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Por: Adhemar Manjón 

Son las 22:30 del miércoles en el Parque Urbano, hay cuatro ambulancias de emergencias médicas en el parqueo improvisado de la avenida Capitán Arrien, a pocos metros del segundo anillo. Las ambulancias son de empresas privadas. Están listas a cualquier llamado que las ‘active’ para ir en ayuda de algún accidentado o algún enfermo de peligro. 

Una de esas ambulancias la conduce Jorge Romero desde hace cuatro años. Su turno de 24 horas comenzó a las 20:00 y le espera una larga jornada hasta que finalice a la noche siguiente. Antes de manejar una ambulancia Jorge estuvo tres años desempleado, dedicándose a cualquier cosa que le diera algún ingreso. 

Antes del desempleo trabajó en YPFB, donde recibió capacitación en primeros auxilios y manejo de vehículos, experiencia que le sirvió al momento de conseguir el puesto de conductor de ambulancia. Cada ambulancia además del conductor lleva un médico. “Podemos trabajar solo 12 horas, pero si queremos ganar un poquito más le metemos 24 horas”, cuenta Jorge.


Jorge Romero y su unidad tienen su ‘parada’ habitual por el Parque Urbano/Foto: Fuad Landívar

Cuando hacen turnos de 24 horas al otro día descansan. Si en la empresa solo les permiten trabajar 12 horas es normal que el conductor termine el turno y salte a la ambulancia de otra empresa para continuar otras 12, explica Jorge. “En tiempos de covid las 24 horas podían ser intensas, se trabajaba casi sin descanso y a veces se extendía, porque antes de terminar el turno surgía una emergencia y teníamos que seguir. Teníamos que salir a las 8:00 pero no podíamos parar y continuábamos hasta las 11:00”, indica Jorge, que antes de ejercer en este oficio recibió una capacitación como paramédico. Jorge se contagió en la primera ola y nuevamente meses después, ninguna de ellas fue grave.

“En este oficio cada minuto cuenta para salvar una vida”, enfatiza Jorge, que ha pasado por momentos gratos donde gracias al auxilio inmediato salvaron vidas. Aunque también le tocó escenas amargas, como cuando un joven que se accidentó en su moto murió tomándole la mano. “Eso solo lo había visto en las películas. Me ha marcado hasta ahora”. También tiene que lidiar a veces con la falta de colaboración de algunos hospitales públicos.

“El otro día recogimos a un indigente que estaba con un paro cardíaco y en un hospital no lo quisieron recibir porque no tenía documentos ni seguro médico”, recuerda Jorge. En estos cuatro años también vio cuerpos decapitados o deshechos, y de la consternación que esos hechos le provocaron, ahora logra contenerse ante esas imágenes. “Uno se va acostumbrando a eso. Se va volviendo más frío”, menciona Jorge.



Miguel Torrico (Izq.), conductor; y Francisco Benado, médico/Foto: Ricardo Montero

La lucha por sobrevivir

“La experiencia se vive con cada paciente, con cada emergencia que cubrimos”, dice Daniel Chávez, que lleva 10 años como conductor paramédico de las ambulancias del Sistema Integrado de Servicios Médicos de Emergencia (Sisme), que cubre todo el municipio de Santa Cruz de la Sierra. Antes estuvo trabajando cuatro años en una clínica privada. Y mucho antes llegó a participar en carrera de autos (se recuerda compitiendo contra Luis Burgos). En las ambulancias también tiene que imprimir altas velocidades contra el reloj. “Siempre estuve involucrado en los servicios médicos. Mi madre era enfermera así que me gustaba por donde ella se movía”, indica Daniel.

En el Sisme los turnos solo son de 12 horas, nocturnos y diurnos. “Un día normal llego a las 7:00, con mi equipo médico revisamos toda la unidad y esperamos las llamadas para cubrir las emergencias”, explica Daniel. En las ambulancias del Sisme el trabajo que hacen mayormente es de traslado de pacientes de un centro médico a hospitales de segundo o tercer nivel. También recogen pacientes de los domicilios. “Los casos más comunes que asistimos son las pacientes gestantes. Me ha tocado que den a luz en mi ambulancia”, cuenta este conductor de 42 años. “Es muy triste cuando se atienden pacientes críticos con la familia presente. Uno tiene que reaccionar rápido y ve la desesperación de sus seres queridos”, comenta Daniel.

Daniel Rodas también trabaja para el Sisme. Maneja la ambulancia del hospital Francés desde hace un año. Ingresó cuando la pandemia del covid aún golpeaba fuerte y tuvo que vérselas negras muchas veces, como cuando tenía que trasladar pacientes por horas hasta encontrarle un espacio en algún hospital.



Daniel Chávez trabaja desde hace diez años

Antes de ser conductor de ambulancia Rodas se dedicaba a la mecánica industrial. “Quise entrar a este trabajo porque yo considero que siempre debemos estar del lado de la salud. Creo que el covid no va a ser la última enfermedad grave que vamos a tener, por eso quise involucrarme en esto”, dice Rodas.

“Los momentos más críticos del covid son cuando los pacientes que llevábamos en la ambulancia se iban quedando sin oxígeno. Gracias a Dios ningún paciente falleció en el vehículo, pero verlos sufrir era muy complicado”, menciona Rodas. En muchas ocasiones lamentablemente dependían de la muerte de un paciente para salvar la vida de otro. “Varias veces llevábamos horas con un paciente en estado crítico en la ambulancia buscando hospital y de repente nos avisaban que alguien había muerto y ese espacio quedaba libre para el que teníamos nosotros”.

Los conductores de ambulancias de los hospitales salen con los médicos internistas de acuerdo al horario y a la especialidad que requiere la emergencia.

Rodas cuenta que poseen una bitácora de viaje en la que anota sus recorridos, así como también el kilometraje y el tiempo que hacen en cada salida, algo que tienen que controlar todos los conductores del sistema público y entregar al final del turno.

La ambulancia de Rodas es una Mitsubishi adaptada para camilla, tanque de oxígeno y tabla inmovilizadora, ya que es una ambulancia regular. Las que son para terapia intensiva tienen más equipamiento.

Miguel Torrico apenas lleva un mes como conductor de ambulancia de emergencia privada. Una de sus paradas habituales es en el boulevard de El Trompillo, frente al Cinecenter. Recibió una capacitación de paramédico y también de manejo ‘defensivo’. Conduce un vehículo relativamente más grande por eso no asiste accidentes, ya que el tamaño de este no le permite meterse entre los vehículos con la facilidad y la velocidad de los más pequeños. Marco y el médico que lo acompaña, Francisco Benado, en sus turnos generalmente atienden llamados de pacientes que están en sus domicilios y los llevan donde ellos les piden. Benado es un médico brasileño. Lleva ocho años en Bolivia y desde hace cinco meses trabaja con la ambulancia en lo que se denomina “atención prehospitalaria”.

“Mi trabajo es evaluar el paciente, saber si tiene condiciones de traslado y presentar ese caso al médico que lo va a recibir en una clínica o un hospital. Eso ya es un gran comienzo porque ese médico sabrá cuál es la situación del paciente y qué es lo que tiene que hacer”, señala Benado.

Vocación de servicio

Henry Ceres tiene 31 años y desde hace cinco es conductor paramédico de ambulancia. Dice que siempre tuvo vocación de servicio y este le pareció un trabajo ideal para ayudar al prójimo. Ceres creó hace dos años una central de ambulancias privadas desde donde les llegan los pedidos de emergencias.

Ceres dice que son 15 las empresas que ofrecen este servicio en la ciudad, aunque sabe que hay otras que funcionan de manera improvisada y que no cumplen los requisitos. Por ejemplo, para ser conductor de ambulancia se requiere una licencia categoría B. “Hace unas semanas una de estas ambulancias se accidentó y se supo que el conductor tenía licencia A, quizás por eso no pudo evitar el accidente”, dice Ceres. 

El Servicio Departamental de Salud es quien se encarga de verificar y cuidar que las ambulancias privadas cumplan los requisitos. Al igual que los otros entrevistados, Ceres dice que conducir en una emergencia por la ciudad es frustrante, porque los otros conductores no saben reaccionar ante la prisa de una emergencia y no ceden el espacio cuando escuchan la sirena. “Desconocen la educación vial. En vez de darnos el espacio muchas veces nos cierran el paso”.

En la época más dura de la cuarentena, Ceres alquiló un vehículo tipo taxi y le colocó las viñetas respectivas de emergencia y asistió a mucha gente, ya sea llevando medicamentos o trasladándola a hospitales. Lo hacía después de su turno de 24 horas.

“Son varios los que prefieren el turno de 24 horas porque ganan más que trabajando 12, pero al otro día, cuando les toca su libre, también buscan qué hacer para seguir ganando plata”, explica Ceres. A los conductores de ambulancia les pagan por día trabajado. El ingreso es de aproximadamente Bs 100 por las 12 horas y un poco más del doble por las 24 horas. No tienen seguro médico.

Un servicio de ambulancia privada cuesta un promedio de Bs 400 a 500. En el caso de accidente de tránsito el pago sale del seguro del SOAT. Ceres dice que todos los conductores deben tener capacitación en emergencia prehospitalaria para colaborar al doctor en las atenciones requeridas cuando hay accidentes con varias víctimas.

Ceres recuerda la vez que, en la carretera al norte, un accidente de tránsito nocturno les permitió dar con el cuerpo de un hombre que habían atropellado tantas veces que era irreconocible.

Ceres, como tantos otros, apuntan a seguir salvando vidas, aunque no importa muchas veces estar en un estado de vigilia permanente durante 24 horas que pueden ser a veces hasta 36. Lo importante es estar alerta y llegar pronto para salvar una vida.

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