6 de octubre de 2022, 4:00 AM
6 de octubre de 2022, 4:00 AM


Es un poema audiovisual.

En los tiempos en los que el cine es una parafernalia de superhéroes y el resultado de las orgías tecnológicas entre computadoras y pantallas verdes, Utama es imprescindible para quienes necesitan medicar el alma.

La película se sigue sin sobresaltos, pero con temores. Desde que Virginio empieza a toser, al espectador le asalta el miedo de que se vaya a morir, pero ese no es el trasfondo de la cinta más premiada del cine boliviano.

Hay contradicciones y todo parece indicar que son intencionales. El escenario de este drama es el páramo estremecedor de los lípez de Potosí, cerca de la frontera con Chile y lejos de todas partes. No hay agua, pero llega la señal de internet y esta es la que le arranca sonrisas a Clever, el nieto que llega en la grupa de una motocicleta para pedirles a sus abuelos que se vayan con él a la ciudad porque allí, en el caserío con pretensión de pueblo, ya no hay nada, ni siquiera el agua que se arañaba mediante una bomba que rechina peor que los goznes de las puertas que malprotegen del viento del altiplano.

Pero Virginio no se va a ir porque ese pedazo de tierra seca, apisonada diariamente por su rebaño de llamas, es todo el mundo que él conoce. Su hijo se fue antes, y él no se lo perdona. Por eso recibe mal al nieto, porque lo considera un mensajero del vástago ingrato que se atrevió a cambiar el curso natural de las cosas.

Como Utama es un poema, es difícil encontrarle defectos. La fotografía es espectacular y la música, acompañada por la omnipresente respiración entrecortada de Virginio, está bien puesta. Es una historia de amor y devoción, y por eso conmueve, pero no sería honesto si no dijera que encontré la marca del patriarcado que, mal entendido, podría degenerar fácilmente en machismo.

La comunidad de Virginio es conservadora, porque no pretende que su ritmo de vida cambie, y entre sus tradiciones está la supremacía del hombre, que es el que sale a hacer pastar a los animales mientras las mujeres se quedan en la casa a preparar la comida. Les falta agua, porque no hay conexiones domiciliarias, así que la van a buscar al pueblo, donde el pozo de la bomba ya se ha secado. Cuando su mujer, Sisa, le pide a Virginio que vaya por el agua, él se niega, porque no es su tarea. La división del trabajo está bien marcada. Es más… en su casa, en su páramo, se hace lo que él dice.

Desde luego que la película no quiere transmitir machismo, y refleja magistralmente el patriarcado que encontró en aquellas comunidades remotas y fronterizas. Está ahí, como en todo el país, y evita que cambien las cosas. La belleza de esta película no oculta esa verdad y, mientras el agua se seca y las montañas se están muriendo, el sometimiento a las mujeres ni siquiera se enferma.

Tags