Escucha esta nota aquí

Algunos piensan que es un ave de malagüero”, dice Noel Kempff Mercado al referirse al guajojó, mientras descansa en una hamaca y escucha el canto del misterioso pájaro que se oye a lo lejos. La escena pertenece a la teleserie de Safipro La última expedición, sobre la vida del extinto naturalista boliviano, interpretado en 1988 por Julio Kempff, actor que, tres años después, protagonizó el ciclo de leyendas del oriente boliviano de la productora cruceña, precisamente, en la historia titulada El guajojó.

El ave, que habita desde Centroamérica hasta el norte argentino, es una de las más fascinantes y enigmáticas del continente. Es extremadamente silenciosa, pero cuando canta causa gran conmoción entre los que lo oyen.

Ese misterioso canto, que dio origen a multitud de leyendas en cada zona donde se lo conoce es la razón por la que lo asocian con un fantasma, ya que es similar a los lamentos de una persona en penuria y por ello en los pueblos se lo consideraba un pájaro de malagüero, de la misma manera que en cada región le aplican una serie de curiosos nombres comunes que hacen referencia a alguna de sus características.

Su nombre científico es nictibio urutaú (nyctibius griseus) y también es conocido popularmente, dependiendo de la región, como urutaú, kakuy, pájaro estaca, guaiguîgué, pájaro fantasma, pájaro bruja, ayaymamá o la serenera.

La forma de nombrarlo tiene mucho que ver con el particular canto nocturno que emite, razón por la que se lo ha asociado a diversas leyendas, como en Paraguay, donde se lo conoce como urutaú. El posible origen del nombre sería “guyrá” pájaro, y “taú” espíritu, es decir, duende, fantasma.

André Thevet, un viajero francés que estuvo en Brasil en el siglo XVI señalaba: “Entre todas las aves de esta tierra, existe una que los salvajes no matarían ni aun lastimarían por nada en este mundo. Dicen estas pobres criaturas que ese canto les hace recordar a los seres queridos que fallecieron”.

En Bolivia, la leyenda del guajojó está presente sobre todo en el oriente. A diferencia de otras leyendas más contemporáneas, como la viudita, el carretón de la otra vida o el duende, la del guajojó tiene sus orígenes en tiempos aún más lejanos.

La tradición cuenta que una joven mujer, hija de un cacique, se enamoró de uno de los jóvenes más valientes de su tribu.

Sin embargo, su romance duró poco. Su celoso padre convocó a los hechiceros poderosos de la zona para que el pretendiente desapareciera antes de consumarse el acto de amor de la pareja, porque “el intruso” heredaría el trono y el amor de la hija.

Cuando la muchacha descubrió el plan de su padre se lanzó a correr por la selva llorando desconsoladamente; gritaba mientras buscaba desesperada a su amado. Y cuando estuvo a punto de alcanzar a los hechiceros para evitar su muerte, estos la convirtieron en una horrenda ave prohibiéndole hablar el resto de la vida, por tanto, estaba destinada a deambular con su eterno lamento.

Desde entonces, el guajojó es ahuyentado de los sitios poblados porque cuando canta la gente en realidad cree que llora la muerte de su amado y atrae nuevos lamentos y los malos espíritus de los hechiceros que rompieron con su unión de amor verdadero.

El nombre, por supuesto, está relacionado con la onomatopeya del canto del ave, cuyo lamento hace creer que dice ‘gua-jo-jó.

Con el cuyabo (chotacabra) e inTeleserie. Marisol Méndez y Raúl Bauer, en El guajojó, de Safipro (1991)

Más cerca

Este 2021 se dio un fenómeno curioso en las redes sociales. De repente, varias personas de Santa Cruz empezaron a subir fotos y videos de guajojós extraviados y heridos que aparecían en sus casas o en las calles.

Algunos se enteraban por primera vez cómo era este animal, mientras que otros lo confundían con el cuyabo (chotacabra) e incluso con un el búho. La explicación más lógica de lo ocurrido, además de una migración natural de las aves por la época, tiene que ver con el avance de las urbanizaciones hacia las zonas boscosas de la ciudad.

El biólogo Huáscar Bustillos, que viene estudiando el guajojó en los últimos años, señala que, efectivamente, estas apariciones se deben a que el hombre está talando y deforestando cada vez más, pero también asegura que el guajojó convive con el ciudadano desde hace tiempo. Lo que ocurre es que su excelente capacidad para mimetizarse con la vegetación ha hecho que todo este tiempo siga pasando desapercibido.

Bustillos subraya que el guajojó se comporta de manera similar al cuyabo. Ambos son solitarios, nocturnos e insectívoros, además que están muy relacionados con la cultura regional y su origen tiene mucho que ver con el contexto mitológico indígena.

Podríamos decir que el guajojó y el cuyabo son primos cercanos, al igual que del guácharo. Los tres pertenecen al orden caprimulgiformes, pero presentan familias distintas; el guajojó pertenece a nyctibiidae, el cuyabo a caprimulgidae y el guácharo a steatornithidae. Todos ellos tienen características físicas en común y hábitos similares y a la vez presentan diferencias.



Podargo. Pariente de la chotacabra, mide 23 cm, sus alas son pequeñas.

El biólogo aclara que el guajojó no tiene que ver con el búho, a pesar de que ambas son aves nocturnas y tienen apariencia y color similar. “La diferencia más obvia es la forma en que cazan. Los búhos estiran las piernas y usan sus garras para atrapar, matar y llevar a sus presas de regreso a sus refugios. Ocasionalmente pueden arrebatar algo en el aire, pero también cazan pequeños bichos que corren por el suelo. Mientras tanto, los guajojós casi siempre atrapan a sus presas en el aire con su gran pico abierto a manera de red. De hecho, la mayor parte de su dieta consiste en insectos voladores como polillas, mariposas y escarabajos”, explica.

Huáscar añade que en Bolivia contamos con dos géneros (nyctibius y phyllaemulor) y cinco especies de guajojós distribuidos en gran parte de nuestro territorio.

“Las cinco clases son: el guajojó rojo (Phyllaemulor bracteatus) es de tamaño pequeño con un color rojizo y manchas blancas; el guajojó grande (nyctibius grandis) es la especie más grande de toda la familia; el guajojó cola larga (nyctibius aethereus), conocido por sus plumas de cola extralargas; el guajojó andino (nyctibius maculosus) es un ave misteriosa que vive en las montañas y el guajojó gris (nyctibius griseus), el más común y con más probabilidades de ver y escuchar”.

El experto asegura que este último es el que emite el sonido más característico que propició que los pobladores de la región le pusieran el nombre y dieran paso a las leyendas.

Bustillos ha sido testigo de la aparición reciente de guajojós en la ciudad, él se encargó de rescatar una especie herida que cayó en las gradas del Museo de Historia Regional de Santa Cruz.

“Tenía una fractura expuesta en un ala, alguien le había tirado una piedra. Se intentó salvarle la vida, llamé a un veterinario, que la atendió, pero, lastimosamente, murió”, relata con tristeza el biólogo, que se había encariñado con el ave, a tal punto que lo bautizó con el nombre de Gladys.

Herido. El guajojó herido que cayó en el Museo de Historia


La cultura popular

Cuentos, poesía, música, televisión…el guajojó ha sido protagonista de varios productos de la cultura popular de los últimos tiempos, desde las narraciones literarias de diversos autores, hasta las leyendas llevadas a la pantalla chica, como la teleserie de Safipro, dirigida por Ricardo Alfonso a partir de una adaptación libre del escritor Orestes Harnes Ardaya.

Incluso ha alcanzado a la generación millennial, como ocurrió con los creadores de la página de Facebook Simpson Doblaje Camba, que hace cinco años publicaron un extenso poema titulado El guajojó, una parodia de El Cuervo, de Édgar Allan Poe.

Por otro lado, la música ha rendido homenaje al enigmático pájaro, a través de uno de los más grandes compositores del oriente boliviano: Percy Ávila

“Cuando la lluvia canta un taquirari, entre las hojas de un gran motacú”, dice la primera línea de esta pieza emblemática del cancionero oriental.

“Es poesía pura”, afirma Guísela Santa Cruz. “La letra nos dice que las gotas de agua que rebotan en las hojas del árbol marcan el ritmo del taquirari”, añade la cantante, que manifiesta su orgullo de haber conocido al autor y de haberla grabado en 2015, además ser un tema infaltable en cada una de sus presentaciones.

Años antes, la voz de Gladys Moreno se había encargado de inmortalizar este taquirari, cuyo estribillo dice ‘el guajojó, caminante en pena como yo, lleva mi voz, de guapomó en guapomó”.

Para el escritor Alfredo Rodríguez, la necesidad de identidad nos hace buscar símbolos que nos permitan diferenciarnos de los demás, esto explica que el guajojó se hubiera convertido en un personaje de leyendas e inspirador de cuentos, poemas y canciones.

“Sus características hacen que lo hubiéramos elegido; esa capacidad de mimetizarse, de hacerse confundir con el follaje y el tronco donde se posa. Y el otro elemento, el gorjeo melancólico que lanza, reúne todas las condiciones para que lo individualicemos y construyamos en torno a él un símbolo. Podrían ser otros, podría ser una paraba frente roja, pero, por alguna razón no y gracias al arte le hemos dado más fuerza a esta ave para que nos represente”, asegura Rodríguez.


Guaraní. La leyenda del urutaú habla de un ave con un alarido espantoso



Comentarios