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De los casi diez mil decesos en todo el país a causa del coronavirus, aproximadamente la mitad ocurrieron en Santa Cruz. Solo con la primera ola.

En el año de la pandemia, los fallecimientos en Bolivia se dispararon. Según datos del Servicio de Registro Civil (Sereci), publicados por el Órgano Electoral, de 2016 a 2019, el promedio de muertes en Bolivia, en cada gestión y por distintas causas, bordeaba los 50.000 casos. Sin embargo, este 2020, hasta agosto, ya se habían superado los 54.000.

De ese promedio nacional, el departamento cruceño solía tener 11.000 decesos desde 2016. En la presente gestión, hasta agosto, ya se habían superado los 12.000. El peor mes de 2020, de acuerdo con informes del Sereci, fue julio, con más de 17.000 pérdidas, seguido por agosto, con más de 12.000, y luego por junio, con más de 8.700.

La ciudadanía y los medios de comunicación cuestionaron que los datos del Sereci mostraran solo 65 fallecimientos en abril, a lo que la entidad respondió que se debió al subregistro ocasionado por el confinamiento estricto.

Debido a esta situación, y a que en el departamento cruceño los decesos se dispararon en una sola jornada, el Ministerio de Salud y la Organización Mundial de la Salud OMS/OPS están elaborando un informe sobre la letalidad en el país, que debería estar listo pronto.

UN AÑO MUY DURO

Detrás de los fríos números del luto de la pandemia, hay nombres y apellidos, familias, guerreros de primera línea, defensores del medioambiente, gente del ámbito de la cultura y autoridades, tanto en Santa Cruz como en el resto del país.

Probablemente dos de los personajes más emblemáticos fueron Óscar Urenda y Roberto Tórrez, que fungían como secretario departamental de Salud y gerente de Epidemiología del Servicio Departamental de Salud (Sedes), respectivamente.

Los dos eran mayores de 70 años, tenían problemas de base, y, sin embargo, se mantuvieron firmes en la lucha contra la pandemia, a tal extremo que viajaron a Beni cuando explotaba en cantidad de nuevos casos positivos y decesos por el virus.

Fallecieron con un día de diferencia, generando el luto generalizado no solo en Santa Cruz, sino en todo el territorio nacional.

Hoy el hospital de Montero lleva el nombre de Urenda en honor a su labor y sacrificio por el bien común. “Un hito en la época de pandemia es que una parte del personal de salud dio su vida y eso hay que decirlo, no midieron esfuerzos, se sacrificaron porque amaban lo que hacían. No tiene nombre dar la vida por otros, en busca de contener al virus. Evidentemente nos afectó mucho la muerte en nuestro entorno, porque podíamos ser nosotros los muertos, o porque también había afinidad, dolieron más. El virus se lleva a quien quiere”, recordó Carlos Alberto Hurtado, hijo de Roberto Tórrez, y que hoy ocupa el cargo que este dejó.

El mayor temor del epidemiólogo Virgilio Prieto es que las segundas olas son más agresivas.

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