6 de abril de 2023, 4:00 AM
6 de abril de 2023, 4:00 AM


Vivir escuchando todos los días lo que dicen los políticos en Bolivia es un castigo que no nos merecemos. Los términos que utilizan para expresarse producen horror, pero, además, confusión. La pésima utilización de la lengua es tal, que, sin duda, debe sorprender a los extranjeros que se aventuran a venir para enterarse de la política boliviana. Simplemente se encuentran con conglomerados simiescos, alborotados, feroces, que lanzan blasfemias, que insultan, que a veces llegan a los golpes, a los araños, a los mordiscos, pero que su arma letal, la que descontrola al adversario y al observador, es la incomprensibilidad de lo que pretenden transmitir. Es la manía de emitir palabras sin decir nada o escondiéndolo todo. A nuestros políticos hay que descifrarlos, interpretarlos, pero todo asombra, porque lo que dicen y nos escandaliza, es, desgraciadamente, lo que piensan.

No se trata de que los cambas no entendamos lo que dicen los collas. No es que un chapareño sea distinto a un alteño. Aparte de que el idioma esté influido por el lugar de origen, que lo está, además de la pronunciación y de la construcción de las expresiones, lo grave es que en la mayoría de los políticos –esencialmente en los parlamentarios– sus alocuciones parecen estar encriptadas, tal la trabazón y la falta de coherencia que se escucha en la Asamblea Legislativa. Si vamos a decir la verdad desnuda, en la Asamblea se desconoce la oratoria, la elocuencia para plantear algo; en la Asamblea cuando alguien habla, el resto chilla e insulta. Por lo tanto, no existe la comunicación entre opositores y oficialistas, no hay debate, menos diálogo, y la mayoría de las veces todo se reduce a una merienda de negros.

Sin duda de que existen unos pocos parlamentarios letrados –diputadas jóvenes de alto nivel– que se esmeran por hacerse oír, pero que pierden su tiempo porque la turba ruge para callarlos. A falta de voces que respondan, se ha puesto de moda lo más primitivo que puede existir en un sistema de derecho, y es acallar al adversario con gritos destemplados y con insultos.
Los que estamos condenados a ver la televisión quedamos azorados con nuestra tan alabada democracia, porque a los peores parlamentarios, a quienes se les puede hacer decir tonterías, a los menos ilustrados (ya nos imaginamos como son), se los invita a los programas políticos y se les exprime de esas mentes ingenuas e ignaras, todo cuanto se desea. Se oyen tantos disparates y tan mal dichos que las entrevistas se convierten en sesiones bufas que dejan muy mal sabor en algunos y divierten hasta las carcajadas a otros.

Sobre todo, en estos tiempos, cuando los masistas se han dividido y están enemistados, lo que se escucha en la tele y lo que se lee en los diarios es fatal. Mientras la oposición –o los opositores porque no hay una oposición real– clama por los derechos humanos, deplora el narcotráfico y el contrabando, exige que se imponga una justicia verdadera, pide cautela en la conducción de la economía, denuncia el descarado narcotráfico y llama a la lucha contra el avasallamiento de las tierras, los masistas, ahora enemistados entre “evistas” y “arcistas”, se echan inmundicias en la cara e ignoran todo cuanto se necesita para gobernar responsablemente el país.

Las acusaciones entre “conservadores” y “renovadores” en el MAS deberían ser publicadas en un gran libro titulado: Cómo fundir a una nación o en una película: El Evo y su cuchuquera. Ahí aparecerían los elocuentes sujetos del momento, como el propio Evo Morales, que en sus alocuciones nunca puede terminar correctamente una idea, porque, despistado, se pasa a otra distinta. O el filósofo Choquehuanca, misterioso, sacerdotal, y racista, que tantos comentarios ha provocado. O los nuevos masistas que han salido a la palestra, como el mil veces tramposo Lima; el intérprete y traductor de todas las estupideces de sus jefes como Richter; el furibundo y altisonante Del Castillo; el arrojado hasta la estupidez Rolando Cuéllar; el malencarado y sudoroso Héctor Arce; y cómo no ¡Juanito Angulo!, otro de los ‘pensadores’ más fecundos y respetados del partido. 

Finalmente, no habría que dejar de lado al más peligroso, escurridizo, incombustible y tortuoso ideólogo que conoce el camino culebrero de la política actual que es García Linera, elegante imitador de Robespierre, que daría su vida por cortar cabezas, pero con ventaja el más culto de los masistas (aunque nadie le cree que haya leído 25.000 libros).

Vivimos enredados, confundidos, desesperados, porque, desde el silencio de Arce Catacora que no opina nada, Bolivia solo oye de traiciones, sobornos, ajustes de cuentas, amenazas, y ahora, ignorando el clamor de la gente, están mintiéndoles a nuestros niños sobre nuestra historia y alentándolos, con lenguaje y gráficos inconvenientes, a que exploren todos los placeres que puede brindar el sexo. Eso, cuando los chicos y chicas recién están aprendiendo a leer.

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