1 de septiembre de 2023, 4:00 AM
1 de septiembre de 2023, 4:00 AM

Septiembre es el mes de Santa Cruz, no sólo porque en él celebramos su gesta libertaria, sino porque también nos trae aires de renovación, de reverdecimiento, de animarnos a avanzar hacia adelante con optimismo. Así lo siente su gente, que sólo retrocede para tomar impulso. La tierra cruceña se ha convertido en el crisol de la bolivianidad y en el motor económico del país. Su gente emprendedora ha sido artífice del crecimiento económico sostenido de Bolivia en la década previa a la pandemia y un resorte indispensable para salir del pozo ocasionado por ésta.

Desde 2009, la participación de Santa Cruz en el PIB nacional se ha ido incrementando desde cerca del 28% hasta un 34% en los últimos tiempos. Vale decir que el departamento ha ido cobrando mayor preponderancia en la generación de valor con relación a los demás departamentos. Su economía diversificada de productos no tradicionales ha sido su gran fortaleza, además que ha ofrecido un ambiente más favorable para la inversión. Su feria septembrina es la muestra palpable de la pujanza cruceña en todo su esplendor.

Sin embargo, la economía boliviana –y la cruceña, por supuesto– es susceptible a los shocks externos. La bonanza de los precios altos de las materias primas terminó poco antes de la mitad de la década pasada y la producción de gas natural –nuestro principal producto de exportación– comenzó a declinar. Estos factores marcaron la desaceleración económica del país. De hecho, Santa Cruz alcanzó su máximo nivel de crecimiento en 2012, cuando su economía creció un 8,5%. Este es el nivel de crecimiento que se necesita para que un país pueda dar saltos cualitativos en términos de competitividad y de desarrollo humano.

La resiliencia cruceña tuvo su prueba de fuego con la llegada de la pandemia en 2020. El prolongado confinamiento hizo que su crecimiento se desplomara en un negativo 4,1%, pero, tan pronto se recuperó cierta normalidad, su efecto rebote fue impresionante, con un 5,7% de crecimiento en 2021. Cabe recordar que América Latina fue la región más golpeada del mundo por efectos de la crisis sanitaria, con una caída del -7%. En este contexto, se puede afirmar que Santa Cruz ha atenuado el bajón en tiempos difíciles y ha comenzado a jalar hacia arriba cuando las condiciones se lo han permitido.

Esas condiciones no siempre están presentes. Acabado el efecto rebote, la economía latinoamericana se ha vuelto más lenta y las proyecciones de crecimiento apenas llegan a un modesto 2,2% para 2024. Se estima que Bolivia crecerá por encima de ese promedio regional –lo cual sería un gran logro– pero hay que trazarse una meta de crecimiento como la del 2012, si queremos mover la aguja y mejorar la calidad de vida de los bolivianos. Y ya conocemos la receta: Potenciar la locomotora de la economía del país.

Hay que disipar los nubarrones que se ciernen sobre la economía, como la inestabilidad política, los bloqueos de caminos, la escasez de dólares, el déficit fiscal y la inseguridad jurídica. Y hay que avanzar hacia mayores niveles de innovación tecnológica, productividad, apertura económica hacia mercados externos, cosas que se consiguen con una mayor dosis de voluntad política que de dinero.

Santa Cruz ya genera más de tres cuartas partes de los alimentos que consume Bolivia, de modo que sólo potenciando la agropecuaria habremos logrado la seguridad alimentaria y un incremento de los ingresos para el país. Pero la capacidad productiva y creativa de los cruceños va mucho más de lo que produce la tierra. Que los aires de septiembre sirvan para alinear políticas de Estado e iniciativas privadas en pos de ese tan necesario potenciamiento.

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