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Paulina León Jumachi, es la esposa del policía, Filomeno Choquehuanca Vargas, (57), que el 22 de abril falleció víctima del Covid-19, convirtiéndose en el primer agente de la institución del orden de caer atrapado por el enemigo silencioso.

Hoy vive junto a sus cuatro hijos, dos mujeres de 25 y 21 años y los varones de 28 y 12 en su casa por la Urbanización Los Piyos del kilómetro 9 de la doble vía a La Guardia, que edificaron con su esposo, producto de su trabajo de casi 30 años en la Policía.

Mientras nos relataba su historia junto a sus hijos, sostenía en sus manos las fotos de recuerdo de su marido trabajando en su oficina de la Policía, institución por la que ofrendó su vida.

Como en tiempos de Cristo

“Mi esposo estaba de vacaciones cuando llegó la pandemia, pero justo en esos días le tocaba volver y me preocupé y le dije que pida permiso porque tenía que irse a Cuatro Cañadas. Se fue las primeras dos semanas y de allá un día me llamó y noté que estaba ronco, dijo que se había resfriado. Vino y lo llevé a lo del médico, pero se puso peor, lo llevé a la Caja, estuvo tres días internado y falleció.

No pude verlo. Pedí auxilio al comando, me ayudaron, pero fue muy triste. En mi casa tenemos árboles de limones, paltas y otros, y como están a la vista los vecinos entraban y les regalábamos los frutos que querían. 

Cuando se enteraron que mi esposo falleció, parecíamos de otro mundo. Nadie pasaba por nuestra casa, nadie nos hablaba, nos miraban de lejos y escapaban, nos sentimos como los leprosos en tiempos de Cristo”, dijo doña Paulina en medio del llanto.

Una luz en la oscuridad

Doña Paulina cuenta que el cuerpo de su esposo fue cremado, le entregaron sus cenizas, no pudieron enterrarlo por tanta burocracia. “Tenemos sus cenizas aquí, buscaremos un cementerio para enterrarlas”.

Después de la muerte, señala que junto a sus cuatro hijos sentían miedo porque sus vecinos les miraban y corrían. “Antes que muera yo le di los primeros auxilios a mi marido. 

Después de que murió, yo me sentí tan afligida que armé una carpa al fondo de mi casa para aislarme y proteger a mis hijos. Era terrible. La segunda noche que me quedé en la carpa no dormí. Tomé mi biblia, empecé a leer de rodillas en medio de mi llanto y le imploré a Dios que nos salve. En eso, en la oscuridad de la noche, vi una luz que iluminó la página de mi biblia. Al otro día vinieron los médicos, nos hicieron la prueba y mis cuatro hijos y yo dimos negativo. Fue un milagro.

Hoy, ya salimos a vender frutas, refresco y Dios nos dio la oportunidad de vivir”. Cuando su esposo vivía Doña Paulina le ayudaba vendiendo refresco y dulces en las puertas de los colegios.