Escucha esta nota aquí

“Acá viene harta gente porque la mayoría de las pulperías del barrio están cerradas”, dice Pacífica Orellana, gerenta de una tiendita del barrio La Madre, que hoy por la mañana tenía una fila ordenada a la espera de que los atienda. Afuera de su puerta se apilan afiches de gaseosa y carteles de gatos en adopción y perros perdidos. Adentro, ella es menuda, ligera de pies y rapidísima con las cuentas.

Dice que ya se le han agotado las sodas, la leche, las galletas y los huevos, y que le quedan pocos paquetes de harina. Vive cerca del viejo mercado Abasto y hoy su esposo se dio a la tarea de ir a buscar carne de vaca, pollo y verduras en una carretilla.

Tenemos movilidad, pero no hay permiso para circular”, lamenta la mujer.

Como ella, cientos de tenderas de barrio ven cómo sus estantes se vacían y los clientes escasean. Para la Alcaldía, que las tiendas de barrio estén abastecidas es vital, porque los ayuda a que los vecinos se desplacen menos, pero no tienen un plan para reabastecerla.

Carol Viscarra, directora del mercado mayorista, explicó que han hecho las gestiones con el Ministerio de Gobierno para permitir que los dueños de tiendas puedan llegar hasta este centro de abastecimiento, porque es la única forma de que puedan garantizarle precios bajos a los vecinos. “Que vengan al mercado mayorista a reabastecerse, nos harían un favor”, dijo.

Reyna es la dueña de una tienda en Villa Warnes y, ante el cierre de las farmacias de la zona, se ha convertido en el dispensario del barrio, que aquejado por el dengue, acude a su pulpería en busca de Paracetamol. Dice que desde que comenzó la cuarentena no ha ido al mercado, que solo atiende hasta el mediodía y que venderá hasta que no le quede nada más que ofrecer. “No voy al mercado porque le han subido el precio a todo. Está sumamente caro y yo sé que esto se va a arreglar, ¿para qué vamos a darle el gusto a la gente que sube los precios?”, se pregunta.

En Guaracal, Noemi le puso su nombre a su pulpería. Está casi vacía. Hace varios días que ya no puede ofrecerle pan, harina o huevo a sus vecinos. Las sodas también se le está acabando porque el camión no pasa y el mercado Primavera, de donde hace compras, le queda lejos.

Villa Rosario no queda muy lejos del viejo Abasto, pero doña Felicia, dueña de la Tienda 25, no piensa en acercarse a ningún mercado hasta que la pandemia pase. Ella tiene diabetes y no quiere arriesgar su salud por su negocio, pese a que espera que los bancos cumplan su palabra de no cobrarle la cuota hasta junio, porque si no, no sabe de dónde sacará dinero para honrar su deuda. A ella ya se le acabó la harina y las galletas. Tiene pan, porque la surte una panadería casera que hornea cerca de su barrio.

En el 7 de Marzo, a la señora Laura le queda poco por vender. Dice que ella es consciente del peligro que asecha a la ciudad y se molesta con los vecinos que no acatan la cuarentena. Desde que comenzó la alarma por el coronavirus, no ha ido a reabastecerse y los vecinos del exbarrio Sucupira ya acabaron con el pan, los cigarros, la harina y los huevos.

La mayor parte de las tiendas de barrio son atendidas por jefas de hogar de la tercera edad y de su éxito depende la economía familiar.

Comentarios