7 de febrero de 2023, 4:00 AM
7 de febrero de 2023, 4:00 AM

Cuando la Policía recapturó en 12 horas al peligroso reo brasileño Edvaldo Menezes, que había huido del penal de máxima seguridad de Chonchocoro, el ministro de Gobierno, Eduardo del Castillo, pidió en tres ocasiones que se felicite y se agradezca a los efectivos de la institución del orden porque habían sido eficientes. Y se podría escuchar el pedido si no se viera con tanta impotencia lo que está pasando en Bolivia: narcoavionetas saliendo del país con mucha droga, ajustes de cuentas que dejan con sobresalto a vecinos en varios rincones de la patria, casos de trata y tráfico de personas, tráfico de armas y un largo etcétera. ¿En verdad así quiere el ministro que los ciudadanos agradezcan al ente que debe ordenar y dar seguridad?

El Primer Comando de la Capital es una conocida organización criminal brasileña, que ya se ha convertido en una transnacional del delito. Hasta 2012, se calculaba que tenía más de 20.000 miembros, los cuales se han debido multiplicar en la medida en que ha extendido sus tentáculos a varios países, uno de ellos es Bolivia. La contextualización responde a la necesidad de vincular varios hechos delictivos ocurridos en los últimos días.

El asesinato a un hombre en San Ignacio de Velasco está vinculado a esta sigla; el mismo día y con una leve diferencia de horario, fue acribillado el hijo de la primera víctima (que salvó su vida) en Brasil y, un año antes, hubo otro tiroteo en el canal Isuto de Santa Cruz de la Sierra, en el que se quitó la vida a otro hijo de esta misma persona. No son los únicos ajustes de cuentas de los últimos tiempos; la mayoría queda sin esclarecimiento y menos aún sanción.

El reo fugado de Chonchocoro, Edvaldo Menezes, también es del PCC y debe pesar mucho para que se planifique su huida del penal desde Brasil, con dinero y enviados especiales para el cometido. Al ministro debería preocuparle que se le den privilegios a pesar de sus antecedentes, lo cual denota corrupción antes que eficiencia en el cumplimiento del deber.

A lo anterior se suman los informes que hablan de una pelea por territorio en el norte del país, en el que otra vez aparece la sigla del PCC, cuyos miembros pelean con el Comando Vermelho, de Brasil, y un grupo boliviano. Obviamente, esta pugna es por tajadas en el tráfico de drogas, de personas y de armas. Y se da en las narices de la Policía. Y si de la institución verde olivo se trata, no se pueden olvidar las muertes de al menos cuatro efectivos policiales a manos de miembros de grupos mafiosos.

En las últimas semanas, por lo menos tres avionetas bolivianas fueron interceptadas fuera del país llevando drogas. A sus ocupantes los detuvieron en el extranjero, así como las cargas de cientos de toneladas de cocaína, con un valor internacional millonario. Sin radares, esas naves salen de aeropuertos bolivianos, vuelan en cielos bolivianos y hasta se ha visto que una de ellas despegó de un hangar aledaño al que tiene la Policía en El Trompillo. Los capturan fuera de Bolivia, porque adentro es como si no pasara nada.

Queda claro que hay más razones para preocuparse que para felicitar a la Policía. Y esta inquietud ciudadana debería ser muy tomada en cuenta por el ministro de Gobierno y por el presidente. No se puede seguir así. De lo contrario, el descontrol actual hará que el país pierda la guerra contra las drogas.

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