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Con una trayectoria y experiencia como la de pocos artistas latinoamericanos, Gil Imaná Garrón supo plasmar a través de sus pinturas su visión de la existencia humana, especialmente la del mundo andino. El reconocido pintor, grabador y muralista falleció el jueves 28. Deja una honda huella en el ámbito artístico boliviano del cual fue uno de sus máximos exponentes.

Nació en Sucre en 1933 y vivió varios años en La Paz. En su formación, ingresó a la Escuela de Artes Zacarías Benavides en Sucre y también asistió al curso del artista lituano Juan Rimsa, un personaje fundamental dentro del contexto del arte nacional.

Colectivo

Imaná formó parte del Grupo Anteo, sociedad cultural de artistas formada en Sucre a principio de los años 50, que apostaba por el pensamiento crítico, se nutría de la tierra y buscaba inspiración en lo telúrico y social.

Junto con Lorgio Vaca, era uno de los dos sobrevivientes de este recordado colectivo de artistas, que también lo conformaron Jorge Imaná (hermano de Gil, fallecido en 2014) y Wálter Solón Romero (fallecido en 1999).

“Con Gil Imaná me unía una estrecha y larga amistad y un cariño entre ambos. Ha sido para mí especialmente formativa la etapa que vivimos en Sucre con el grupo Anteo y con otros amigos que venían de diferentes disciplinas, como la literatura. Eso le dio al grupo una visión importante en las artes y en la historia nacional”, recuerda Lorgio Vaca.

Del grupo también formó parte el poeta sucrense Eliodoro Aillón Terán, que falleció en 1992. Su hijo, el periodista y poeta Álex Aillón Valverde, recuerda que conoció a Imaná desde pequeño y conserva en su corazón esos momentos con el artista plástico.

“Fue una generación de artistas que ha dejado a Bolivia el testimonio de una era impregnada de luchas, utopías, sueños y, también, frustraciones. Mi padre escribió, en un poema dedicado a sus amigos, que alguna vez tomarían el cielo por asalto. Es posible que con la llegada de Don Gil comiencen a preparar esa última batalla. Adiós maestro”, expresó Aillón.

La mujer

Imaná demostró disposición para pintar a la mujer de las montañas, simbolizado el infortunio del pueblo boliviano en rostros de pesadumbre y pesimismo.

La curadora Cecilia Bayá, que durante casi una década manejó el museo Marina Núñez del Prado, a cargo de Imaná, resalta a la mujer madre entre los trazos de obras que nos mueven a pensar en el amor y en el dolor.

“Él, que no tuvo hijos, siempre destacaba la maternidad, creía en la fortaleza de la unión entre dos personas, siempre fue lleno de amor y quería transmitir ese sentimiento a través de pinturas muy expresivas muy dramáticas, con líneas fuertes”, menciona.

Bayá también se refiere al vínculo especial de Imaná con Inés Córdova, su musa y compañera de toda una vida, hasta la partida de la gran ceramista en 2010. “Siempre apoyó la obra de otros artistas, especialmente de su esposa, Inés. Con ella realizó una labor muy importante en la conservación del museo Núñez del Prado. Además, Imaná efectuó un aporte enorme al haber donado su obra y su casa a la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia”, agrega la curadora.

Entre las varias conversaciones que tuvo la artista Roxana Hartmann con Imaná, una de ellas se publicó en EL DEBER en 2016.

“Debemos volver a relacionarnos con la tierra, a ver desde nuestro lugar y valorar lo que tenemos cerca”, comentó Imaná en aquella oportunidad.

“Su vista ya estaba casi perdida y aún así agarraba un marcador y dibujaba para mostrarme cómo quería que fuera la portada de un catálogo. Exigente, detallista y un poco testarudo. Me quedo con esos momentos, con las salteñas que comió con tanto gusto en nuestra última visita, con su picardía al contar algunas anécdotas y con la calidez de su espíritu amable. Gil Imaná, para mí, es más que un artista boliviano que marcó historia, para mí es un regalo de la vida”, afirma Hartmann.

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