cuidado del Creador, quien dispone el bien para quienes lo respetan acorde a sus propósitos. En tornar la mirada a aquel que sufrió de forma indecible al entregar a su único hijo por amor a quienes no lo merecemos.

Por nuestras pérdidas y sufrimientos, hagamos un minuto de silencio con la vista al cielo.

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