Opinión

Un fracasado nuevo intento por la unidad

3 de febrero de 2020, 3:00 AM
3 de febrero de 2020, 3:00 AM

El avanzado descrédito de los partidos políticos y sus líderes, esos que en genérico se llaman “clase política”, viene de muchos años atrás. Durante la recuperación de la democracia en 1982, los partidos de entonces recibieron el voto de confianza de la gente porque el país salía de una larga dictadura militar.

Poco duró el idilio popular con las organizaciones políticas, porque no se demoraron mucho los partidos en mostrar que su vocación -ambición, sería más preciso llamar- por el poder perseguía en realidad la satisfacción de intereses personales o sectoriales. El discurso del país y su destino, el futuro del Estado, el mejoramiento de las condiciones de vida de la población o el crecimiento económico, demostraron, cada vez, ser nada más que un conjunto de palabras y promesas necesarias para seducir al electorado.

En un par de décadas, una larga lista de decepciones por los partidos tradicionales hizo crecer en Bolivia, a la manera de una bola de nieve cuesta abajo, la opción de lo diferente y nuevo, que se llamó Evo Morales y su partido, Movimiento al Socialismo. El resultado ya es por todos conocidos.

14 años después, vuelve Bolivia a darle la oportunidad del protagonismo a los partidos y sus líderes tradicionales, algunos antiguos, otros no tanto, y unos cuantos nuevos pero bastante parecidos a los de antes.

Esa primera nueva oportunidad tiene fecha: 3 de mayo, día de elecciones en las que se decidirá si el país vuelve al camino de la democracia real o después de una breve pausa de medio año retorna al populismo autoritario del Movimiento al Socialismo formalmente con o sin Evo Morales, pero con el líder moviendo las fichas.

Saben, esos partidos y sus líderes, que participando en forma independiente, como han anunciado que lo harán, se corre el riesgo de generar una dispersión de votos que termine beneficiando al MAS, con lo cual no solamente estarían dejando el control de la Asamblea Legislativa en el partido de Morales, sino que incluso su retorno al poder es una posibilidad real.

Consciente de lo mismo, el Comité Cívico cruceño sentó a los candidatos en una misma mesa el sábado para intentar persuadirlos que busquen la unidad y el resultado fue un contundente fracaso. El documento conjunto que firmaron al final de inútiles seis horas de debate resume un conjunto de intenciones, algunas muy llamativas.

Una de ellas es el compromiso por llevar adelante un consenso parlamentario que garantice una gestión gubernamental pacífica, es decir, dan por sentado que alguno de los partidos que se oponen a Morales llegará al poder.

Paradójicamente ratifican su obligación de lograr la unidad ante el pueblo boliviano en defensa de la democracia, pero hasta ahora todos continúan firmes en su decisión de presentar sus fórmulas en forma separada.

También se comprometen a realizar una campaña electoral limpia, pacífica y tolerante, pero curiosamente en la misma reunión donde firmaban ese acuerdo algunos de ellos demostraron exactamente lo contrario al hacerse mutuas acusaciones que califican más como gestos de guerra sucia.

También se comprometen a transparentar los recursos de sus campañas electorales “para que no vuelvan las malas prácticas del pasado”, y no hacer uso de los bienes del Estado. La Constitución y las leyes señalan esas obligaciones, por lo cual tampoco resulta algo nuevo.

Y, finalmente, decidieron volver a reunirse el 3 de abril, “para evaluar el desarrollo de la campaña”. En esas conclusiones se resume también la predisposición de los candidatos a la destacable pero poco fructífera iniciativa de los cívicos cruceños.

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