Opinión

Uno más que el otro

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21 de noviembre de 2019, 3:00 AM
21 de noviembre de 2019, 3:00 AM

Texto: Miguel Ángel González R.

Las instituciones del estado venían operando a espaldas de la ciudadanía, desde hacía ya mucho tiempo, en una suerte de campaña electoral permanente, amparados en artificios legales y comicios electorales donde los derechos de algunas minorías no eran tomados en cuenta, modificando día a día, durante varios años la relación entre los representantes y los representados, verdaderas instituciones zombis como las denomina Urlich Beck. 

La legitimidad del poder, que en su nombre se fue volviendo autoritaria, generó una enorme crisis de confianza, un día, una gran parte del llamado soberano, no se sintió representada por la clase política, la tensión reventó el lazo y dejó al descubierto a cínicos y canallas que proliferan en esta época.

Los seres humanos estamos empeñados en la guerra, en provocarnos el mal, en robar, en esclavizar al otro, pero esto no debemos pensarlo únicamente desde el macro mundo donde habita el otro, la existencia del mal también se encuentra en el micro mundo, en cada sujeto y vamos en procura de su encuentro. 

Al final o como principio somos animales, cuya pulsión de muerte en relación al prójimo se traduce en agresión, Hobes decía Homo homini lupus, (el hombre es lobo del hombre), lo que encubre esta animalidad es la bondad, los ideales, los diversos semblantes, la civilización, según el psicoanálisis.

¿Cómo sostenemos esto? Nuestra civilización ha inventado algo útil y es la manera de dirimir las diferencias, sin la necesidad de matarse, es un logro extraordinario. La educación, las producciones culturales, son respuestas que la humanidad ha inventado. La ficción posibilita la estabilidad de estas pulsiones, la democracia por es una de esas ficciones, el voto es una simplificación de esto, muchas veces oímos la expresión de que las urnas han hablado y es otra ficción, eso debe ser leído, debe ser interpretado, intuir qué quisieron decir.

La democracia está siempre en riesgo, es un porvenir, nunca está conclusa, es un ideal, y por tanto un ideal inalcanzable, diremos que va en contra de la idiosincrasia de los humanos, hoy más que nunca en sociedades fragmentadas, donde no existe la armonía de la palabra que pueda homogeneizar lo humano.

Hemos estado o vivimos, no lo sé, bajo la potencia de discursos que vehiculizan el odio y la segregación. La amenaza tiene siempre nombre propio, el imperio, el socialismo, los blancos, los indios, nacionalismos encarnados en los llamados populismos, inmensas fábricas de ciudadanos temerosos por las diferencias absolutas, seres violentados por aparatos represivos de dudosa consistencia jurídica que se materialización en el rechazo a los diferentes, marginando a las minorías, toda una maquinaria que da cuenta de una nueva forma de totalitarismo, no hay más este binarismo del pensamiento Hegeliano, el populismo unido por el odio a las elites, como esencia del racismo, una generalización de odio dentro del marco democrático.

La fraternidad heredera quizás de la masonería o de la revolución francesa, es la cara más bondadosa de la llamada democracia, esto de ser hermanos es lo que la constituye, entre hermanos se puede desarrollar amor y cooperación, también odio y amor, pero respetando al amigo o al enemigo político.

El detonante para una rebelión es el encuentro, azaroso, que sorprende, es una acción, ese es su punto de origen, no se delibera, alegamos haber descubierto una injusticia colocaremos ese encuentro inesperado e insoportable en el mundo exterior, en el otro, en los otros, la rebelión está consagrada a un “NO” es el poder de lo negativo, que puede ser interpretado filosóficamente como la dignidad humana, por ello será siempre legítima, no se puede juzgar. La rebelión no especula en el porvenir, es un brillo en el instante, está en el registro de la emoción más que en el de la razón.

En la rebelión la muerte está presente, el rebelde es un testigo, es un potencial mártir, ya que no se alcanza al otro más que sacrificándose, la agresión que el otro causa es uno mismo el que la padece, se puede pensar en la muerte del otro que esta frente a uno, aquel que domina, el que humilla, el que priva, es solo un reflejo, una estructura de espejo, cuando el hombre rebelde llega a percibir la verdad de ese imposible de soportar descubre su propio rostro, se convierte en aquello contra lo que lucha, toma el lugar del privador, del opresor, de mártir se transforma en amo.

Cuando un “DIJE QUE NO” es insuficiente, cuando la palabra dimite, cuando ya no es franqueable su uso inicia el dominio de la violencia, J.Lacan dirá que la violencia “es un atravesar la palabra para ir más allá” una acción que es el punto de origen del orden que se trata de derribar, en esta revuelta social tenemos según Jose Ubieto a aquellos que están convencidos que la violencia es un instrumento eficaz al servicio de su causa política, es esta violencia instrumental que se legitima en nombre del ideal o bien superior. Están presentes, aquellos que con la violencia alcanzaran satisfacer su pulsión de muerte, al margen de cualquier discurso ideológico o causa colectiva, para estos solo cuenta el goce de la destrucción, la satisfacción de ver arder los objetos, entre las turbas enardecidas estarán aquellos que deben satisfacer su pulsión escópica, los mirones, que están allá, más o menos fascinados y excitados por lo que está pasando, con más o menos recursos ideológicos, asistirán algo dubitativos y sin capuchas, no se cubrirán el rostro porque no son conscientes de su responsabilidad y por último, como un cuarto elemento se encuentra el líder político que con su discurso y sus palabras incendiarias caldean el ambiente y de esta forma legitiman los actos.



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