26 de mayo de 2023, 4:00 AM
26 de mayo de 2023, 4:00 AM


El poder -así genérico- para las ciencias sociales es la capacidad de un individuo para influir en el comportamiento de otras personas. Es un concepto muy amplio y multifacético que hace referencia a la habilidad de una persona, grupo o entidad para influir, controlar o dirigir a otros, así como para tomar decisiones y lograr objetivos. El poder puede manifestarse en diversas formas y contextos: poder político, poder económico, poder social o poder personal. El que fuera cuatro veces presidente del país, Víctor Paz Estenssoro, en el que confluían todos estos poderes, con la parquedad y cierto cinismo que lo caracterizaba, alguna vez lo calificó como “el maravilloso instrumento del poder”; y, él, sin duda, sabía ejercerlo.

En el campo político, en algunos de los casos -no en todos-, cuando las circunstancias o la alternancia democrática así lo dispone, aparecen unos personajes que se los conoce como “las viudas del poder”. Esta es una denominación que escuché en un podcast para describir el comportamiento, las reacciones y la conducta de quienes en algún momento gozaron y abusaron de las mieles del poder, y ahora están en el llano, sin autoridad ni mando, son apenas ex: expresidentes, exvicepresidentes, exministros, exsocios y demás “ex”.
En ese estado de viudez rompen los pactos de silencio que tenían establecidos cuando eran autoridades. En el desamparo de su viudez -antes que desde el arrepentimiento-, y como en una suerte de despecho, comienzan a revelar casos de corrupción, malos manejos, desfalcos y otras actividades de la función pública reñidas con la ley, de sus propios correligionarios.

Hay muchas viudas dando vueltas por ahí y los micrófonos de los medios de comunicación se prestan para amplificar sus declaraciones. Un expresidente, desde las ondas radiales de una emisora -con base en la zona de mayor producción de hoja de coca, que no tiene como destino usos tradicionales-, todos los domingos apunta a que el gobierno no investiga casos de corrupción de gente de su propio partido, del que él es su máximo dirigente.

Con rencor e inquina apunta faltas de ética de ministros y viceministros, además de ordenar a sus parlamentarios para que voten o no voten lo que, desde su malevolencia, interpreta como conveniente para su retorno al ansiado poder, antes que a los intereses de la población.

Otra viuda del poder, del que una senadora dijo: “qué culpa tiene de haber nacido un poco ojosito”, desfila por todos los espacios periodísticos que se le brindan para denunciar hechos de corrupción del gobierno actual. En su conducta se cumple eso de que “el enemigo de tu enemigo es mi amigo”. Y ahí está, revelando los tejemanejes de una gestión de gobierno que es tanto o más corrupta que la gestión en la que él mismo fue parte, por más de tres lustros.

Otra, la más viuda de todas, porque se “había sumergido para no jugar”, apareció después de años con un mensaje de unidad partidaria y un discurso tan cándido y florido que provocó que propios y extraños descalifiquen sus cálculos matemáticos y lo “congelen” hasta nuevo aviso.

La lista de “viudas del poder” es larga y sus motivaciones no siempre son altruistas. Jamás tendremos un arrepentido que confiese sus fechorías, y las de sus cómplices, con el objetivo de mejorar la administración pública. Detrás de sus hipócritas lamentos y delaciones está presente el resentimiento de haber sido dejado de lado, de no participar del mal manejo de los dineros públicos y de haber perdido ese “maravilloso instrumento” que le daba omnipotencia, mando y dominio. Como si todo esto no fuera poco, y como corolario, existe también la erótica del poder. Henry Kissinger tiene una frase que lo resume: “el poder es el mayor afrodisiaco”.

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