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Combatientes en primera línea. Una febril actividad de carritos con ropa, sábanas y otros elementos de vestir, entran y salen del sector de lavandería del hospital. Un movimiento que se mantiene durante casi todo el día, lo que permite que el centro funcione adecuadamente y cumpla con su objetivo de una limpieza a toda prueba. Más aun hoy con la pandemia encima.

La encargada de que todo marche bien, es una camireña con sus raíces bien acendradas. Irma Cuéllar Yépez, desde hace dos semanas es la encargada de la lavandería del Hospital Obrero # 3, pero que durante lo más álgido de la pandemia de Covid-19, que colapsó los servicios hospitalarios de Santa Cruz y de todo el país, estuvo al pie del cañón en la Caja Nacional de Salud de la avenida Cañoto.

“No sabemos si ha pasado lo peor, pero gracias a Dios ahora venimos a trabajar más tranquilos, estuvimos muy ajetreados durante casi tres meses, haciendo turnos de 12 horas día por medio, aunque la situación está volviendo a los niveles normales de atención. Pero debemos seguir cuidándonos, no debemos bajar la guardia”, asegura Irma, que trabaja en la CNS desde hace 23 años y donde ha hecho una carrera.

Es la segunda vez que le ha tocado trabajar en el Hospital Obrero, la primera en 2014. En la CNS de la Cañoto llegábamos a entregar un promedio de 5.000 prendas diarias completamente esterilizadas y listas para su reutilización. En el Hospital Obrero # 3 se lavan alrededor de 10 mil prendas diarias y dice que está dispuesta a cumplir con el reto.

Cuéllar asegura que tuvieron que trabajar a marchas forzadas en las labores de lavado con la ropa, batas, pijamas, sábanas, uniformes del personal y todo lo que se necesita para el buen funcionamiento de un centro hospitalario.

También en el lugar existen costureras que se dedican a los arreglos de las prendas.

“Gracias a Dios no me enfermé, pero casi todos mis compañeros sufrieron la enfermedad, uno por uno fueron cayendo, pero así también poco a poco fueron recuperándose y retornaban al trabajo. Al final todos salimos bien. Hacíamos turnos de 12 horas, terminábamos extenuados, pero con la satisfacción del deber cumplido”, asegura.

Asegura que todos los días sale de su casa pidiendo a Dios que nada le pase a ella y que cuide de toda su familia y recuerda los no muy lejanos días en que mucha gente se corría del personal sanitario debido a la virulencia de la enfermedad.

Irma cuenta que tiene un hijo, John Gutiérrez Cuéllar, que trabaja en el laboratorio de un hospital, que enfermó de Covid-19, pero que logró recuperarse. “Ha donado dos veces ya plasma para ayudar a otros a superar el mal”, asegura con satisfacción.

Claro que también señala que muchos seres queridos se fueron y lo más triste es que ni siquiera se los podía velar.

“Ahora, la situación mejoró, estamos más tranquilos, va pasando de a poco, aunque hay harto trabajo, siempre tenemos que cumplir; para eso estamos”, señala.