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Narradora, poeta y traductora. Cristina Rivera Garza es una de las voces fuertes de las letras mexicanas. Participa del Encuentro Internacional de Narrativa. Hablará de La traducción como una forma de derribar fronteras. Para Rivera, la escritura es un ejercicio crítico.

 ¿Qué importancia tiene la traducción para una escritora que nació y vivió en la frontera México-Estados Unidos?

Vivo con la idea de que escribir siempre es una forma de traducción. Les creo a los que dicen que traducir es primero, luego viene el original. Estar siempre al tanto de otra lengua es una parte fundamental de construir mundos compartidos con otros. Cada que me pongo a traducir recuerdo una vez más la importancia de cada pequeña decisión en el proceso. La traducción es la fórmula mínima de la escritura colectiva.

 ¿Cuáles fueron sus acercamientos a la literatura?

La lectura está al inicio, en medio y al final. Nunca habría pensado en escribir nada si no me hubiera enamorado perdidamente de algunos libros. Y jamás habría pensado en escribir algo si no se me hubiera ocurrido la peregrina idea de que eso era algo de lo que valía la pena dedicarle la vida.

Nadie me verá llorar (1999) surge de una investigación sobre la locura. ¿Cómo se llega a transformar en novela?

Siempre le agradezco a mi entrenamiento como historiadora el haber aprendido a moverme con mucho placer entre los documentos y los pasillos de un archivo. Y nunca he podido acercarme a esos documentos sin la mirada de la escritura. Quiero decir que no solo voy hacia sus documentos buscando información, es decir, poniendo atención al contenido, sino que siempre estoy deteniéndome en el lenguaje que los componen, en sus características materiales concretas. Creo que el haber leído los expedientes médicos del manicomio general, al que le llamaban también La Castañeda, me afectó de múltiples maneras, entre ellas me produjo la tentación de seguir los dictados del lenguaje de la locura para construir con eso un mundo capaz de cuestionar el mundo donde vivía.

Usted defiende a la escritura no como proceso de expresión, sino de producción, en el sentido de investigar para saber hacia dónde llegar. ¿Qué le puede permitir esta visión a un escritor que comienza?

Siempre cuento la anécdota de que cuando quiero expresarme, levanto el teléfono y hablo con una amiga. Pero cuando estoy escribiendo, estoy trabajando de cerca, lo más orgánicamente posible, con el lenguaje mismo para producir un mundo que, siendo posible solo en él, tiene la capacidad de afectar este en el que vivo. Y para producir ese mundo es necesario recurrir a todo lo que uno sabe hacer, e incluso a todo lo que uno todavía no sabe hacer. Si a eso le llamas investigar, estoy de acuerdo con eso.

Hemos visto, desde la literatura, los intentos por narrar la problemática social y política de México a partir de los crímenes del narcotráfico. ¿Cuáles son sus preocupaciones al momento de abordar la temática?

El problema con escribir la violencia es que, para hacerlo, uno por definición no está sufriendo esa violencia. En esa distancia básica se juegan aspectos éticos y estéticos de la escritura. El peligro de estereotipar o generalizar es grande, y hay que evitarlo. El peligro de hablar de la violencia solo desde el punto de vista de los perpetradores es grande, y hay que evitarlo. Tampoco es fácil aportar la violencia desde abajo, desde las víctimas, sin pretender ‘dar una voz’ que ya existe y, a la cual, hay que saber poner atención.

La cresta de Ilión es una obra que cuestiona los roles de género. ¿Qué representa para usted este trabajo?

La novela se tradujo hace un par de años al inglés, una lengua dentro de la cual nació. En el proceso pude revisar e incluso añadir fragmentos enteros a un libro que me parece hoy más pertinente, más necesario que cuando se publicó.

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