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Basta con visitar cuatro fiestas de fin de año de distintos grupos generacionales para darse cuenta de quién ‘sabe’ -o no- beber.

A medianoche, los adultos aún permanecen con todos sus sentidos, mientras que en los eventos de quinceañeros (exclusivamente), ya se cuentan algunas ‘bajas’, sobre todo en el grupo femenino.

Probablemente el meollo de la cuestión no debería ser ‘saber’ beber o no. Quizás la pregunta adecuada sea ¿por qué es necesario saber?

“Los padres creen que invitando a los hijos alcohol en casa tienen una forma de protegerlos para que no consuman afuera y para que conozcan sus propios límites, pero no hay un estudio científico serio que demuestre que esta forma de trabajar sea realmente una prevención. Nada prueba que los chicos que han bebido en casa con los padres no tengan luego dificultades con el alcohol.

Esta situación se da, sobre todo, en la adolescencia, cuando los chicos están explorando y el círculo social se hace su centro de atención, están en una búsqueda de identidad, es normal que prueben, que tengan diferentes conductas de riesgo, entre ellas tomar alcohol”, explica la sicóloga familiar Andrea Doffigny Velarde, sobre las razones de algunos padres para compartir momentos ‘alcohólicos’ con sus descendientes.

Según ella, con esta medida, los padres apelan a que tienen una relación de confianza y a que si sus hijos beben les van a contar. “Pero no es una forma de prevención, sino de arriesgar a los hijos.

Ni las probaditas, ni beber juntos, nada de eso sirve; de alguna forma más bien se está propiciando el consumo, pues legalmente sabemos que menores de 18 años no deberían tomar alcohol. Los padres tenemos que funcionar como agentes que informamos a nuestros hijos, los sostenemos emocionalmente y los protegemos, pero no como amigos.

Debemos tener la confianza de ser claros, de que entiendan nuestro amor y respeto incondicional, pero de eso a beber juntos para tener una relación de mayor confianza, no funciona. Hay un límite que estamos rompiendo, incluso estamos cayendo en algo ilegal, que es dar bebidas alcohólicas a un menor de edad. Desde la sicología y cómo debemos enfocar el tema como padres, está desaconsejado”, asevera.

La sicóloga clínica Centa Rek coincide, “cuando los padres se ponen a beber con sus hijos es una manera de inducirlos al consumo y una demostración de falta de control de parte del progenitor.

Es como no tener un marco de referencia, no entender el papel y el rol tan importante de la paternidad, que exige formación y actitudes maduras. Un padre no es un compinche de vicios, sino un referente de valores. El beber en exceso muestra debilidad y falta de control. Se puede compartir, por supuesto, pero sin excesos. Por último, la amistad no se mide en compartir bebidas alcohólicas en exceso, este no es el nivel de amistad que necesitan para afirmar su relación, ni siquiera para desinhibirse”.

Para Doffigny, el ser humano aprende por observación e imitación y cree que, en la medida que los chicos aprenden en la misma familia el consumo de bebidas alcohólicas, van normalizando esa situación, “no solo beber, sino el exceso; incluso se ha llegado a decir que es un tema cultural porque en toda reunión social, churrasco, ‘frater’, hay trago.

Sin ir lejos, en Santa Cruz tenemos las famosas ‘confras’, no se pide carnet y hay acceso de menores al alcohol. Los chicos están expuestos al modelo, al ejemplo, normalizan esa conducta y la internalizan, entonces es probable que la usen para los mismos fines que los padres, y que sin alcohol la reunión no les resulte tan buena y placentera. En los chicos no funciona eso de tenés que hacer o no esto, sino la coherencia sostenida del discurso y de la acción”, enfatiza.

Salud y alcohol

Según datos de la Encuesta Global de Salud de Estudiantes basada en Escuelas (EGSE) para evaluar la prevalencia del consumo de alcohol, la frecuencia de embriaguez en la vida y los problemas relacionados con el alcohol, y las fuentes de compra de 2017, el consumo de alcohol fue considerado responsable de 3,2 millones de muertes en todo el mundo y fue la cuarta causa mayor de años de vida perdidos, ajustados por discapacidad (después del consumo de tabaco, la hipertensión y el bajo peso al nacer).

“La adolescencia es un periodo vulnerable en relación con la adopción de comportamientos dañinos, incluyendo el consumo de alcohol, los comportamientos de riesgo sexual, la inactividad física, la lucha física, la dieta poco saludable y el consumo de tabaco”, agrega la investigación.

Según EGSE, beber alcohol a temprana edad tiene efectos perjudiciales sobre la salud física y mental, por ejemplo, la intoxicación por alcohol, los accidentes de vehículos motorizados, la violencia y el suicidio; asimismo, es una de las principales causas de muerte en este rango de edad. Beber durante la infancia también aumenta el riesgo del uso nocivo del alcohol en la adultez.

El consumo de bebidas etílicas está asociado con varios problemas.

“Los adolescentes que se han embriagado al menos una vez en su vida tienen un mayor riesgo de trastornos sicológicos. Aunque el consumo total de alcohol a nivel de la población está disminuyendo en algunos países, entre los adolescentes sigue siendo un importante inconveniente porque a menudo ven el consumo, incluida la embriaguez, como un rito para la transición a la adultez”, dice el estudio realizado en países de ingresos bajos y medios.

Recomendaciones

Si el objetivo de los progenitores es prevenir, Doffigny considera que lo ideal es, en vez de inducir a experimentar, mostrar que está mal consumir bebidas alcohólicas, “no deja de ser una droga legal, y lamentablemente el alcohol es una de las adicciones con mayor número de casos a escala mundial y latinoamericana. Incluso preadolescentes ya están consumiendo con el aval de los padres.

Ella dice que la imagen de un progenitor con alcohol en la mano es la que se graba en la mente del o de la hija.

“Desde los nueve años ya podríamos hablar del alcohol, aunque ellos desde más pequeños ya preguntan, y tendríamos que ser honestos, decir que es un consumo de riesgo, una sustancia nociva para el cuerpo. No dejemos todo a la escuela. No sirve solamente decir no, hay una incoherencia entre la acción y el discurso de que las bebidas alcohólicas son dañinas”, cuestiona.

Doffigny dice que si los padres realmente quieren proteger a sus hijos de los riesgos del alcohol, tendrían que primero fomentar una relación de confianza desde que son bebés, siendo respetuosos con sus necesidades, miedos y dudas, evitando amenazas, para que los hijos no mientan para evitar un castigo.

“Hay que ser ejemplo de que hacemos las cosas bien; y no negociar, menos con niños y adolescentes. Esas son pautas importantes para realmente prevenir. Es importante trabajar mucho en cómo se ven los hijos a sí mismos, en la autoconfianza, para que la presión del entorno social no los empuje a consumir alcohol solo por pertenecer o por identidad, para que tengan la suficiente confianza de decir no y de acudir a los padres”, aconseja.

 

2. La embriaguez. Los chicos a veces la ven como un rito de transición a la adultez
3. Sin excesos. El alcohol es una droga legal, como el tabaco
4. Confianza. Es la receta para prevenir todos los males, entre ellos los vicios

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