Escucha esta nota aquí

Fotos: Jorge Ibáñez y Jorge Uechi

Los ojos

Adentro. La tele está encendida en la caseta; emiten la telenovela. Afuera, una luz del edificio pestañea. Un gato 'pintado' cruza lentamente. El silencio se apodera de la calle y en la doble vía a La Guardia no hay ni un alma. Pero, esa no siempre fue la realidad. Antes, una telaraña agresiva de vehículos ahogaba la avenida y ahora, que todo el planeta se paralizó, prácticamente estos desaparecieron. Esa es la atmósfera de José Luis Paredes, esa es la atmósfera de los guardias de seguridad que, a 41 días de cuarentena, no dejaron de cuidar los hogares bolivianos. Hoy, en el Día del Trabajo, lo continúan haciend, siguen erguidos y ni el coronavirus pudo con ellos. 

Cochabamba lo vio nacer. José Luis Paredes se crio en medio de las tradiciones aferradas a sus ancestros. El chicharrón revolvía su estómago. Y, observar el cerro, lo tranquilizaba. De pronto, algo arrancó esa paz y ahora desconoce su ciudad. Dejó de ser la misma que conoció cuando respiraba dentro de ella. Giró. Ya hace 20 años que vive en Santa Cruz de la Sierra. Se unió a una mujer y tuvo dos hijos. En las mañanas comparte con ellos, pero la noche se los arrebata de sus brazos. 


No sabe. Sus ojos siempre fueron azulados, pero con el tiempo su visión se redujo. Una vez supo el motivo. Un oftalmólogo se lo dijo, pero él no le entendió. Quizá un día vuelva para que se los 'arreglen'. Eso no le importa. Y no ha sido un impedimento para desempeñarse como guardia de seguridad durante 12 años. Antes fue un albañil. Se cayó de las gradas y su espalda crujió. Durante seis meses su cuerpo estuvo botado sobre una cama y, cuando se recuperó, se divorció de los ladrillos y del cemento.

Un coronel le habló del mundo de la seguridad privada. Eso le llamó la atención y se apuntó. Desde esa vez no paró. En la esquina del edificio que él cuida, el viento sopla todas las noches y golpea las palmeras. Con una chamarra se protege de ese soplido, pero eso no lo distrae de aquellos sospechosos que lo miran del otro lado de la vereda. Tiene dos laques. "Por si acaso", expresa. Y, adentro de su caseta, guarda una picana eléctrica. También, "por si acaso". Hasta ahora nadie quiso hacerle daño.

Cuando una luz se choca con sus retinas inmediatamente sus ojos sorprenden al conductor. Parecen de un gato, que se mueve sigilosamente rodeando a su presa. Estos días no tiene a quién cazar y, aunque no está de acuerdo con la extensión de la cuarentena, cree que "la salud está primero". Come, camina, protege, mira televisión y observa la vía durante 72 horas. La crisis sanitaria afectó su rutina laboral. Pero, no se queja, porque al menos tiene un empleo para mantener a su familia. Es guardia por tres días. Y, luego, es papá por los siguientes tres. En diciembre cumplirá 48 años, pero nunca festeja su cumpleaños, porque siempre le toca trabajar. "Falta mucho", dice. Y sí, es cierto.


El primo

Un día, Humberto Áñez de Valenzuela desapareció de su pueblo. Canjeó San Joaquín por Santa Cruz de la Sierra. De eso, hace 17 años. Era 1995 cuando se puso el uniforme de guardia por primera vez y no se lo quitó nunca más. "Soy feliz así", asegura. Hoy, está separado de su mujer y sus dos hijos atravesaron el Atlántico y se posaron en España. Aún los escucha gracias al celular y siempre les repite que no le manden plata, porque "todavía puede solo". 

En su carné de identidad tiene 63 años, pero en la vida real, 65. Intentó cambiar su edad 'falsa', pero la burocracia lo fastidió y abandonó el papeleo. Se acomoda en su caseta y prende la luz. Está listo para posar. "Mis amigos me dijeron que aquí ya parece mi casa, porque tengo de todo", cuenta. Lo primero que se ve es una jarra anaranjada, unos papeles, mucha ropa, unas pequeñas pesas y colchas. Las pesas son para ejercitar sus bíceps. "Cuando voy al gimnasio los chicos me dicen que yo tengo un mejor físico que ellos", bromea. Y sacude su cuerpo como un boxeador que tirará a su contrincante hacia las cuerdas.

Tiene muchas colchas, porque en la madrugada el viento del sur invade su cuerpo y necesita combatirlo. Su silla roja tiene la pata izquierda amarrada con alambres. Se quebró hace mucho. Cuando está sobre ella observa hacia el canal de desagüe de la avenida Piraí, porque de ese 'nido' salen unos chicos que amenazan con alterar su tranquilidad. "Aquí (en ese lugar) no aguanta nadie, porque les tienen miedo a esos pícaros", completa. Pero, estos no se meten con él. 


Humberto no es un beniano "cualquiera". Es el primo de la presidenta Jeanine Áñez. Ella no se acuerda de él, pero él sí. La última imagen que tiene en su mente es de una niña que correteaba por las calles. Una vez, ya en Santa Cruz, se acercó a una concentración. Ahí estaba la mandataria. Quiso saludarla, pero unos hombres "rudos" se lo impidieron. "'Yo soy su primo', les dije. Me miraron y no me creyeron. Seguro que dijeron: 'Quién será este guatoco de mierda'", relata. 

Gana un poco más de 2.000 pesos. Con su sueldo alquila un cuarto en el barrio La Chacarilla. En este Primero de Mayo no necesita nada ni de nadie. No está enfermo ni "arrugado". Se pone su barbijo y habla: "Una vez me asustaron". Una mujer se le apareció en la madrugada y cuando prendió la linterna, ya no estaba. Dice que fue el espíritu de su vecina que fue a despedirse de él. Al otro día, supo que falleció. "Yo, pues, soy su abuelo de Ken. ¡Ese que le pegó a otro y que salió en la televisión!", confiesa. 

Don Humberto es así. Le gusta jalar de la cuerda de una charla. Y ser el protagonista. Trabaja cuatro días. Quizá, si viera a su prima, le pediría que interceda para que le suban el sueldo. Cena temprano y ya no vuelve a comer toda la noche. Lanza: "A los viejos ya no nos da hambre". Con un café le basta para combatir el sueño. Para él, proteger a la gente es un honor, es como rendirle tributo a la patria. Eso se acabará cuando llegue a los 70 años. Hará otra cosa. "Un negocio propio", expresa y eleva las cejas. "No pienso en la muerte. Solo Dios sabe cuándo nos toca", cierra.


El vestido

Vania nunca fue Vania. Odiaba los vestidos y prefería más el pantalón. Nunca se sintió diferente, pero la gente se lo decía siempre. A sus siete meses dejó de sentir el calor de su madre. Cuando era una niña, su padre la llevaba ante ella. "Me decían que era mi madrina y que mi madre estaba de viaje". Nunca supo que, cuando se despedía, unos barrotes de acero encerraban a esa mujer y la sumergían en un submundo peligroso. Cuando Vania cumplió 11 años, su mamá salió de la cárcel. Ya para ese entonces había dejado Cochabamba. Ahí vivió con sus abuelos, pero cuando estos partieron de la Tierra, su papá se la llevó a Santa Cruz. Acabó el colegio y se fue a vivir sola.

Vania nunca fue Vania, porque siempre fue 'Teffo' Jiménez. Es abiertamente lesbiana y trabaja como guardia de seguridad. Le gusta usar camisa y pantalón. Combina su look con unas gafas de colores. Muchas veces cumple funciones de día y otras, de noche. Ella protege a las personas y Dios la protege a ella. Cree en él. Tiene 26 años. No quiere quedarse sin estudios y piensa aprender Gastronomía; el picante de pollo le sale riquísimo, pero quiere explorar más sabores. 

Antes, la línea 68 la llevaba de su casa, en Los Lotes, hasta su empleo. Hoy, ya no. El coronavirus movió sus horarios, pero no su garra para enfrentarse ante él. Trabaja entre 48 y 72 horas. Y descansa lo mismo. Está agradecida con su hermana Irma, ella es como su mamá, porque le brindó su apoyo incondicional. 'Teffo' vive con su pareja y ambas trabajan. Es difícil, pero seguirán batallando contra la discriminación. "Mi padre me apoya. Es mi mejor amigo", indica. Él siempre le dijo que era su hijo amado.

La moto

El paisaje de su natal Samaipata no se olvida así de fácil. Cuando Gualberto Bruno llegó a Santa Cruz le pareció todo nuevo: los edificios, la bulla del tráfico, los semáforos... Se instaló en la ciudad cuando recién había cumplido su mayoría de edad, hoy tiene 24 años. Pidió trabajo en una empresa de seguridad y lo contrataron. Todas las noches cuida una concesionaria de autos en la avenida Cristo Redentor. No le teme al coronavirus, pero siempre usa un barbijo. Estos días respira solo en ese lugar. Antes, un transeúnte se detenía para conversar con él. Ahora, el movimiento de personas fue absorbido por la crisis sanitaria.


Alquila un cuarto en el noveno anillo de la avenida Santos Dumont. Solo llega ahí después de cinco días continuos de trabajo. Antes era ayudante de albañil y hoy está "mejor" como guardia. No pudo terminar el colegio, solo llegó hasta primero de secundaria. Cuando tiene sueño prepara un bolo en el cachete y realiza algunas rondas. O al menos eso sucedía hace 41 días. La cuarentena elevó el precio de la carne, pero también de la bolsa de coca. Si valía a Bs 10, hoy cuesta hasta 50 pesos. Comprar una cada noche ya no combina con el bolsillo de Gualberto. 


Sueña. Le gustaría comprarse una motocicleta deportiva. Que sea verde, como el color de su equipo: Oriente Petrolero. Eso, algún día. Por el momento, seguirá juntándose su dinero. Su celular está descargado. Un cable largo le lleva electricidad desde el interior de las vitrinas, donde descansan los autos cero kilómetros, hasta su guarida: una silla cerca de un árbol. Chatea por última vez con sus amigos a eso de las doce de la noche. Después, ellos se duermen y lo "abandonan". Se declara feliz, a pesar de la cuarentena que le resulta dura en estas últimas semanas. No ha ido a casa. Dormir no es una opción. 

Tres voces y el adiós

Wilson Banegas mide 1,73 m. Antes era más flaco. Ser amable es su sello. Es nuevo en el rubro, solo ocho meses. Fue chofer de una empresa, taxista y mecánico. Hoy, es guardia de seguridad a sus 30 años. No duerme bien en esta cuarentena, porque ha llegado a cumplir con unos turnos pesados de hasta 72 horas. Cuando termina su trabajo, se hunde en la cama y duerme. Es padre de un niño, de 10 años. Ya le gustaría que todo vuelva a la normalidad para retomar su carrera universitaria. Quiere ser abogado.


Mariano Masaí dejó San Ignacio de Velasco. Ahí tocaba el trombón, el tambor y la batería en un grupo de música. Lo dejó y entró al cuartel. Después, 'voló' a Santa Cruz. Ser guardia, a sus 24 años, le parece divertido. A otro hombre, pero de 46 años, también le agrada. Se llama Andrés Maténez. Se despidió de Moxos, en Beni, y buscó un nuevo horizonte en la urbe cruceña. Dos de sus cuatro hijos se fueron a Chile y es separado de su señora. Vive en la zona de La Cuchilla, pero ha dejado de ir a su casa por la cuarentena. En el lugar donde cuida, duerme. No sabe hasta cuándo, pero está cómodo, porque tiene comida y techo. 

Los guardias de seguridad en Santa Cruz de la Sierra se han convertido en unos hombres inquebrantables cuyas linternas no fueron apagadas por el coronavirus y cuyo uniforme sigue firme en las calles. Ninguno se queja de estos días grises. Tienen empleo y sobretodo, vida.