12 de diciembre de 2022, 4:00 AM
12 de diciembre de 2022, 4:00 AM

A pocos días de celebrar la Navidad, las fiestas de fin de año y despedir un agitado 2022 que se va y de desearnos entre todas y todos, un próspero Año Nuevo, se viven días de intolerancia, de inestabilidad e incertidumbre.

Como nunca antes, en estas tierras grigotanas, el grito, la amenaza, los improperios y la furia callejera están a la orden del día. Pareciera que desde la madrugada se comienza a presentir que algo va a suceder. Que en cualquier momento una chispa desatará un nuevo incendio.

Hace un tiempo enunciar a Santa Cruz significaba tierra de trabajo, de paz y progreso, tierra de oportunidades, de libre desarrollo. Un lugar en el mundo donde la sonrisa se hacía ancha cuando se extendía la mano solidaria y el vecino era también familia.

Pero algo está pasando. Este cuerpo social está manifestando síntomas extraños, sufrimientos que debemos conocer antes que sea tarde.

La violencia que se manifiesta en la toma de la propiedad privada, la ocupación agresiva de los espacios públicos, la corrupción de las altas esferas, el uso y abuso de los recursos públicos, la falta de honestidad de los elegidos en democracia, las rencillas por nuevos espacios de poder, entre otras irregularidades, nos convierten en una fábula sin destino. Presos de esta pesadilla ignota, los días corren hacia el final del año sin descanso.

Cautivos de ambiciones desmedidas y de exabruptos cotidianos, el respeto pareciera ser hoy una moneda en desuso, inservible, tragada por la insania del apuro y el éxito efímero.

Desde los niveles más altos y menos esperados se ven y escuchan atropellos verbales y epítetos desafortunados que violentan nuestros días.

Es tiempo de frenar tanto atropello. De escuchar a este cuerpo social que manifiesta dolores, malestares y enfermedades.

Si de las autoridades elegidas para trabajar por mejores días, para defender a los más débiles, para concretar los mejores proyectos en beneficio de la comunidad, salen oscuras diatribas que contaminan el devenir cotidiano, no solo infligen un desgaste de su figura sino, además, no están cumpliendo con su rol ni haciendo honor a las promesas anunciadas.

Se evidencia una incapacidad importante de ordenar la casa, que sigue desoyendo los interese más comunes.
Estamos ante un escenario de desorden con la ley archivada y el poder violento imponiendo la zozobra y el malestar. Ante la falta de presencia estatal, grupos artificiales generan ruido de petardos ocultando intereses abyectos que no condicen con este paraíso oriental.

A su vez, la fuerza ciudadana ha demostrado en las calles, en las plataformas y en los espacios de voz que no hay tiempo que perder y que las urgencias deben ser atendidas ahora, no mañana.

La alta tensión podría llegar a hacerse insostenible en el umbral de nuevos tiempos. No es momento de falsos experimentos.

Ganar la tranquilidad, el sosiego y las capacidades para desarrollar mejores días son propósitos que esta región se ha trazado desde hace muchas décadas. Hoy es tiempo de desactivar espurios conflictos y forjar nuevos caminos.

Bolivia y Santa Cruz necesitan una lluvia que borre la mezquindad y lave las heridas. Que reconcilie los corazones de un pueblo digno que merece un porvenir próspero y sano. Así como lo soñaron nuestros antecesores, a quienes les debemos sostener los principios que forjaron esta noble y fecunda tierra.

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