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Todo el poder a Putin

William Herrera A 12/4/2021 05:00

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Aquae sectestrum cusaerum rCon la reforma constitucional en Rusia, Vladímir Putin se convierte en uno de los mandatarios más poderosos en la historia de la ex Unión Soviética, uno de los líderes mundiales que menos cuentas tiene que rendir ante su propia ciudadanía y uno de los presidentes que más puede continuar en el cargo (hasta 2036). Todo este proceso de reforma constitucional se ha caracterizado por la opacidad, la ambigüedad y la falta de consenso. Putin acaba de imponer, en efecto, un sistema personalista que otorga a la jefatura del Estado no solo unas extralimitadas atribuciones, sino una influencia sobre los demás poderes del Estado sin parangón en una democracia formal.

Lo que ha ocurrido en Rusia ya fue advertido por los académicos Steven Levitsky y Daniel Ziblatt (autores del libro: Cómo mueren las democracias), como otra forma de hacer quebrar una democracia, aunque menos dramática pero igual de letal. Las democracias pueden fracasar en manos no ya de generales, sino de líderes electos, de presidente o primeros ministros que subvierten el proceso mismo que los condujo al poder. Y la paradoja trágica de la senda electoral hacia el autoritarismo es que los carniceros de la democracia utilizan las propias instituciones de la democracia de manera gradual, sutil e incluso legal para liquidarla.

A tiempo de recordar como ascendieron al poder Adolf Hitler en Alemania, Benito Mussolini en Italia, Alberto Fujimori en Perú, Hugo Chávez en Venezuela, entre otros, los profesores de la Universidad de Harvard identifican los rasgos que caracterizan a una persona autoritaria, que son: 1) rechaza, ya sea de palabra o mediante acciones, las reglas democráticas del juego; 2) niega la legitimidad de sus oponentes; 3) tolera o alienta la violencia; e 4) indica su voluntad de restringir las libertades civiles de sus opositores, incluidos los medios de comunicación.

El libro pone de relieve que el desmantelamiento de la democracia se inicia de manera paulatina y para muchos ciudadanos puede resultar imperceptible. Al fin y al cabo, se siguen celebrando elecciones, los políticos de la oposición continúan ocupando bancas en el congreso y la prensa independiente sigue publicándose. La erosión de la democracia tiene lugar en cámara lenta. Cada uno de los pasos, por separado, suena insignificante: ninguno de ellos parece amenazar realmente la democracia. De hecho, los movimientos del gobierno para subvertirla suelen estar dotados de una pátina de legalidad: o bien los aprueba el Parlamento o bien el Tribunal Supremo (Tribunal Constitucional) garantiza su constitucionalidad. Muchos de ellos se adoptan con el pretexto de perseguir un objetivo público legítimo (e incluso loable), como combatir la corrupción, garantizar la “limpieza” de las elecciones, mejorar la calidad de la democracia o potenciar la seguridad nacional.

La mayoría de las autocracias contemporáneas no borran todo rastro de disidencia, como hizo Mussolini en la Italia fascista o Fidel Castro en Cuba. El modo más sencillo de lidiar con los adversarios potenciales es comprarlos. La mayoría de los autócratas electos empiezan por ofrecer puestos políticos, empresariales o mediáticos destacados, favores, ventajas o, directamente, sobornos a cambio de su apoyo, al menos, de su silencio y su neutralidad.

Pero para atornillarse en el poder, los gobiernos deben hacer algo más: reformar la Constitución, el sistema electoral y otras instituciones que debilitan a la oposición, inclinando de nuevo el terreno de juego en contra de sus rivales. En realidad, comprando o debilitando a los opositores y reescribiendo las reglas del juego, los dirigentes electos pueden establecer una ventaja decisiva (y permanente) frente a sus adversarios. Y dado que estas medidas se llevan a cabo de manera paulatina, bajo una aparente legalidad, la deriva hacia el autoritarismo no siempre hace saltar las alarmas.

La obra recuerda que los dictadores desde Franco, Hitler y Mussolini en la Europa de entreguerras hasta Marcos, Castro y Pinochet durante la Guerra Fría, Putin y Chávez en el pasado más reciente, han justificado su consolidación en el poder etiquetando a sus adversarios de amenaza existencial. Algunas de las quiebras democráticas más trágica de la historia estuvieron precedidas por una degradación de las normas básicas.



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