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Hace menos de un año falleció el iraní Abbas Kiarostami y este martes el Festival de Cannes le rindió un homenaje con la proyección de un nuevo montaje de "24 frames", una recopilación de fotografías y vídeos, un legado artístico que refleja la suprema belleza de su trabajo.

"Siempre me pregunto en qué medida los artistas tratan de representar la realidad de una escena. Los pintores y los fotógrafos solo capturan una imagen, pero nada de lo que sucede antes o después", explicaba el director de un proyecto cuya primera versión mostró en diciembre de 2015 en el Festival de Marraquech.

Para "24 frames", utilizó fotografías tomadas en los últimos años, a las que añadía lo que imaginaba que había sucedido antes o después de cada uno de esos momentos capturados.

El resultado es un conjunto homogéneo de 24 tomas, con fotografías que cobran vida o vídeos en plano fijo, centradas en la naturaleza y en impacto sobre ella de la acción del hombre.

Dos horas de metraje y cinco minutos por toma, algunas en blanco y negro, otras en color, pero todas sutiles, elegantes y de composición impecable.

Pájaros, caballos y algunos seres humanos interrumpen las imágenes, muchas de ellas de paisajes nevados o de mar.

Sin palabras y con poca música, "24 frames" es un recorrido hipnótico por todos los elementos que interesaban a Kiarostami en sus proyectos artísticos, que iban más allá del cine.

Palma de Oro en Cannes por "Taste of Cherry" y autor de joyas del cine como "Through the Olive Trees", "¿Where is the Friends Home?", "Close-up" o "Life and Nothing More...", el iraní era un firme defensor de la libertad de expresión y este último trabajo es una buena muestra de ello.

Una de las pocas escenas con movimiento en "24 frames" es la segunda, en la que alguien graba desde un coche a un caballo entre la nieve y con la ventanilla medio bajada. De fondo un precioso tango, "Poema", de Francisco Canaro.

Poca música pero muy bien elegida.

En otra escena, un plano fijo de una ventana abierta, con un árbol frente a ella movido por el viento, suena "Caruso", de Lucio Dalla, en una voz femenina.

Por los paisajes poéticos de Kiarostami se pasean vacas, ciervos, ovejas, cuervos y pocas personas.

Los seres humanos están casi desaparecidos de las imágenes. Se escuchan disparos de escopetas y se ve el impacto de su acción en la naturaleza pero personas pocas, cuando más en una imagen de la Torre Eiffel.

Barandillas de piedra o metal, playas, árboles, tormentas y nieve, mucha nieve, en unos paisajes silenciosos y llenos de encanto.

Una película difícil con una historia interna que cada espectador debe adivinar y que requiere de un esfuerzo más grande del habitual en el cine comercial.

Pero es Kiarostami y es Cannes. Y es un canto a la vida y al cine, con una preciosa última escena en la que se ve una imagen de un beso de una película clásica, en blanco y negro.

Apenas se distinguen los actores y hay quien cree ver a Gary Cooper. Mientras, las notas de un tema del musical "Love Never Dies", de Andrew Lloyd Webber, cierran el legado de Kiarostami. 

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