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1 de noviembre de 2023, 3:00 AM
1 de noviembre de 2023, 3:00 AM

Ignacio Vera de Rada

En la madrugada del viernes 27 de octubre regresé a La Paz de un viaje de un par de semanas a la Argentina y el Uruguay, y hacia la tarde del mismo día me fui a la Fundación Simón I. Patiño (Sopocachi) para dar una conferencia sobre Mariano Baptista Gumucio, la cual había preparado durante el vuelo y a la cual me había invitado hacía un par de semanas la historiadora Magdalena Cajías de la Vega, del Instituto de Estudios Bolivianos. Hablar de Mariano, como lo dije aquella noche del 27, es hablar de un titán cultural; algún escritor boliviano aseveró que el Mago es el más grande polígrafo boliviano después de Gabriel René Moreno… (afirmación debatible, claro que sí, pero ahí está escrita). Y como su figura y obra son tan grandes, tuve que elegir solamente una de sus facetas para la conferencia. Elegí al crítico de la educación.

En el viaje del cual regresaba, había conseguido, en una librería de la avenida Corrientes, un libro de Arturo Uslar Pietri, titulado Godos, insurgentes y visionarios, publicado por Seix Barral en 1986, el cual leí de un tirón en mis viajes en el metro o en el colectivo. El libro es una colección de ensayos breves sobre el Nuevo Mundo, sobre 1492, sobre la conquista y la colonia. En dos de ellos, el escritor caraqueño se refiere a uno de los personajes más significativos del campo de la educación durante los primeros años de la república, a la sazón maestro del Libertador: Simón Rodríguez. Figura extravagante y aguda, Rodríguez fue contra la corriente al proponer que, para formar verdaderas repúblicas, había que formar republicanos primero. Esto se lograría desarraigando a los infantes de sus núcleos familiares, ya corrompidos, para educarlos en oficios técnicos, en el amor a la democracia y en áreas intelectuales.

El libro de Uslar me pareció una bonita coincidencia, ya que durante algunas semanas previas había estado leyendo las críticas de Mariano Baptista sobre el sistema educativo boliviano, tan rancio y conservador en sus tiempos juveniles (e incluso hoy). Ahora que me encuentro escudriñando la vida del polígrafo boliviano nacido en 1933, me doy cuenta de que su aversión a la educación nace de su experiencia más vital. Fue un alumno indisciplinado; salió expulsado del Colegio La Salle, tuvo la osadía de leer la Tesis de Pulacayo a viva voz frente a los curas de la Compañía de Jesús en el San Calixto y solamente hizo tres años de Derecho (dos en San Andrés y uno en San Francisco Xavier). Finalmente, dejó la universidad con la decisión de no regresar más y dedicarse a lo que le gustaba: el periodismo, la investigación, la lectura. La libertad…

Y así, a uno se le vienen a la mente nombres como Carlyle, Emerson, Einstein, Goethe, Zweig, todos ellos brillantes en sus campos, pero casi enemigos de las directrices operativas tradicionales de la educación formal de su tiempo. Es probable, pues, que los sistemas educativos en realidad corten las alas en vez de desplegarlas, que cercenen el pensamiento en vez de estimularlo. El Mago también se sintió hartado de la educación y la mandó al demonio, pero no para holgar, sino para entregarse a una disciplinada formación autodidáctica que la practicó hasta de adulto. Con los años, se vio que la ausencia de un cartón de licenciado no le impidió ser lo que es; más bien quizá esa ausencia le dio el tiempo necesario para investigar y cultivar su espíritu y su mente como su intuición le ordenaba, y no como lo hubieran querido tal vez los profesores de alguna facultad universitaria.

En la actualidad, la educación boliviana sigue acarreando muchos dejos del tradicionalismo pedagógico: pedantería academicista, mera divulgación en vez de investigación, remilgo formal que mata la creatividad, etcétera. Las tesis tradicionales que todavía se piden, los exámenes insuflados de mojigatería academicista que se toman, las tareas que se requieren, ¿realmente están aportando a nuestros estudiantes, en este mundo que tal vez ya requiere otras habilidades por parte de quienes lo habitan? Y, sobre todo, los colegios y las universidades ¿están formando ciudadanos conscientes de sus deberes y derechos (republicanos, como diría Simón Rodríguez) y respetuosos del medioambiente? La educación tanto escolar como universitaria debería cuestionarse estas y otras preguntas más si desea ser útil en este mundo y en el que seguirá mañana.



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