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Su negocio es que el aire se enfríe, pero durante la pandemia, Luis René Rodríguez Contreras aprendió una nueva forma de alquimia: hacer que el dinero se estire como chicle.

Hasta el día en que fue anunciada la cuarentena, la vida de Luis René transcurría en una acera cerca del pico de plancha del cuarto anillo y Villa Fátima. Allí tiene su taller de reparación de aires acondicionados de vehículos y unos metros más allá está la pensión de Paola, la mujer con la que vive hace 13 años y con la que tiene dos hijos, Greco Uriel, de 11, y Dante Said, de 2.

Lo último que hicieron Luis René y Paola antes de encerrarse fue juntar valor para una última zambullida en el Abasto para acopiar cebolla, papa, arroz, azúcar y harina. Después de eso, los días transcurrían en el cuarto que alquilan cerca del quinto anillo y Santos Dumont con la única preocupación de qué comer en el desayuno, almuerzo y cena. Luis René se había reservado para sí la responsabilidad de salir a comprar, pero para Dante, el encierro era peor que el infierno.

La primera vez que convenció a su padre a que lo deje acompañarlo a la tienda, no quiso volver hasta ver la avenida vacía. “Quería venirse hasta el taller”, dice Luis René, que cada vez que volvía al hogar seguía con el ritual estricto de lavarse las manos, quitarse el barbijo, la ropa y bañarse para evitar meter el bicho al cuarto.

Cuando llegó mayo, los ahorros se comenzaron a acabar. “Hicimos lo que todo mundo hizo: pan. Se vendía bien y lo que ganábamos alcanzaba para el día”, cuenta Luis.

A principios de junio, la amnistía se le acabó. Hasta ese momento su casero le había condonado dos meses completos de alquiler, pero ya empezaría a cobrarle la mitad por cada uno de los dos espacios que ocupa para su taller y su restaurante. Luis René se animó y levantó su cortina desde el 2 de junio sin que nadie le diera permiso. A cuenta gotas fueron estacionando sobre su acera los autos de médicos, enfermeras y policías para que les revisara el aire acondicionado. Cansado de ir y venir todos los días, mudó a su familia a la pensión de su esposa y ella comenzó a hacer almuerzo para llevar. “Vendía cinco, diez almuercitos por día. Alcanzaba para pasar el día”, cuenta.

A él le iba más o menos. Recibía tres o cuatro vehículos para arreglar por semana. A veces solo uno. “Lo que ganaba había que hacerlo estirar para toda la semana”, dice.

El momento más duro llegó cuando Paola perdió el gusto y el olfato y comenzó a tener fiebre. No fue al médico ni buscó hospital. Llamó a su hermana enfermera y se curó con mates de paraíso o superinfusiones de eucalipto, jengibre, limón y manzanilla. “Cuando Dante tuvo diarrea dos días seguidos -cuenta Luis René- nos imaginamos lo peor, pero gracias a Dios fue solo una infección”.

Ahora, la vida comienza a sonreír. Luis arrastra deudas de alquileres, agua, luz e Internet, pero se acaba de mudar a su casa. La debe pagar hasta cuando esté en edad para jubilarse, pero la próxima pandemia no lo encerrará en un solo cuarto.