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Tres meses antes de que se cumplieran los siete años de los asesinatos de la serranía de Huanchaca, el ministerio del interior, en ese entonces a cargo de Carlos Saavedra Bruno, presentó en conferencia de prensa a los brasileños Antonio Costa (Balao) y Almiro de Souza (Miró) como los autores confesos del crimen que conmocionó al país.

De acuerdo a las declaraciones de Costa (27) y De Souza (45) dos meses antes les habían comunicado a todos que se vayan y ellos quedaron resguardando el lugar. Costa contó que el día del asesinato, además de ellos, había un boliviano más del que dijo no recordar su apodo. De Souza confesó que fue el que disparó contra Noel Kempff en dos oportunidades y que incendió la avioneta, que estaba drogado y que ese asesinato le había afectado la cabeza “yo siempre me sueño con esto, ya he quemado unos 30 paquetes de velas por eso es que quiero pagar lo que hice”, declaró. Costa por su parte dijo que uno de los que había matado quedó al final de la pista.

Para escapar del lugar fueron ayudados por el boliviano Francisco Renner Aguilera y el piloto brasileño Eduardo Charbel.

¿Cómo fue que se llegó a dar con ellos? y ¿cómo se verificó que eran los autores materiales del triple asesinato? son preguntas que 28 años después desvela Saavedra.

“Carlos Valverde, que era jefe de seguridad del ministerio del interior viene un día y me dice que hay un militar que tiene información de que los asesinos de Noel Kempff estaban en Cuiabá, Brasil. Entonces me hace un resumen de lo que conocía. Al principio estuve susceptible, pero cada vez mostraba más seguridad de lo que decía”, cuenta Saavedra, que toma la decisión de ir a Brasil para hablar con el ministro de justicia, del gobierno de Collor de Mello, que era Bernardo Cabral. Le explica la importancia de la figura de Noel Kempff en Bolivia y le cuenta toda la historia. Cabral entonces lo pone en contacto con Romeo Tuma, que era director de la Policía Federal, que se compromete a mantenerlo informado.

“No pasó ni dos meses que me llama y me da los antecedentes de los investigados y me confirma que estuvieron en Bolivia durante un par de años, pero que no podían detenerlos, porque ya habían cumplido sus condenas en Brasil

Sin embargo, continuaron siguiéndole el rastro a Costa y De Souza y tomaron diversas imágenes de ellos y sus actividades.

“Era lógico que el único que los podía reconocer era Castelló, entonces me contacto con el embajador de España y le pido que se autorice su venida al país. Él hizo la consulta y me indicó que el biólogo no quería volver a Bolivia”

Frente a la imposibilidad de traerlo, Saavedra decide ir a buscarlo a España y logra convocarlo a través del ministro del interior. En la entrevista Castelló no logra reconocerlos. Un sicólogo del ministerio le indica que las personas que han tenido un drama de muerte, como la que vivió el biólogo, anulan ese recuerdo. Sin embargo, hacen un intento más a través de un dibujante en base a las fotos los retrata más jóvenes, pero tampoco los reconoce. “Yo los borré. No se olvide que salí escapando y estuve escondido en la mata. No se imagina cómo quisiera ayudar”, me dijo.

Siguieron con las investigaciones hasta que tienen más datos que son ellos. “Como constantemente cruzaban la frontera, le indico a Valverde que prepare una avioneta para agarrarlos cuando estén en territorio boliviano. Así lo hicimos y los trajimos a Chonchocoro. Uno de ellos pidió un padre para confesarse. El sacerdote dijo que lo que contó fue en secreto de confesión. Insistimos y le preguntamos ¿Pero fueron ellos? y se quedó callado. Lo entendimos como una señal y los interrogamos sin tortura, porque con presión pueden afirmar cualquier cosa. Esa misma noche cuentan todo y al otro día le comunico al presidente y le pido que la presentación sea en Santa Cruz y acepta. Tres meses después dejé el cargo y ya el caso quedó en manos de la justicia”, concluye Saavedra.


Culpables. Los brasileños Antonio Costa (Balao) y Almiro de Souza (Miró)



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