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La música no sólo expresa emociones, sino que las canaliza hacia nuestro interior provocando una sensación de bienestar que reduce el sufrimiento.

Pero también produce efectos beneficiosos en el sistema sensorial, cognitivo y motor (de forma sedante o estimulante), estimula la creatividad, el pensamiento, el leguaje, el aprendizaje y la memoria. Es un estímulo agradable y placentero para el cerebro que ayuda también a la relajación, efecto conocido desde la estimulación incluso dentro del útero materno o etapa prenatal

En esa evidencia se basan los especialistas que trabajan con la musicoterapia, disciplina terapéutica que utiliza la música y sus elementos –armonía, melodía y ritmo– para trabajar aspectos cognitivos, sociales, funcionales de la salud de las personas o psicomotrices.

Entre sus más frecuentes usos en medicina se encuentra el apoyo a las personas con daños neurológicos. Por ejemplo, una persona que ha sufrido un ictus y ha perdido la movilidad de un lado del cuerpo y una alteración en el lenguaje, puede utilizar esta terapia como complemento para rehabilitar la fuerza y la destreza al hablar.

La persona que se dedica a la terapia musical promueve cambios en sus pacientes y es capaz de registrarlos. En la mayoría de las ocasiones tendrá una formación musical y en otras áreas de conocimiento como psicología, educación, pedagogía, medicina.

La aplicación dentro de la geriatría es una de la más extendidas. Uno de sus usos es con las personas que sufren demencia o alzhéimer. A través de canciones que formen parte de la vida de una persona podemos activar el lenguaje y la memoria. Un ejemplo audiovisual reciente es la película animada Coco, en la que en la escena final vemos como la anciana, que le da nombre a la cinta, que ha perdido la capacidad de habla, consigue recordar a su padre gracias a que su bisnieto nieto le canta.

También es una aliada en el tratamiento con niños que sufren el trastorno por déficit de atención e hiperactividad.