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Por Adhemar Manjón

Don Lucho Mejía dijo por teléfono que prefería que la entrevista no fuera en su casa porque tenía una montonera de perros que no permitirían una buena conversación. Y es así, las mascotas apenas perciben los pasos de alguien a través de las rendijas que deja la puerta hacen una bulla tremenda. Mientras los ladridos continúan aparece don Lucho por el otro ingreso de la casa número 36 de una calle sin nombre, ubicada a dos cuadras del sexto anillo de la avenida Santos Dumont. Son diez perros los que posee, cinco suyos y los otros de su hijo menor. “Me gustan mucho los animales”, dice don Lucho dirigiéndose a un parque cercano para charlar mejor.

A sus 84 años, el trompetista nacido en La Paz sigue extrañando tocar como antes de la pandemia. El covid lo ha tenido encerrado gran parte de estos casi dos años desde que empezaron las malas noticias en China. 

A mediados de diciembre del año pasado pudo darse una escapadita musical: en el municipio de La Guardia se organizó un pequeño Festival de Jazz y él fue uno de los invitados. Esa noche desenfundó su trompeta y se unió a otros cuatro músicos, eran Mejía Quintet. “Fue muy bonito tocar de nuevo. El público me reconocía, yo me acercaba y me invitaban whisky, me aplaudían”, recuerda Mejía. 

A la entrevista acude con un sobre manila que contiene el reconocimiento que le entregaron en ese festival. En él dicen que lo homenajean por ser uno de los baluartes del jazz boliviano.

El músico recuerda que cuando cumplió 50 años de carrera su amigo Roque Mendoza (dueño del mítico pub Clapton) organizó un concierto en EL DEBER para celebrar ese medio siglo, en el marco de Espacio Abierto, que organizaba el diario de manera habitual.

Inicios

Lucho Mejía en realidad se llama Luis Moscoso Mejía. Artísticamente utiliza el apellido materno por una historia que dice que guarda en su corazón solo para él. 

Se formó como músico en la Escuela Militar de Música del Ejército Tcnl. Adrián Patiño de La Paz. Ahí ingresó en 1954. Empezó a tocar un instrumento a los 5 años. “Mi padre tocaba de todo, guitarra, zampoña, mandolina, tambor. Tenía un grupo con el que ensayaba en mi casa. Y como yo siempre estaba metido ahí me regaló una mandolina, así empecé a tocar”, dijo Mejía. 


Jazzista por siempre. Con el cuarteto de jazz que hizo con los militares

“Me acuerdo del primer tema que aprendí, se llamaba Verde verbenita. Con un dedito rasgaba. No quise ingresar al Conservatorio de La Paz porque en esa época era bastante ‘cuadrado’ musicalmente. Estaban muy ligados a la música clásica, parece que ahora han ampliado al folclore y otros estilos. Un taquirari no podían tocar”.

En la Escuela Militar de Música estudió bastante, pero su formación final la obtuvo en la calle, dice Mejía. “La experiencia afuera a veces es mejor que el estudio. Como dicen ‘la escuela de la vida es la mejor’”.

Tiempo después, Mejía ingresó a la Fuerza Aérea, estuvo en la banda militar y también tenía un cuarteto de jazz. “Un año, 1967 o 1968, nos invitaron a viajar a Panamá para tocar. Al llegar allá nos topamos con los músicos norteamericanos que estaban tocando en el casino de oficiales. Eran unos músicos increíbles, impresionantes. Después nos tocó a nosotros. Yo había llevado un baterista, un guitarrista, un acordeonista y yo. Tocamos el repertorio de Al Hirt, que estaba de moda en ese tiempo. Terminó nuestra hora de amenizar y toditos los músicos gringos y los oficiales se acercaron a felicitarnos. Yo ahí me he sentido realizado. Feliz de la vida estuve con eso”, menciona Mejía.

El trompetista dijo que hubo varias opciones para seguir su carrera musical afuera del país, pero siempre estaba primero su familia. “Mi esposa siempre incentivó mi carrera musical. Cuando yo no sabía qué hacer, ella me dijo que si me gustaba la música que la estudie. Al otro día que me dijo esto me inscribí en la Escuela Militar de Música”, recuerda Mejía.

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Técnica. “No importan los pulmones. Lo que importa es tener una buena técnica”, dice Mejía.

La trompeta, amiga fiel

“Siempre que uno entra al cuartel lo ponen de guardia y ahí hay que tocar cualquier cosa para despertar a la tropa o lo que sea. Ahí aprendí a tocar la trompeta y me gustó. No pensé que me iba a gustar tanto”. Ha tenido varias trompetas y las que más disfrutó fueron las Vincent Bach y las Serum, esta última americana, que, según Mejía, se ajustan mejor a la técnica que él les imprime. “Para tocar, todo depende de es-to”, dice apuntándose los labios.

Su esposa, Nora Luisa Veintemillas, falleció en 2009. Tiene tres hijos, el menor de ellos quiere seguir sus pasos como músico, aunque Mejía prefiere que no. “No soportaría que lo traten como a un perro. A mí está bien, pero a él no lo aguantaría. Ser músico muchas veces es estar tocando en alguna fiesta y que la persona que te contrata se acerque a preguntarte si está todo bien mientras te da un platito de comida y un vaso de cerveza. Yo no quiero eso para mis hijos”.

Su acercamiento con el jazz se da en 1956. Lo tocó por primera vez en La Paz en un bar que se llamaba Lácteo. Un amigo llamado Víctor Hugo Serrano lo introdujo a estos nuevos sonidos. “El jazz me permitía la libertad de expresión musical. No hay que estar sometido al repertorio, siempre se puede añadir una notita por ahí, aunque claro, hay que saber dónde y cuándo hacerlo”.

Sus trompetistas favoritos, además de Al Hirt son Louis Armstrong y Arturo Sandoval, así como también Ray Anthony. “Un día conocí a un maestro bandeonista, llamado Ezequiel Catacora, era muy bueno. Fuimos a su casa, ahí hemos tocado y nos ha hecho escuchar a Ray Anthony tocando Begin the Beguine. Era una belleza, realmente. Así poco a poco me ha ido agradando el jazz. La curiosidad siempre lo lleva a uno por el camino que quiere tener, porque a veces uno se queda estático y no hace nada”, menciona Mejía.

De Miles Davis reconoce que es muy bueno pero que era muy “jazz free”. “Quizás lo bueno hubiera sido vivir en Estados Unidos para comprender lo que hacía. Porque hay música que hay que entenderla. Miles Davis tocaba free jazz, cool jazz, pero no era el tradicional. A mí me gustaba más el tradicional, que tiene una melodía definida para ir deshilachándola. Eso me gustaba, me gusta y me sigue gustando”.

Jazz en Bolivia

De Bolivia, Mejía recuerda sus tocadas con otro referente del jazz boliviano, el pianista Johnny González y el saxofonista yugoslavo Drazen Stahuljak, que también tocaba el piano y el clarinete. Stahuljak tenía un bar de jazz en Cochabamba y tocó con Mejía bastante tiempo mientras el trompetista residía allí.




Amistad. Mejía tocando en Cochabamba con su gran amigo, el yugoslavo Drazen Stahuljak.

Mejía también destaca a otro pianista, René Calderón, con él y otros dos músicos más Dobbs Hartshorne (contrabajo) y John Fischer (batería) conformaron el conjunto The Tiahuanacu Brass y grabaron un único disco en 1969.

Mejía dice que ya no ensaya todos los días, lo vence la flojera. Solamente lo hace cuando va a tocar en alguna parte, ahí sí lo agarra la ansiedad y se pone a practicar. Pero sí se la pasa viendo bastante videos en YouTube, le gusta ver a sus músicos admirados tocando en vivo. Está con la música todos los días.

De los conciertos que más recuerda están los que dio con la Orquesta Sinfónica Nacional, en los 70. El director era un norteamericano de nombre Gerald Brown, quien lo vio una noche en un bar de nombre La Chozita y lo invitó a participar por un tiempo como solista invitado en un concierto para trompetas titulado Holiday trumpet. “Yo ganaba el doble de los músicos de la orquesta. Además, fue una linda experiencia porque aprendí mucho sobre la técnica y la lectura musical”.

A Santa Cruz llegó en 1995, desde entonces no ha vuelto a su ciudad natal, La Paz, porque tiene problemas de corazón. Mejía dice que siempre recuerda su casa que quedaba cerca del mercado Lanza. Son 27 años sin poder volver.




En Santa Cruz formó parte del reconocido grupo Los Daltons, donde tocaba música más popular.


En Santa Cruz también ha hecho grandes amigos, con los que ha compartido bastante. Recuerda su temporada como integrante de Los Daltons, también tocando con el grupo Fly, o las noches en el Festijazz cruceño. Hace unos años organizaron otra banda que se llamaba Pterodixie. También llegó a tocar en la Mansión, en un grupo de música cristiana. Nunca había tocado este estilo de música y al comienzo le costó, hasta que el oído se fue ajustando. “Toqué ahí cuando me fui acercando más a Dios”, dice Mejía.



Con la banda Pterodixie tocando en el desaparecido café Lorca

“Hace falta un movimiento de jazz en Santa Cruz. Hace falta una persona que se haga cargo de organizar esta movida. También hace falta que los músicos nos organicemos más para cuidarnos. Durante la pandemia han muerto muchos músicos o se enfermaron otros y no había cómo ayudarlos económicamente”, dice Mejía, que ha superado estos dos años del virus casi encerrado totalmente y sin contagiarse.

También dice que no se ha hecho vacunar, desconfía de las vacunas. “A mi edad no puedo meterme cualquier cosa en el cuerpo”, señala.

Cuando se le pregunta qué le ha dejado la música en estos años, Mejía responde rápido: “Todavía no me ha dejado nada, yo sigo tras de ella”. Para él la música solo ha sido satisfacciones. “Siempre he sido un bohemio. Siempre he estado con mi trompetita de aquí para allá tocando donde me llamaban. Esa es la vida del músico”.

“La música siempre ha sido y será mi vida. El rato que deje de tocar significa que ya estoy con los pies en la tumba”, recalca Mejía.

“Hay grupos que quizás por la edad ya no me querrán contratar, pero yo voy a seguir tocando. Que no me contraten es como que me estén enterrando en vida.

Pero yo todavía no puedo arrodillarme y rogarles. Yo mientras pueda ir a tocar voy a seguir”, dice Mejía y recuerda una vez más la noche de diciembre pasado en La Guardia, menciona que todos los grupos estuvieron bien y la jam session del final fue memorable.

“Incluso charlamos entre los músicos para que haya más unión y darle vida al jazz en Santa Cruz”, recapitula nostálgico Mejía.




 









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