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Cerca de 1.500 bailarines de 14 elencos, distribuidos en las categorías velatacuses y juveniles, abrirán las fiestas septembrinas, este domingo, en el XXIX Festival Elay Puej. Héctor Molina Peña, su creador, hace un recuento.

Veintinueve años del Elay Puej...
Al año serán 30 y voy a reconsiderarlo. Quiero diversificar y mantener varias actividades. El Elay Puej está bien encaminado, aunque aún no tengo quién tome la posta.

¿Qué se viene? ¿Seguirá?
No quiero adelantarme. Tres dé- cadas es harto y me alegra que Santa Cruz recuperó gran parte de lo que tenía dormido gracias al Elay Puej. No me pueden decir que no dejó una huella profunda. El mío fue el primero y de ahí se multiplicaron los ballets. Ahora son más de 200.

¿Cómo se ha mantenido?
Es el más antiguo en su género en todo el país, porque el Occidente, maneja las entradas folclóricas. El objetivo es el rescate, promoción, difusión y jerarquización de la música y danzas del Oriente boliviano. En 1991 organicé el ballet El gran Paitití para mi programa de TV.

Después vino el festival que se inició en la Casa de la Cultura, pasó a los coliseos, a las calles y desde el 2014, al cambódromo. En 2006 la Alcaldía lo declaró Patrimonio Municipal de Cultura y desde entonces nos da un soporte económico de Bs 200.000.

¿A qué se destina el dinero?
El 70% es para la logística y el montaje de todo el espectáculo, el sonido, afiches, controles de seguridad privada e infraestructura, porque en el cambódromo no tenemos nada, es solo una autopista. Lo ideal sería tener graderías y debemos poner hasta baños portátiles. El resto es para pagar personal de apoyo. El ingreso para la organización es mínimo. ¿Con qué me quedo? Con un pequeño monto para las cuentas básicas y con la satisfacción de sumar.

¿Qué otros espectáculos podrían ser patrimonio municipal?
Debés tener tradición y jerarquía.

Fueron 15 años que me ‘costó muelas’ consolidar el Elay Puej del que se desprendieron otros festivales, salieron coreógrafos, formadores y gestores culturales. El municipio vio eso y nos apoyó. Se deben presentar proyectos que justifiquen el respaldo y demostrar que la inversión será retribuida. Este es el único festival con música solo del Oriente boliviano.

¿No se va a abrir?
No. He peleado mucho con eso. Me tildaron de discriminador. El día que el Carnaval de Oruro, la Entrada del Gran Poder, en La Paz o la de Chutillos, en Potosí, se abran a un taquirari o una chobena, lo voy a reconsiderar.

No es discriminación ni racismo, sino que hay un avasallamiento cultural y es una lógica preservar lo suyo. Por eso tiene tantos años... Sí, pero cuesta mucho. No es lo mismo que hacer un festival universal que atrae más. Yo estoy hasta en la selección de temas, por eso no hay repetición de ritmos.

¿Nuestra música es atractiva?
El éxito, pero también el riesgo, fue proyectar y estilizar, ligeramente, la música y la vestimenta del Oriente boliviano, pero le pongo parámetros. Los proyectos se presentan meses antes. No acepto brillos ni lentejuelas. Sí hay que mejorar la música y ver bien los colores del vestuario, pero sin distorsionar.

¿Qué cambiaría?
Nada. Solo espero mayor entrega a la identidad cultural del pueblo cruceño, porque el cruceñismo solo brota en Carnaval y en septiembre.

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