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"Que tengas suertecita", suele cantar Bunbury en sus conciertos, y eso mismo le han podido gritar este sábado sus fans en Madrid en el poderoso concierto que ha cerrado la gira mundial del carismático músico aragonés antes de que en 2015 se aleje de los escenarios para dedicarse a otros proyectos. 

Un círculo rojo rodeaba el 20 de diciembre en la agenda de Bunbury. Madrid era el último concierto de "Palosanto tour" y también último de un 2014 agotador, en el que ha girado sin parar por España y América (incluido un tramo mexicano con Andrés Calamaro) para presentar "Palosanto", un álbum en el que después de "gambetear" con los ritmos y músicas americanas retornaba con galones al rock.

Un ritmo de vals ha precedido la entrada de Los Santos Inocentes,
su inseparable banda
, antes de que el cantante apareciera, por
efectos audiovisuales, como un extraterrestre para dar un golpe en
la mesa y provocar con la potente "Despierta" los primeros coros de
la noche de un público que se sabe las letras de Bunbury y las canta
como si fueran salmos bíblicos. 

Enchufado desde el calentamiento, como un boxeador dispuesto a
devorar el ring a puñetazos, Bunbury ha dado la bienvenida a "El
club de los imposibles" para después decir al público que la de hoy
era "una pequeña gran fiesta". 

Con una carrera tan rica, variada y arriesgada en solitario, Bunbury puede permitirse el lujo de rescatar canciones de su debut "Radical sonora" (1997) y acometer al rato un tema tan fresco y reciente como "Hijo de Cortés" sin que haya un punto en el que flaquee su show.

Porque al margen de estilos y etiquetas, su voz sin anclajes, excesiva e imparable, sigue siendo la marca de la casa junto una presencia escénica abrumadora.

Sobre un escenario que domina al milímetro, Bunbury baila sin
parar
, gesticula desafiante, entra en trance y mira al cielo en
busca de insospechadas respuestas.

Hoy se ha mostrado a ratos como un intérprete feroz y afilado
(muy contundente "El hombre delgado que no flaqueará jamás") y
apasionado y con alma romántica en otros pasajes (mención especial
para "Más alto que nosotros sólo el cielo").

Incluso ha habido un momento para la nostalgia, con una terrenal
y nada grandilocuente versión de "Deshacer el mundo" de los todavía
añorados "Héroes del silencio" (las camisetas del grupo eran aún hoy
vestuario oficial del público madrileño).

El vistoso montaje audiovisual también ha puesto su granito de
arena, así como una banda tremendamente fiable, capaz de bordar el
aire juguetón de "El extranjero" y el piano travieso de "Sí" para 
crear unos ambientes cabareteros en los que Bunbury se siente tan
cómodo como tumbado en el sofá de su casa.

Cada vez más crecido conforme avanzaba el concierto, el cantante
ha clavado la emocionante "De todo el mundo" antes de afrontar la
espacial "Lady Blue", un homenaje más que notorio y meritorio a
David Bowie.

"¿A lo mejor tenéis algo que hacer, a lo mejor habéis quedado con
alguien?" ha dicho Bunbury ya en los bises con sorna a un público
que tras numerosos "Enrique, Enrique" durante todo el concierto ha
coreado "No tenemos prisa".

Todavía guardaba dos ases magníficos en el repertorio: una
excelente y tal vez infravalorada "Bujías para el dolor" y una
magnífica "Infinito", descarnada canción de amores de cantina y
ranchera que son la debilidad del artista.

Tras dos horas largas, Bunbury se ha despedido con "El viento a
favor"
después de un muy inspirado recital, en el que ha exhibido
músculo y poderío, antes de su planeado descanso. Conociendo su
trayectoria, cualquier predicción sobre cuál será el siguiente paso
del camaleón aragonés parece condenada al fracaso de antemano.
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