18 de abril de 2021, 5:00 AM
18 de abril de 2021, 5:00 AM


El Gobierno del presidente Luis Arce se acerca a sus primeros seis meses de gestión sin prácticamente ninguna señal sobre el rumbo que tomará la economía, ni las medidas que se adoptarán para revertir la feroz crisis a la que la pandemia sometió al país y al mundo.

Al contrario, Arce, que viene de ser el ministro de Economía prácticamente durante toda la gestión de Evo Morales -solo interrumpido durante el tiempo que se dedicó a tratar un problema de salud derivado del cáncer-, ha adoptado paradójicamente un perfil más político que técnico y en prácticamente todas las intervenciones públicas ha elegido la ruta de la arenga política.

Fiel al estilo de su antecesor del mismo partido, el presidente continúa, aun después de más de cinco meses de Gobierno, responsabilizando al Gobierno de transición de todos los males del país. Si Evo Morales eligió el discurso de la culpabilidad de los 500 años, Arce tomó los 12 meses de Jeanine Áñez como el leit motiv de sus alocuciones.

Ayer, una semana después de la derrota electoral del Movimiento al Socialismo en la segunda vuelta de cuatro departamentos que eligieron a gobernadores que no son de ese partido, Morales y Arce participaron en una concentración de militantes en Cochabamba, probablemente en el marco de aquella lógica partidaria de mantener a los seguidores en movilización permanente para tenerlos ocupados y predispuestos a la movilización.

Al margen de que la multitud se reunió descuidando por completo las recomendaciones de distanciamiento físico y uso de barbijos a consecuencia de la pandemia, el primer mandatario una vez más volvió a apuntar el dedo acusador al pasado con expresiones reiterativas y de libreto como aquello de que ‘saquearon el país’, ‘negociaron con los recursos naturales’, la ‘derecha golpista’ y otros lugares comunes del discurso populista boliviano.

Y pese a la mirada triunfalista que se exhibieron en las intervenciones durante la concentración, lo evidente es que al MAS no le fue nada bien el domingo 11 de abril, sencillamente porque no ganaron ninguna de las cuatro gobernaciones en segunda vuelta. Si el objetivo era revertir esa sensación de derrota de la militancia con una concentración en la avenida Blanco Galindo de Cochabamba, el efecto será cuando menos dudoso.

Lo que a estas alturas queda claro, sin embargo, es que al Gobierno le resulta más fácil desenvolverse en el campo de la política, las concentraciones, las elecciones, el contacto con su militancia, el ataque al pasado, la persecución de opositores y exgobernantes de la administración de transición. Y a la vez, aún no hay cuándo las actuales autoridades le presenten al país un plan para la reactivación de la economía, el impulso de las actividades productivas, la recuperación de los empleos perdidos por el coronavirus, de las disminuidas arcas del Estado y las reservas fiscales.

Los proselitismos, concentraciones y discursos pueden lograr un efecto efímero para levantar el ánimo de los militantes, pero no resuelven los graves problemas económicos del país que se esconden debajo de las tarimas, desde donde los gobernantes y líderes del MAS llaman a sus seguidores a seguirlos apoyando y tratan de agendar de manera definitiva la retórica del golpe de Estado, el gobierno de facto, la derecha y otros fantasmas. Y la economía, ¿para cuándo?, es la gran pregunta del país que Luis Arce no solo no logra responder, sino que parece evadir. Le quedan cuatro años y medio, mucho tiempo para esconder bajo la alfombra un problema central del país, y poco tiempo para reimpulsar la producción y el empleo.

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