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Cuando la ciudad comenzó a gestionar medidas de bioseguridad frente a la inminente llegada del Covid-19 a Santa Cruz, en el penal de Palmasola los internos no sabían qué pasaría con ellos y hubo incluso quienes pensaron que la enfermedad no los golpearía.

“Cuando todo esto de la pandemia comenzó, a nosotros ni nos tomaron en cuenta para las medidas de prevención”, recuerda Daniel Vargas Flores, un interno de 35 años, que hace siete cumple condena en la cárcel más grande y más poblada del país.

Un hábito que se cumple ‘a rajatabla’ en la cárcel, mirar los noticiarios del mediodía o de la noche, fue el elemento que alertó a los reclusos y generó temores. Los obligó a solicitar ciertas medidas de protección ante el coronavirus.

“Cuando comenzamos a ver cómo se morían las personas en Ecuador, todos sentimos miedo y pedimos reunirnos con la Policía y los encargados del penal, para hacer acciones que eviten que la pandemia ingrese”, recuerda Daniel e indica que al final de la primera reunión, se acordó cerrar el ingreso de visitas y empezar a gestionar la llegada de materiales de bioseguridad para la gente.

Daniel, un joven que ya egresó de la carrera de Derecho y que solo debe defender su tesis para recibir su título, cuenta que su mayor temor al conocer sobre los primeros infectados dentro de Palmasola fue que la noticia le llegue a su mamá.

“Mi madre es enferma del corazón y saber que aquí podíamos infectarnos y morir del virus, le podría haber afectado mucho”, recuerda el hombre, que aprendió a realizar trabajos artesanales en madera y cuero, actividad que le permite ganar algo de dinero y le sirve como una terapia ocupacional.

Las ollas comunes

Así como en la ciudad vecinos de diferentes zonas gestionaban la elaboración de ollas comunes de comida para ayudarse entre vivientes de los mismos barrios, en Palmasola la situación fue similar, ya que también se realizaban almuerzos conjuntos con el apoyo de los mismos internos, que donaban la comida que recibían de sus familiares para hacer una gran olla común.

“Nosotros terminábamos compartiendo lo poco que teníamos entre todos, porque era necesario hacerlo de esta manera”, recuerda Daniel, que vio cómo el penal se llenó de plantas de eucalipto, pedazos de jengibre, infusiones de manzanilla y limones.

“También hacer remedios comunes para todos se convirtió en un hábito en esos días de mayor presencia de la pandemia, ya que, si uno de los internos de un pabellón se contagiaba, esto podía significar que todo corriéramos el riesgo de terminar afectados”, apunta Daniel.

Todos los productos que se consumían como medidas preventivas, hicieron que Daniel no termine afectado por el coronavirus.

“Incluso mi madre se dio los modos para hacerme llegar un tratamiento completo, de esos que vendían afuera, pero hasta ahora no lo he tomado”, indica el joven y agradece el esfuerzo de sus seres queridos por hacerle llegar lo que necesita de forma periódica, mientras se piensa en restituir las visitas y comenzar, como lo hizo la ciudad, una nueva normalidad, donde el barbijo y los desinfectantes en las puertas de los pabellones se han convertido en una norma para todos.

El trueque de objetos

Como si el tiempo hubiera retrocedido, ante la falta de recursos, los presos empezaron a obtener algunas de sus cosas a través del trueque o intercambio de objetos.

Daniel recuerda que esta práctica se convirtió en un denominador común cuando el virus se cobraba vidas en el país de forma diaria y los contagios crecían de forma acelerada. “Era una forma de obtener cosas”, cuenta el interno, que, si bien sufrió durante la pandemia, también dice que conoció a más amigos dentro del penal y ahora valora más la vida.