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6 de enero de 2023, 4:00 AM
6 de enero de 2023, 4:00 AM

Por Mons. Robert Herman Flock, obispo de San Ignacio de Velasco


Tanto el comunismo como el socialismo tienen como principal argumento la planificación de la economía desde el Gobierno nacional, para satisfacer las necesidades de la población en vez de acumular riquezas. Esto supone el mayor centralismo posible, por lo que se descarta el federalismo y las autonomías.

La esencial diferencia es que el comunismo pretende adueñarse de todos los medios de producción; en cambio, el socialismo admite una combinación de la empresa privada y la estatal.

Pero es una relación disfuncional. Semejante convivencia nunca será un matrimonio bendecido, ni siquiera una convivencia con “Estado de derecho”, porque el centralismo tiene todos los derechos y la parte privada todas las obligaciones. Ella no debe levantar la voz o cuestionar al marido impuesto, sino quedarse en casa para satisfacer los deseos de él, cuyo credo principal es: “Yo soy quien manda”. Aunque proclame su amor, en su corazón desprecia a su pareja.

Es un concubinato abusivo, una convivencia obligada, con la pareja sometida, violada y hasta asesinada. Por esto, ningún país socialista goza de una población feliz. No están satisfechas sus necesidades, siendo la mayor necesidad, su propia libertad.

El centralismo no puede tolerar las libertades de su pareja. Por su misma naturaleza es posesivo, manipulador y machista, siempre sospechando que la otra parte le sea infiel, o peor, que encuentre una felicidad por su propia cuenta. De hecho, su obsesión por controlar toda la economía, convierte al socialismo en un marido tan desagradable y abusivo, que le motiva a la pareja separarse. Cuando ella muestra la más mínima señal de liberarse de su opresión, él grita, llora y acusa: “Separatista”, y como un alcohólico que pega a su pareja y a sus hijos, hace la vida imposible para esa pareja que quiere poseer, no como compañera de vida en condiciones de igualdad y respeto, sino como objeto para satisfacer sus propios vicios y apetitos. Golpea sin misericordia, y luego acusa a la víctima de ser golpista.

El socialismo se declara anticapitalista, antiimperialista, antipatriarcalista, antirracista, antimachista, pero se convierte en la encarnación de todos estos males; no le queda otro, porque necesita dominar a su pareja, para salir con lo suyo. Impone toda clase de burocracia y cargas pesadas a la empresa privada, mientras niega los derechos de sus propios empleados.

¿Cómo hacer una planificación centralista de la economía si una parte no quiere participar del juego? Hay que someterla, obligarla, como cualquier violador. La semilla del mal está en la esencia del socialismo. La pareja no va a casarse, ni siquiera por lo civil, en semejantes condiciones de desigualdad, impotencia y humillación.

El centralismo, sea comunista, socialista, fascista o religioso, es una forma de postrarse al demonio que no dudó en ofrecer a Jesucristo el poder y la gloria de todas las naciones, es decir, el poder central absoluto. Cuando el Hijo Único del Todopoderoso dijo “No”, Satanás ingenió la mayor humillación posible, la crucifixión de Emmauel.

Pero al fin de cuentas, solo condenó a sí mismo, poniendo de relieve su ser diabólico. Así también el socialismo no puede esconder su malicia. Se presenta como portador de luz; se revela como Lucifer. Cuando la pareja de este concubinato intenta apartarse del infierno impuesto, éste opta por el feminicidio, con toda su furia violenta. Dicen que el infierno no tiene una furia comparable con la mujer rechazada, pero en realidad, es la bella y abusada mujer que siempre resulta ser la víctima de una furia infernal llamada socialismo.

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