5 de octubre de 2021, 5:00 AM
5 de octubre de 2021, 5:00 AM


De pronto se hizo el silencio en el mundo entero, callaron las redes, callaron las aplicaciones de mensajería en el apagón global más largo de toda la historia que provocó la caída de Facebook, Instagram y WhatsApp.

¿Qué tienen en común esas tres plataformas? Un detalle no poco relevante: las tres tienen una misma compañía propietaria de las acciones.

El apagón digital se produce precisamente en días en que la compañía se encuentra en el ojo de la tormenta tras conocerse los resultados de una investigación periodística de The Wall Street Journal, que reveló que la empresa conocía el efecto de toxicidad de Instagram para miles de jóvenes adolescentes. Fue Facebook, propietaria de Instagram, la que realizó estudios internos durante tres años para determinar la toxicidad de la red de imágenes, los mismos que determinaron que 32 por ciento de las chicas encuestadas decían que cuando se sienten mal con su cuerpo, Instagram les hace sentir peor.

Contradictoriamente, el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, y Adam Mosseri, jefe ejecutivo de Instagram, hicieron declaraciones en las que intentaron relativizar el peligro de la plataforma para la autoestima de las usuarias, particularmente mujeres adolescentes.

La caída comenzó en Bolivia aproximadamente a las 11:30 de este lunes y no fue hasta horas de la noche que los servicios comenzaron a restablecerse. El fenómeno revela varias constataciones de las que las sociedades actuales no suelen hablar mucho: primero que el mundo se ha vuelto dependiente del servicio de mensajería de WhatsApp, que ha dejado en desuso las comunicaciones telefónicas de los equipos móviles, y peor aun a los antiguos sms que las compañías ofrecían en ocasiones con números limitados de mensajes.

WhatsApp incorporó en la vida cotidiana de la gente un criterio de no invasión a la privacidad de la gente con el uso de su sistema de mensajería, que el destinatario puede leer cuando él quiera y no necesariamente cuando llega el mensaje, así como los cada vez más extendidos mensajes de voz, que devuelven una parte de la personalización que la misma red había suprimido.

También es notorio comprobar, con el apagón de ayer, que WhatsApp no es una exclusivamente plataforma de comunicación para el entretenimiento, sino principalmente de trabajo. La pandemia hizo su parte, y desde que el virus se instaló en el planeta, WhatsApp se convirtió también en la plataforma preferida de muchos empleados que crean grupos y coordinan allí sus tareas laborales diarias en eso que se conoce como teletrabajo.

Finalmente, aunque seguramente no la última conclusión, es evidente que incluso en el mundo digital, en apariencia abierto y diverso, las tendencias monopólicas hacen no solo dependientes sino vulnerables a los usuarios. Las conexiones digitales han demostrado ayer que no son infalibles, y que hasta las gigantes corporaciones del mundo tienen sus propias debilidades: varias horas después del apagón, ellos mismos no supieron determinar el origen del problema y los expertos especulaban que el fallo podría deberse a problemas de los nombres de dominio de internet, conocidos como DNS, o de los protocolos que se utilizan para propagar los DNS, que se conocen como BGP, sin los cuales no se podrían asociar los dominios a sus direcciones IP correspondientes.

En cierto modo se puede decir también que ayer quedaron vulnerados los derechos de los usuarios: las plataformas se muestran como gratuitas, pero en rigor no lo son: sus compañías propietarias lucran con ellas en proporciones insospechadas gracias a la masiva concurrencia de usuarios. Ayer les fallaron a quienes ayudan a sus propietarios a ser cada día más millonarios.

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