La educación temprana es la base de cualquier proyecto educativo-país y es probablemente un desafío pendiente para nuestras sociedades del entorno latinoamericano

25 de junio de 2024, 9:00 AM
25 de junio de 2024, 9:00 AM

La educación debe transformar las sociedades y, para esto, no puede adoptar un rol meramente memorístico, de repetición de conceptos desfasados, sino responder a las expectativas y necesidades del mundo que nos rodea, para así garantizar su pertinencia y efectividad, buscando en todo momento la calidad educativa, la inclusión y la empleabilidad para el beneficio común.

¿Cómo lograr esta convergencia entre la educación y la sociedad? ¿Cómo garantizar la calidad educativa, la inclusión de todos los sectores y la empleabilidad de los estudiantes? La respuesta a estas preguntas no es simple, sino que responde a varios factores.

El tema fue abordado por Guy Haug, experto internacional en políticas universitarias europeas, y Reinaldo Cifuentes, coordinador general de RAUI América en el panel ¿Cómo asegurar la calidad educativa, la inclusión y la empleabilidad?, en el marco del V Foro Internacional de Innovación Educativa (FIIE 2024) organizado por la Universidad Franz Tamayo, Unifranz.

Del intercambio de ideas y criterios entre los expertos surgieron conclusiones valiosas que destacan la importancia de una educación que no solo cumpla con estándares técnicos, sino que también promueva el desarrollo integral de las personas.

Para lograr esto, Cifuentes asegura que es importante comenzar con la transformación desde los niveles iniciales de la educación, equilibrando las enseñanzas prácticas, el ímpetu de los estudiantes y los programas teóricos de manera escalonada hasta la educación superior.

“La educación temprana es la base de cualquier proyecto educativo-país y es probablemente un desafío pendiente para nuestras sociedades del entorno latinoamericano. En este sentido la secuencia lógica es inducir una educación temprana que equilibre lo práctico con lo teórico y que, de manera escalonada, nos lleve a altos estándares profesionales en la universidad”, acota.

Los expositores coincidieron en que la calidad educativa se manifiesta cuando existe una pertinencia en la búsqueda de soluciones que permitan alcanzar un mayor nivel de desarrollo. 

Esto implica no solo una formación técnica sólida, sino también el fortalecimiento de competencias blandas y habilidades para la vida. El objetivo es formar individuos completos, cuyo perfil de graduado incluya aspectos del ser, es decir, dimensiones personales y sociales que van más allá del conocimiento académico.

Además, según Haug, las instituciones educativas deben encontrar la manera de integrar las nuevas tecnologías, escuchando las expectativas de los estudiantes, que nacieron con el chip de la innovación. 

“Me parece vital integrar estas novedades desde la niñez, pero sin abandonar la responsabilidad de las familias, el mundo educativo y de los políticos en la formación para un uso responsable de las nuevas tecnologías. No sé exactamente lo que implica y cómo se puede lograr, pero me parece vital enfatizar la necesidad de poner las tecnologías al servicio de los humanos, no al revés”, expresa Haug.

El experto indica que la implementación de los avances de la ciencia y la tecnología en las aulas augura un futuro brillante para la educación, siempre y cuando ésta se haga de la manera correcta.

“Lo que se debe buscar son procesos que usen el alto potencial educativo y social de las tecnologías y las pongan al servicio de la humanidad y evitar procesos de uniformización, de dominio y de exclusión. El reto fundamental será esquivar una dictadura de las tecnologías y los que las crean y la usan en su interés exclusivo”, señala.

A su vez, Cifuentes considera que, actualmente, existe una disonancia entre los programas de capacitación a docentes que llevan a cabo muchas universidades y lo que exigen los estudiantes, generando una brecha entre los profesores y sus alumnos y provocando ruido en los procesos de enseñanza-aprendizaje.

“Es más, en los programas de formación de profesores aún se hace énfasis en el dominio de las nuevas tecnologías y se olvida, en muchos casos, que el cambio mayor se está produciendo en los estudiantes que no quieren las mismas cosas”, añade.

Ambos coincidieron  en que las acreditaciones y certificaciones son importantes, pero no deben ser vistas como un fin en sí mismas. En lugar de ello, deben funcionar como lineamientos que estandaricen algunas prácticas y posibiliten una mejora continua dentro de las instituciones educativas. 

Por otra parte, sostienen que la verdadera calidad se refleja en la pertinencia de las competencias adquiridas respecto a las demandas del mercado laboral y en la empleabilidad de los graduados.

El coordinador de la RAUI indica que, por esto, es importante impulsar aquellas competencias que se centren en la tecnología y en el “saber hacer” y que, además, compartan una visión común sobre la ética social y moral de nuestras sociedades, además de desarrollar competencias tecnológicas. 

Una distinción clave discutida fue la diferencia entre la conformidad con estándares y la verdadera calidad educativa. Mientras que los estándares y buenas prácticas son necesarios, la calidad se entiende como la adecuación de las competencias adquiridas a las necesidades reales del mercado laboral y de los propios estudiantes.

La calidad educativa es un concepto dinámico que abarca tanto competencias técnicas como habilidades blandas y para la vida. Las instituciones deben buscar un equilibrio entre cumplir con los estándares y adaptarse a las necesidades del mercado laboral y de sus estudiantes, promoviendo un desarrollo integral y continuo.

“Este cambio va a requerir de amplias dosis de liderazgo y empoderamiento social. Los líderes y lideresas así lo entienden y los esfuerzos en este sentido han multiplicado exponencialmente la oferta de servicios educativos de calidad. Falta mucho por hacer, pero estamos en buen camino”, expresa Cifuentes.

En la misma línea, Haug indica que una educación de calidad debe ser entendida como aquella que permite a los estudiantes integrarse al mundo desde sus particulares culturas, lenguas y formas de entender la vida y no caer en el concepto homogeneizador que existía en el pasado. 

“Educar para vivir y convivir en un mundo globalizado y un planeta único, creo que es posible y deseable, me parece fundamental recordar que una educación de calidad tiene que respetar las diferencias lingüísticas y culturales, entre otros; y debe promover la convivencia de varias maneras de vivir, pensar y sentir”, reflexiona.