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FOTOS: RICARDO MONTERO/ARCHIVO

Abril de 2018. Sports Center, de ESPN, tuiteó: “¡Bolivia tiene un campeón ATP!”. La Asociación de Tenistas Profesionales es un referente mundial. Ganar el primer torneo Challenger significó para Hugo Dellien darle a Bolivia el primer título de esta clase desde 1983. En esa ocasión, lo ganó Mario Martínez.

Llegar hasta ese punto -129 en el ránking mundial- era la coronación de un trabajo de dos décadas. Durante su infancia en Trinidad, Silvana Velasco, madre del atleta, vio que el tenis era una buena opción para Hugo. Como todos los niños, estaba listo para entrar en la amplia corriente del fútbol, pero ella no simpatiza con ese deporte, porque “los patean mucho”; o quizá del básquet, que también practicaba.

Su idea consistía en que entrene y desarrolle su talento para poder optar a una beca deportiva en alguna universidad extranjera. Es lo que hizo Murkel, uno de sus hermanos menores. Consiguió una beca completa para estudiar en Kansas (EEUU).

Cuatro años tenía Hugo cuando tocó la primera raqueta, regalada por su papá, y a los seis años participó en su primer torneo. Por entonces, las edades en los torneos no estaban claramente diferenciadas, así que tuvo que competir con niños mayores. Ya había cumplido los ocho años cuando llegaron a Trinidad profesores de Cochabamba y alertaron a los padres: “Tiene talento”, les dijeron.

Siguió compitiendo, siempre con la ayuda de los padres, porque los auspicios tardan mucho en llegar en Bolivia. Incluso cuando empezó a ganar, le costaba conseguir apoyo de las empresas.

A los 14 años los torneos locales le quedaron pequeños. No había rivales para él y tenía que saltar a otros ambientes. Además, había decidido dedicarse al tenis. “Yo chillé y pataleé”, cuenta su mamá, esperanzada en que ingrese a una universidad. Pero decidieron seguir apoyando su carrera. Quedaron atrás las horas en el club de Trinidad, que ahora recuerda como una guardería en la que permanecía de tres de la tarde a siete de la noche, haciendo travesuras, jugando a las escondidas, al chicote escondido o al chorro morro.

Lejos del colegio

Para dedicar tiempo al entrenamiento, dejó el colegio La Salle a los 14 años y empezó a estudiar en línea. Sus amigos de la niñez y la infancia lo vieron partir a Santa Cruz, donde empezó el entrenamiento con Mauricio Soliz. Ahora, desde la perspectiva del tiempo transcurrido, la mamá agradece a ese entrenador, que supo incluso enseñarle a comer, porque el campeón “era mañoso a morir. No comía verduras”, cuenta su mamá. La disciplina y responsabilidad de Mauricio Soliz marcaron a Hugo.

Fueron sumando, poco a poco, los campeonatos nacionales y departamentales. “Competimos en las categorías de diez años, de doce, de catorce, de dieciséis años en el Club de Tenis Trinidad. Siempre fue luchador, de garra. Marcaba la diferencia en todos los torneos a los que viajábamos. Y salía campeón”, recuerda su amigo Nicolás Suárez. “Cuando viajó a los sudamericanos de la Cosat ya tenía en mente ser profesional”, recuerda. La Cosat es la Confederación Sudamericana de Tenis. “Siempre lo hacía con el apoyo de sus padres, porque en Bolivia no hay apoyo para el deporte”, comenta.

Una lesión

La única lesión que tuvo Hugo fue en realidad una calcificación en la muñeca. Crecieron pequeños huesos entre el radio y el cúbito del brazo izquierdo, que le impedían realizar la flexosupinación de la muñeca, un movimiento clave al realizar los reveses. En noviembre de 2017 lo operaron en la clínica Climba de Buenos Aires, especializada en manos. A los dos meses estuvo de vuelta, entrenando. En 2018 comenzó a competir con un nuevo impulso.

Felizmente, Hugo tiene un físico privilegiado. Con el mismo ritmo de entrenamiento, es frecuente que otros tenistas tengan una lesión al año o una cada dos años. Hasta ahora él no ha sufrido ninguna.

 

Wimbledon y más allá

Finalizaba abril del año pasado cuando quedó clasificado al tercer Grand Slam del año. Las victorias en los Challengers de Sarasota y Savannah lo llevaron hasta Wimbledon. Este torneo, que se juega en Inglaterra, más antiguo del mundo; empezó a disputarse en 1877. Un Grand Slam es un torneo principal de la Federación Internacional de Tenis. El primero del año es el Abierto de Australia, el segundo es el Roland Garros en Francia, el tercero es Wimbledon y el cuarto, el Abierto de Estados Unidos. Fueron días difíciles, pero como él mismo dice, una de sus características es no darse nunca por vencido.

Una curiosidad: mientras competía en el Challenger de Santiago, escuchaba incesantemente Saya Sensual, de Los Kjarkas.

En mayo de 2018 estaba ya en París, preparando su participación en el Roland Garros. Junto a estas alegrías, se mezcla la nostalgia por la tierra lejana. Extraña su natal Beni, a sus amigos, sus comidas favoritas, su familia. El tiempo que dejan los entrenamientos no es mucho, pero hubo tiempo para el amor (se casó el año pasado en Paraguay) y asistieron sus más cercanos.

Está concentrado mejorando sus movimientos. En canchas de tierra tiene que medir los deslizamientos, porque en las canchas duras hay que hacer más pasos de ajuste, bajar la cadera y los glúteos porque la pelota pica menos. Para jugar en césped hay que fortalecer los abductores y aductores para no resbalarse y sufrir lesiones.

Ensaya sin cesar sus golpes favoritos: la derecha mientras corre, la volea, el saque y el golpe cortado o slice que usan Federer, Djokovic y, cada vez más, Nadal.

 

Las emociones

Juega fútbol para socializar (tiene que cuidar su físico) y era bueno en el básquet, pero como se trataba de un juego en equipo, no le llamaba la atención. Jugar solo implica manejar las emociones. “Es una de las partes más difíciles del tenis. Si uno no supera cualquiera de las emociones, no te deja jugar de la mejor manera y se te puede ir un partido en muy poco tiempo. Podés desaprovechar las oportunidades que el rival te da, ya sea por nervios, por la presión de saber que es tu chance y si no la aprovechás viene el enojo. Si no superás el enojo no podés generar una nueva oportunidad y el partido se te va yendo, y cuando te das cuenta, ya estás muy lejos en el marcador o perdiste”, revela. Lo único que puede hacer el jugador en momentos así es concentrase en cerrar el set o el partido. Hugo ha encontrado en El Secreto, el libro de Rhonda Byrne según el cual todo lo que tenemos lo hemos atraído, una ayuda inesperada.

El ejemplo de otros tenistas también lo ayuda. El que más admira es Roger Federer, al que Hugo considera como dueño de un juego perfecto. “Pero lo que más admiro es su forma de ser dentro y fuera de la cancha”. Cuando tiene la raqueta en la mano, Federer es, dice Hugo, el ejemplo perfecto del manejo de las emociones; al salir del campo es una persona más, con mucha humildad a pesar de ser el mejor tenista de la historia. “Hay otros que no tienen ni el uno por ciento de lo que consiguió Roger Federer y no tienen humildad. Admiro las ganas que tiene para seguir jugando. Tiene 37 años, millones de dólares, una familia; ganó todo lo que se puede ganar y sigue luchando como si no tuviera nada de nada. Eso es increíble”.

Hugo alcanzó la meta de estar entre los cien mejores del mundo. En marzo llegó al puesto 74 y aunque tuvo un reciente tropezón en el ATP World Tour 250 de Estoril (bajó al puesto 98 del mundo), quedan oportunidades: el Mutua Madrid (hasta el 13 de mayo), Shanghai en octubre, y el Masters de París, en noviembre. La historia de Hugo es un trabajo en progreso.

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