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Morena. Así vino al mundo, pero no renegó contra aquello. Eso sí la sociedad en Bolivia la abofeteó por sus raíces étnicas. Ella tuvo que lidiar con la sombra de la discriminación y aprender a amarse, aunque muchos le decían lo contrario. Se miró al espejo, desnuda, y entonces supo que era solamente Adriana Miranda Montealegre, sin tratar de transmutar nada de su piel, de su físico, de su ser, de esa esencia rica en raíces nativas.

Solo Adriana

Nació en la tierra del chicharrón, Cochabamba. Eso hace 23 años. Su madre es camireña y, a la vez, una fusión de la cultura guaraní con los fabulosos rasgos africanos. Su papá, en cambio, proviene de la fría Catavi, un lunar frío del norte potosino. A Adriana la bendijeron los ancestros de los Andes; por sus venas corre sangre quechua y aimara, y esa, precisamente, es su riqueza.

De pequeña se sentía atraída por las pasarelas. Observaba las editoriales de moda y veía como Naomi Campbell se movía imponente ante las luces; era un mundo ajeno para ella. Tenía miedo de decirle a su padre que quería ser una maniquí, sonreír y mostrar su piel exótica ante el mundo. Sin temor. Quizá este no lo entendería o quizá no la dejaría alcanzar ese sueño y así que se detuvo.

“El modelaje no es bien visto como una ocupación o una carrera valorada. Nosotras, las modelos, podemos vivir con el rechazo de la familia. Pero, ahora soy feliz, porque mi trabajo es un arte escénico y eso ya lo entendió mi padre”, relata con su voz lenta.

Se metió a estudiar Diseño Gráfico y después Diseño de Modas. Pasó el tiempo y el modelaje llamó a su puerta. Comenzó a posar para los diseñadores cochabambinos Gonzalo Plaza y Carla Quiroga. Después la contactaron del DAB (Diseño y Autores Bolivianos). Era Juan Carlos Pereira. Le tenía una propuesta y Adriana aceptó.

El vuelo de Adriana

Sus ojos cafés oscuros y su figura morena fueron la sensación en el desfile del DAB de este año. Y llegó a conquistar a los ejecutivos de Vogue, la revista de modas más prestigiosa del mundo. En abril sus fotografías llenarían las páginas de dicha publicación.

Sin darse cuenta y repentinamente Adriana voló y bien alto. Encontró esa ventana que la llevaría a ser conocida en el continente. Ahora preside su propia agencia de modelos Nativa Catwalk. Ese nombre hace referencia al ‘andar de un felino’ en la pasarela, porque, en cierta forma, ella posee ese espíritu animal y feroz.

Es una pantera -dice- que se mece lentamente y que sabe cuándo lanzar un rugido. A través de su institución acoge a chicos y chicas que buscan abrirse espacio en el modelaje. Les enseña a revalorizar la belleza étnica boliviana y les habla sobre el empoderamiento de la mujer indígena, de fortalecer la autoestima y reforzar el espíritu. Todos aquellos elementos son piezas fundamentales para triunfar, de manera distinta.

Una vez le sugirieron que cambiara su cabellera negra, pero ella se rehusó a hacerlo. Ahora trabaja en estilismo de fotografía junto a su amado Roberto Lanza y pronto lanzará su marca como diseñadora de moda. Vive en Santa Cruz. Cree que en la urbe cruceña puede moverse como una pantera llena de fortaleza propia.

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