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Universidad pública

Pablo Mendieta 4/3/2021 05:00

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Estoy muy conmovido por la reciente tragedia en la UPEA de El Alto, que quiero compartir unos pensamientos e inquietudes muy personales.

Salí bachiller del Colegio Franciscano en Potosí en 1988, una etapa que rememoro por sus preciosos lazos de hermandad que hasta hoy persisten.

Como en todos los casos, luego del bachillerato tuve la duda de qué estudiar. Una orientación profesional inicial indicaba que mi vocación era profesor, aunque no comprendí por qué. Dado el fuerte énfasis en materias cuantitativas, opté por Ingeniería Civil al lado de mi familia.

No me fue mal; me fue pésimo. Simplemente no era mi vocación, pero también no supe administrar mi libertad en ese momento.

Desorientado mi mamá, Hortensia, me aconsejó Economía. Comencé la que sería mi pasión en la Universidad Autónoma Tomás Frías (UATF) de dicha ciudad.

Recuerdo con nostalgia decenas de rostros amigos con quienes compartí inquietudes y risas, hasta la enorme atracción que significaba la ciencia económica con Guillermo, mi inseparable compañero de estudios.

Hice todo lo que se supone que haga un universitario en esa época: estudiar (obvio), no estudiar (en esos momentos de rebeldía que te pesca desprevenido), participar en movilizaciones típicas de universidad, etc. Pero sobre todo soñar.

Soñar cambiar tu carrera y tu universidad para que pueda ser el lugar donde las mentes comparten, crean y analizan. Amparar la esperanza de que el mérito académico ayude a todas esas voluntades a surgir y transformar. Visualizar cómo se abren avenidas y alamedas para el progreso personal y social.

Acabada la carrera y luego de un intenso periodo de estudio pude estudiar dos años (y luego trabajar como académico otros cuatro) en la universidad 121 del mundo, 4 en Latinoamérica y 1 en Chile: la Pontificia Universidad Católica (PUC).

Dos países, dos ciudades, dos universidades, distintas todas ellas, pero con una actividad coincidente: soñar, tal cual me pasó en la UATF.

¿Por qué la coincidencia? ¿Por qué las diferencias? La respuesta podría estar en la obra Mercados, Mentes y Moneda de nuestro compatriota Miguel Urquiola, profesor de la Universidad de Columbia en Nueva York. En su estudio de las universidades estadounidenses él enfatiza dos factores que transformaron la educación superior en ese país: la libertad (de entrada y de cátedra) en el mercado universitario estadounidense, y el “sorting” o la capacidad maravillosa de agrupar talentos y habilidades.

Obviamente no implica copiar necesariamente esa “receta”, pero sí plantear una revolución en las aulas, una que implique convertir sueños en realidades. Necesitamos que las universidades compitan por escalar y por atraer talentos.

Yo no supe administrar mi libertad al inicio en la UATF, pero luego hubo redención. La menciono porque la autonomía implica beneficios como también responsabilidades. Necesitamos repensar la universidad por la responsabilidad social que implica con los soñadores, los estudiantes.

Desafortunadamente fui un afortunado. Y no lo digo por presunción, sino porque me da rabia que mis compañeros no hayan tenido oportunidades que tuve. Estoy seguro que les hubiese ido mejor que a mí; y eso me consume.

En lo particular, espero retribuir a la universidad pública como el nobel Santiago Ramón y Cajal: “La más pura gloria del maestro no es formar discípulos que lo sigan, sino sabios que lo superen”.

Cuando volví de Chile lo pude hacer en la UMSA gracias a un amigo y un hermano, un docente y entonces un estudiante, Marcelo Montenegro y Rubén Aguilar, con quienes compartimos ese sueño.

Desde 2015, en nuestra Santa Cruz, la Business School de la “Gabriel” me brinda hoy esa oportunidad que permite ejercer mi vocación. Estoy agradecido con la BS.

En fin. Espero que esta tragedia sirva no solo para ver qué pasó con la baranda, la asamblea y la seguridad de la UPEA. Anhelo que pueda ser un recordatorio de que la universidad es en sí un centro donde los soñadores se convierten en personas libres y cultas.

No encuentro mejor homenaje.



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