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En Bolivia ya hay nuevas autoridades subnacionales: gobernadores y alcaldes que, en la mayoría de las ciudades capitales, no responden al Movimiento Al Socialismo. El asunto irrita al Gobierno. El día en que los elegidos juraban a sus cargos, el presidente no se refirió directamente a ellos para felicitarlos o expresarles sus buenos deseos, sino indirectamente al reafirmar que el 55% que él había logrado en las urnas debía respetarse y llamando a la unidad para enfrentar a la derecha. Esas palabras no han sido una buena manera de tender la mano para hacer un trabajo coordinado que esté al margen de los colores partidarios.

Varios de los nuevos gobernadores pidieron reunirse con el primer mandatario. Otros hablaron de la importancia de la realización del Censo Nacional de Población y Vivienda en 2022, debido a que los bolivianos no están contados y los datos que se usan para la redistribución de recursos ya no son válidos o, al menos, no responden a la realidad. Las autoridades están dando un paso obvio, cómo más se puede hacer una buena gestión si no es coordinando con un Gobierno nacional, que es el que distribuye la plata y que, además, cualquier rato promulga decretos que cercenan los fondos de departamentos y ciudades.

El vocero presidencial, Jorge Richter, dijo que habrá una reunión cuando los gobiernos subnacionales estén organizados y con todos sus funcionarios designados; pero, eso sí, dejó claro que las gobernaciones no van a imponerle agenda al Gobierno nacional en clara alusión a la primera autoridad política de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, quien habló de avanzar hacia el federalismo.

Las reacciones desde el Poder Ejecutivo Nacional no hacen más que demostrar cuánto cuesta trascender el centralismo imperante en el país. Lo lógico sería debatir las inquietudes que emergen desde las regiones si es que estas tienen la fuerza suficiente; pero no. Ya pasó con la autonomía, que nació precisamente en Santa Cruz, fue rechazada por el Gobierno del MAS, liderado por Evo Morales, quien no pudo ganar la pulseada y tuvo que admitir que ese tipo de administración era inevitable en Bolivia. Acabó aceptando las autonomías, buscó diseñarlas a su medida y ahora están constitucionalizadas.

Lo que las autoridades nacionales, departamentales y locales deben entender es que los bolivianos están cansados de tanta manipulación política de las realidades que se viven a lo largo y ancho del país. Que no haya pacto fiscal o una mejor redistribución de los recursos nacionales repercute en que falten respiradores en espacios geográficos altamente poblados o que falten servicios básicos en los cinturones de pobreza que se van formando por la migración a las grandes ciudades, solo por citar dos ejemplos.

Es tiempo de bajar la guardia, con epítetos descalificadores no se llegará a superar las crisis que abaten a Bolivia. El presidente debe entenderse a sí mismo como el estadista capaz de gobernar para la totalidad. Ricos y pobres, empresarios o proletarios, todos son bolivianos. En la medida que esto se comprenda habrá sinergia para trabajar juntos en procura de un mismo objetivo.

Gobernadores y alcaldes también tienen la oportunidad de demostrar que su llegada al poder significará un nuevo tiempo, con nuevas buenas prácticas. Que el odio y la separatividad no le ganen a la oportunidad de construir.

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