9 de marzo de 2022, 4:00 AM
9 de marzo de 2022, 4:00 AM


¿Alguien más lo percibió? No es época de Navidad y sin embargo las calles, avenidas, esquinas y rotondas de Santa Cruz de la Sierra están de pronto inundadas de personas en situación de calle. Hay mujeres, hombres adultos, personas de la tercera edad en sillas de ruedas o niños que tocan las ventanas de los vehículos para extender una mano y pedir ayuda.

Las escenas son muy diversas y todas, a su manera, dramáticas. Es el caso de niños que ven clausurado indefinidamente su derecho a jugar o divertirse sanamente y en casa, para pasar sus días debajo del sol abrasador de Santa Cruz con sensaciones térmicas diarias de casi 40 grados, exponiéndose a los vehículos porque podrían ser atropellados.

Nadie sabe por qué están allí, de dónde vienen o quién los dirige. Pero nunca están solos, siempre hay un familiar mayor cerca de ellos vigilando su “trabajo” de pedir unas monedas, y en ocasiones hay otras personas en los alrededores que son quienes, aparentemente, dirigen y controlan los movimientos de los pequeños, lo que hace temer la presencia de una red de explotadores que los “usan” para recaudar dineros que no irán a sus bolsillos ni al de sus padres, sino de personas ajenas que los llevan y traen, y se quedan con las recaudaciones.

Otros son los llegados del interior, particularmente de provincias de Santa Cruz, que vienen a la capital del departamento con la esperanza de conseguir empleo, y al no encontrarlo, se dedican a pedir ayuda en las calles y llevar una vida de subsistencia por debajo de lo básico.

Están los migrantes extranjeros: personas que llegaron de otros países, principalmente Venezuela, que salen huyendo de la escasez, la miseria y la falta de empleos. El lugar que eligen los migrantes es principalmente los semáforos, y si bien son jóvenes de quienes uno podría pensar que están en condiciones de trabajar, resulta también que la falta de papeles y sus condiciones de residencia ilegal hacen inviable que consigan un trabajo.

Pero también están las personas con adicciones a las drogas que viven debajo de los puentes y durante el día suben a las plataformas a buscar comida, en ocasiones se ponen agresivos y en general provocan malestar en los lugares por donde aparecen. Se dice que no tienen alternativas de rehabilitación, aunque eso tampoco es del todo cierto, ya que en muchos casos no hay voluntad de someterse a tratamientos.

Los adictos a las drogas no son solo adultos que viven hasta en familias completas en la misma condición, también están los niños atrapados en el mundo de las drogas, y que suelen limpiar vidrios de vehículos en los semáforos de más larga duración.

Todos esos grupos son víctimas de diferentes formas de la pobreza, y en la atención de sus necesidades no solo se juegan sus condiciones de sobrevivencia y satisfacción de necesidades básicas, sino también el bienestar de la ciudad y la incomodidad del resto de los habitantes.

No es únicamente un problema de “mal aspecto” de la urbe, como suele decirse cada vez que se observa este problema, sino principalmente un drama social del que nadie parece darse por aludido.

¿Qué hacen exactamente la Alcaldía de la ciudad y la Gobernación del departamento con relación a este problema que con seguridad las mismas autoridades ven a diario cuando se movilizan a su trabajo o a sus domicilios?

Lo más cómodo es mirar para otro lado y hacerse el desentendido, pero en este caso, tratándose de un problema urbano creciente y cada vez más visible, ninguno de los dos gobiernos puede desentenderse. Desde estas páginas haremos seguimiento del problema.

Tags