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Luego de mostrar al mundo cómo funciona un chip que conecta el cerebro con una computadora, Elon Musk recomendaba la lectura de una obra que, asegura, lo ha influido de manera determinante en su vida y en su forma de pensamiento: la saga Fundación, de Isaac Asimov, el padre de la ciencia ficción moderna.

La historia en la que los artefactos tecnológicos, fundamentalmente los robots, condicionan la organización social de modos que incitan a la reflexión, influyeron en el sudafricano multimillonario de la tecnología, que hoy pretende integrar las computadoras a nuestras vidas, a través de interfaces neuronales.

“O nos apuramos y mejoramos nuestro descuidado cerebro o la inteligencia artificial hará que seamos cada vez más inútiles”, opina.

Musk presentó la semana pasada el trabajo de su compañía emergente Neuralink. El excéntrico empresario mostró la lectura de la actividad de Gertrud, una cerda con el chip cerebral conectado a una computadora, mientras comía o se movía en una cinta para correr.

El porcino se había sometido a un procedimiento quirúrgico en el que un robot colocaba la última versión del implante informático de Neuralink en su cerebro. El dispositivo mide 23 milímetros por ocho milímetros y se puede implantar con cierta facilidad, para nuevas versiones, según explicó el visionario sudafricano.

Musk comentó sobre el potencial de la tecnología para abordar las lesiones cerebrales y otros trastornos. Entre las ventajas que ofrece, se encuentra facilitar el uso del computador a personas con parálisis, tratar la pérdida de audición, abordar la enfermedad de Parkinson o incluso hacer caminar de nuevo a personas con daños en la médula espinal.

También aseguró que, entre las capacidades potenciales de la interfaz cerebro-dispositivo de Neuralink, está manejar un automóvil solo con el pensamiento, jugar videojuegos, poner música directamente en la mente de una persona y “salvar y reproducir recuerdos”.

La empresa ya presentó en 2019 un prototipo de su chip cerebral. Entonces se colocaba detrás de la oreja y parecía un audífono. El nuevo modelo, el Link v0.9 tiene el tamaño de una moneda y el grosor del cráneo humano. “Es como un fitbit en tu cráneo”, dijo Musk en la presentación.

“Esto está empezando a sonar como un episodio de Black Mirror”, bromeó. El evento se convirtió en un discurso de ciencia ficción de hasta dónde podía llegar el dispositivo de Neuralink. “Son muy buenos prediciendo el futuro”, dijo de los creadores de la serie británica.

El chip aún no se ha probado con personas. Cuando se haga, será un robot el que lo implante en la corteza superior del cráneo. Esta pequeña operación no durará ni una hora y el paciente no necesitará anestesia, según afirma Musk. Gracias a unos microhilos, el wearable procesará la actividad física y la cerebral y enviará la información al smartphone mediante Bluetooth Low Energy.

El aparato estará oculto bajo el pelo y la intención es que sea sencillo de quitar y de reinstalar. La batería se cargaría por inducción, como algunos relojes modernos.

El niño ‘nerd’ de Sudáfrica

La historia de Elon Musk enseña que algunos principios simples, aplicados implacablemente, pueden producir resultados sorprendentes. Nació en 1971 en Pretoria (Sudáfrica). Su madre es la modelo y dietista Maye Musk, y su padre, Errol Musk, un ingeniero electromecánico, a quien Elon ha descrito como “un ser humano terrible”.

Pasó su infancia con la nariz metida en libros y computadoras. Fue un niño pequeño e introvertido, condenado al ostracismo por sus compañeros de escuela.

Con tan solo 10 años, aprendió a programar por sí mismo. Dos años más tarde vendió por 500 dólares Blastar, un videojuego para ordenador programado por el mismo.

En 1995 se mudó a Silicon Valley, donde se inscribió en un programa de doctorado en Física Aplicada en la Universidad de Stanford, pero se retiró después de solo dos días. La Internet temprana despegaba y, junto con su hermano Kimball, decidió lanzar una empresa startup a la cual llamaron Zip2. Era una especie de directorio de negocios en línea, equipado con mapas.

Con el tiempo, los hermanos encontraron inversionistas para Zip2 y la convirtieron en una compañía exitosa. En 1999, los hermanos vendieron Zip2 al fabricante de computadoras Compaq por 307 millones de dólares.

Luego, Elon fundó por su cuenta una compañía de servicios financieros en línea: X.com. Su principal rival era una empresa llamada Confinity, fundada por Peter Thiel y dos socios. Las dos compañías se fusionaron en marzo de 2000 y tomaron el nombre de su producto principal, PayPal, un servicio de transferencia de dinero en línea, de persona a persona.

Ebay, el servicio de subastas en línea, compró PayPal en octubre de 2002, a cambio de acciones de Ebay por un valor de 1.500 millones de dólares. A la edad de 31 años, Elon Musk, quien había sido el mayor accionista de PayPal, con el 11.7 % de las acciones, se hizo dueño de 165 millones de dólares en acciones de Ebay.

Alcances y límites

El control de las ondas cerebrales es un desafío de la ciencia desde hace mucho tiempo. Existen ya algunos avances a través de diademas neuronales con las que se puede intervenir en una interfaz cerebro-computadora que se basan en una interpretación de las ondas cerebrales por parte de una máquina, anticipando un sistema para interactuar con el exterior a través del pensamiento.

Musk espera que Neuralink pase de sus 100 empleados actuales a unos 10.000. La compañía lleva cuatro años de vida invertidos en una investigación de 150 millones de dólares, la mayor parte puestos por el multimillonario. Más allá del potencial y los sueños ambiciosos de Musk, Neuralink ya ha marcado un hito en su campo.

“En los últimos años se ha visto cómo varios estudios están avanzando el uso de tecnologías similares. Sin duda alguna, cualquier avance que sirva para mejorar la salud es bienvenida. Pero hay que tener mucho cuidado de que la neurociencia vaya de la mano de la ética. Porque en algún momento puede confundirse y usarse para otros objetivos”, comenta el neurocirujano Carlos Dabdoub.

Algunos autores, como José Cordeiro, vaticinan que en el año 2040 vamos a presenciar ‘la muerte de la muerte’, es decir, que las personas con diferentes tipos de enfermedades se van a curar. Incluso, que van a vivir arriba de los 100 años. Eso de que el individuo pierda la libertad de pensar y de decidir, a partir del uso de una computadora, es algo que se opondría a cualquier avance tecnológico, que no sea solamente curar enfermedades”, agrega.

El neurólogo indica que cualquier avance tecnológico de este tipo debe ir en beneficio de todos los países. “No es equitativo ni justo que estas prácticas y proyectos tecnológicos de alto vuelo solamente sean de utilidad para el primer mundo”, resalta.

Dabdoub considera que el tema de la salud en el mundo se debe rearmar alrededor de una red global de seguridad sanitaria, que permita la democratización del conocimiento y el uso universal de nuevas tecnologías médicas y farmacológicas.

Marcelo Lencar, especialista en derecho informático y ciberseguridad, recuerda que siempre hemos utilizado la tecnología para aumentar nuestras capacidades humanas.

“Pensemos en las gafas, las prótesis o las computadoras. Pero los probables avances en la tecnología de la interfaz neuronal en los próximos años, y décadas, podrían suponer una importante evolución en la historia de la humanidad. Lo que no tiene precedentes es que podremos incorporar directamente la capacidad de procesamiento en la cognición humana. Será difícil definir dónde termina el humano y empieza el ordenador”, señala.

Lencar apoya una nueva jurisprudencia de la mente, estableciendo un marco legal para esta tecnología. Sugiere que, dentro de los derechos legales, la privacidad mental debería garantizar que los datos cerebrales no se graben o utilicen sin el conocimiento de alguien, o que se compartan sin su consentimiento.

Por su parte, Juan Pablo Villazón Richter, ingeniero electrónico, afirma que, gracias a esta interfaz, se daría una comunicación telepática, humano-máquina y humano-humano, en la que se aseguraría la transmisión exacta y confiable a nivel neuronal, sin necesidad de emplear un idioma, emitir sonidos o gestos, además de no ser afectada por la distancia a la que se encuentren los sujetos.

“El propósito principal es eliminar la lenta interacción entre el ser humano y los computadores, el proceso de digitar las letras en un teclado o realizar un dictado implica un cuello de botella entre el computador y los seres humanos”, explica.

En ese sentido, Villazón cuestiona la necesidad de que nuestra mente y conciencia sea conectada directamente a internet. “¿Vale la pena someterse a una cirugía cerebral para dotar de un puerto de alta velocidad con el propósito de interactuar a nivel síquico mental? La respuesta está en valorar los riesgos a los que nos exponemos, el precio de perder nuestra esencia humana imperfecta y cada vez depender más de ‘perifericos’ que están incrustados en nuestro cuerpo”, agrega.

El ingeniero teme que, al pasar la barrera craneana para insertar un dispositivo invasivo, con el fin de hackear al cuerpo, mejorando nuestras habilidades, nos desconectarán más con el mundo real y nos conectarán más al digital.

Asimismo, recalca que no se debe olvidar que los sentimientos y los pensamientos son procesos mentales más complejos que las palabras.

“A la larga nos preguntaremos ¿cuál es el mundo real? ¿El físico o el digital? Creo que no debemos poner todas las apuestas a una sola tecnología, debemos tener otras opciones a corto, mediano y largo plazo, con diferentes niveles de riesgos”, concluye.