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Luego de más de tres décadas de su trágica muerte, Noel Kempff Mercado sigue presente en la vida de los cruceños. Es como si no se hubiese ido. Basta contemplar los tajibos en flor en las vías públicas y plazas para recordar que muchos de esos árboles están allí gracias al plan de arborización que inició en la década de los 80. Otro ejemplo es ver las largas colas que cada fin de semana cientos de personas hacen para ingresar al zoológico municipal que él creó y dirigió, así como el jardín botánico que muestra gran parte de nuestra flora regional.

Sin embargo, ahora que museos, parques y avenidas llevan su nombre, todavía se conoce solo una parte del gran legado que dejó. Un hombre, que en palabras del prestigioso biólogo español Javier Castroviejo fue “un adelantado a su tiempo. Un gran visionario de la naturaleza”.





Académico. Hablando en la Academia Nacional de Ciencias de
Bolivia. Fue el primer autodidacta en ser admitido, como
miembro de número.

Noel Kempff Mercado nació el 27 de febrero de 1924 en Santa Cruz de la Sierra. Era hijo del médico alemán Francisco Kempff y de la cruceña Luisa Mercado. Tuvo cuatro hermanos, Rolando, Manfredo, Enrique y Nelly. Se casó con María Eddy Saucedo Justiniano y fue padre de Francisco Noel, Ana Bely, María Leny, Selva Lorena y Tania Isabel.

Quienes lo conocieron coinciden en destacar su carácter sencillo, su honestidad, pero sobre todo, su espíritu curioso que lo llevó a profundizar en la flora y la fauna del oriente boliviano y a encarar otras investigaciones que lo convirtieron en el referente obligatorio de científicos nacionales y extranjeros.

“Era un hombre ordenado y metódico. En investigación no se puede ser serio si no se hace notas y se es ordenado y él siempre iba apuntando las cosas. Era una persona extraordinaria de la cual no nacen muchas, porque unía a su sencillez su conocimiento, su disposición de ayudar, su capacidad de trabajo, su organización y su visión estratégica del futuro. La prueba es lo que dejó”, contó Castroviejo en 2011 a EL DEBER.

Casi desconocido es que sus primeras publicaciones fueron de Geología. Una de ellas está dedicada a los yacimientos de mica en San Pedro, de la provincia Ñuflo de Chávez, y otra acerca de las características geológicas de Santa Ana de Velasco.

Tiempo después (en los años 50) incursionó en la apicultura y se fue a vivir al campo. Algo poco convencional para una persona que había estudiado Contaduría, pero nada extraño para sus amigos y familiares, que conocían su interés en los bosques y la zona rural, que él tenía desde niño.

Tiempo después Kempff terminó impartiendo las cátedras de apicultura, horticultura y jardinería en la Escuela de Agronomía de la capital cruceña. Durante siete años ayudó a formar una nueva generación de agrónomos.

A la par, el naturalista empezó a publicar artículos de sus investigaciones acerca de las abejas. Desde la extracción de miel hasta trabajos realizados con abejas silvestres. Cerca de una treintena de artículos dedicó a este tema durante más de dos décadas.

La semilla del explorador científico ya había germinado en él y empezó a viajar por el territorio nacional buscando nuevas especies de flora y fauna e interesándose en la vida silvestre de todo el país. Resultado de esas indagaciones fueron libros sobre Los ofidios de Bolivia, La flora amazónica de Bolivia y el de Aves de Bolivia, entre otros estudios, como el ‘mapa’ de las principales especies de peces del departamento.

En 1965 fue nombrado proyectista y director del Jardín Botánico de Santa Cruz, actividad a la que dedico mucho tiempo y esfuerzo.

Luego de la destrucción del primer jardín botánico en la riada de 1983, el investigador se dedicó a conseguir los terrenos y proyección de uno nuevo. No descansó en ese empeño hasta que se pudo concretar la iniciativa y hoy la ciudad cuenta con un jardín botánico camino a Cotoca.

A él también se debe la arborización de las principales calles de la ciudad, ya que fue nombrado director de Parques y Jardines por la municipalidad y en su gestión se plantaron tajibos, toborochis, jacarandá y otras especies que han permitido a la capital cruceña tener árboles floridos todo el año.

Más conocido fue su papel en la creación y dirección del zoológico cruceño. En su tiempo fue considerado por los especialistas como uno de los mejores y más completos de fauna sudamericana.

El prestigio que había ganado hizo que en 1985 la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia lo nombrara miembro de número. Incansable, como era, dedicó esfuerzos a gestionar la creación de los parques Amboró y Caparuch; este último hoy lleva su nombre y lo pensó como un proyecto binacional entre Bolivia y Brasil, para lo que estableció contactos con el doctor en botánica Paulo Windisch.

Con más de 60 años seguía teniendo el mismo afán investigativo de joven y en cada viaje grababa los sonidos de aves y otros animales de la selva que con su magnetófono se dedicaba a recolectar. “Se levantaba a las 4:00 y a las 5:00 ya estaba dentro de la selva identificando las voces de las aves, los ruidos de los animales o mirando las huellas que ellos dejaban”, contó años atrás el documentalista Rubén Poma, que lo acompañó en varias de sus expediciones por la geografía cruceña.


Juventud. Todavía con el pelo oscuro, pero con sus clásicos lentes grandes, mientras analiza algo con el microscopio.


Recuerdo. Una de sus últimas fotos en el parque que hoy lleva su nombre. 

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