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Fue un hombre sensible, humilde, solidario, amable, loco, querido y sincero. Pero, sobre todo, fue libre y fuerte; así, como su mismo nombre. No alcanzaría este espacio para describir a Líber Forti, pero tal vez sean esas dos palabras las más adecuadas para este personaje fundamental en la historia del teatro boliviano, en las luchas sindicales y en el arte en toda la extensión de la palabra.

Los que lo conocieron lloraron el miércoles cuando se supo de su muerte, a los 95 años. Como fue su voluntad, no hubo velorio ni entierro, solo una ceremonia privada en su casa de Cochabamba, donde vivió sus últimos años, acompañado de su pareja Gísela Derpic.

Los que lo recuerdan coinciden al momento de hablar de su espíritu libre y de su fortaleza. Pero tal vez nadie pueda decir cuánto lo conoció como lo hizo Hugo Francisquini. El actor beniano guarda un tesoro invaluable, parte del legado intelectual de Forti, que incluye boletines, revistas, proyectos y cursos de instructores de teatro, además de fotos y facsímiles de diarios, que tiene previsto exponer en un estand en la feria que se llevará a cabo el 27 de marzo en la Manzana Uno, conmemorando el Día Internacional de Teatro.

Para ese fin piensa trabajar con el actor Arturo Lora, que también conserva material valioso. La ocasión será propicia para buscar financiamiento para la biblioteca de Líber Forti, actualmente en posesión de Tyron Heinrich. Son más de 4.000 títulos, entre teoría, técnica y obras de teatro, que dejó Forti.

No obstante, ese no es el únco ni el más importante tesoro que Forti legó a Francisquini, sino los recuerdos de una vida juntos, de años de compartir experiencias en diversos rincones del país, de haber acompañado en su camino a un ser tan especial, que fue como un hermano, un amigo y un padre a la vez.

Testimonio
“En 1983, junto con Pepetus Aramayo con quien trabajaba desde los años 70, teníamos la idea de crear un sindicato de trabajadores de teatro en Cochabamba. Líber, que por ese tiempo volvió del exilio, supo de nuestra inquietud y nos apoyó”, dijo Francisquini al contar cómo conoció a Forti. Al poco tiempo lo convocó para que se hiciera cargo de un curso para instructores teatrales, cuyos textos conserva.

Líber fue el motor de todas las actividades en las que Francisquini se vio involucrado, desde la creación de la fundación Nuevos Horizontes hasta la publicación de la revista Teatro, cuyo último número, el 25, quedó pendiente de publicarse. El siempre dejó claro que Nuevos Horizontes era un grupo abierto a todo el que apoye al teatro, basándose en la idea de que el actor no es una clase especial de artista, sino que todo hombre es un artista.

“Líber no tenía límites, se podía pasar hasta las 6 de la mañana hablando de todo, desde teatro hasta política. Y no solo conmigo sino con todo el mundo. El no se guardaba nada. Tuvo encontronazos con grandes amigos, con Juan Lechín Oquendo, con Lupe Cajías, con Víctor López, conmigo, con todos. Pero lo queríamos tanto que aceptábamos todo lo que venía de él”, asegura Francisquini.

El actor enfatiza en la libertad que Forti anhelaba, algo que tenía que ver con su amor por el arte y su espíritu anarquista. No obstante, eso no le impedía recordar con cariño a sus progenitores. “El me decía que su madre, a pesar de ser una cocinera analfabeta, era una maestra de la ternura. Y sobre su padre mencionaba que le debía su nombre, porque nació cuando él estaba preso”, acotó Francisquini.

Hugo asegura que recordará a Líber Forti sobre todo por su capacidad de amar.
“Una de las cosas más fuertes de Líber era su solidaridad, totalmente incondicional. Para mí, él también era un maestro de la ternura”