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Por: Adhemar Manjón

En Santa Cruz uno camina a diario por las calles y se encuentra con animales solitarios, deambulando o buscando restos de comida en algún basurero o también uno puede enfrentarse a imágenes más tristes, como un gato malherido, un perro enfermo o una tortuga con el caparazón partido. Ante esta situación algunas personas siguen su camino, otras buscan colocarlos en algún refugio, pero también hay otras que deciden llevarlos a sus casas y darles una nueva oportunidad de vida con ellas.

Historias felices

Danitza Urquidi tiene como compañeros a Wilson y a Soldadín. Wilson es una tortuga que tiene aproximadamente 10 años. Su hermana la encontró en la calle hace dos años y creyó que ella podría darle un buen trato. Wilson tenía el caparazón roto porque alguien la había golpeado. “Ahora tiene una cicatriz en esa parte, pero está súperbien. Es una tortuga muy sociable, le encanta la gente”, cuenta Danitza.

A Soldadín se lo encontró un día que iba manejando. Danitza divisó algo que se movía dentro de una caja de cartón y, efectivamente, era un gato. En un momento pensó solamente ponerlo a buen recaudo en la acera, pero lo recogió. “Al alzarlo vi que tenía un ojo fuera de la cavidad. Era un gato bebé. Se me partió el corazón porque sabía que estaba sufriendo”, relata Danitza.

Lo llevó al veterinario, estaba muy débil, pero resistió. “Cuando lo llevé a mi casa, mi esposo me dijo que nos lo quedemos, porque era un gato tan feo que pensamos que nadie lo iba a querer adoptar. Pero ahora es un gato bellísimo”, señala Danitza.

Alfredo Ruiz tiene en su pequeña hija María Victoria a una protectora de animales. Ambos tienen en Blacky a una perrita que los conquistó desde el primer momento. “Yo estaba manejando cerca de la medianoche. La perrita estaba tirada en medio de una avenida. La puse a un lado de la acera, pero no se podía parar. Decidí llevarla a mi casa y al día siguiente ir al veterinario. Le inmovilizaron la cadera hasta que se recuperó”, dice Alfredo.

Después de eso llevó a Blacky a su quinta, porque necesitaba más espacio para que moverse y recuperarse mejor. “Ahora es feliz correteando jausis y pajaritos”, señala Alfredo.

También tienen una gatita llamada Katrina, la única sobreviviente de una camada que fue devorada por un perro. “La dueña de la casa la encontró llorando en un pequeño hoyo donde se había escondido. Se la dio a mi hermana que es veterinaria, ella la curó y la puso en adopción, pero María Victoria ya se había encariñado con ella y nos dijo que la gatita no se podía ir de nuestra casa”, cuenta Alfredo.

Tania Castillo tiene tres gatos que la acompañan desde hace varios años. Al primero de ellos, Bambú, lo adoptó en 2016 del refugio Catfe que apostaba a ser un café donde las personas puedan ver a los animalitos para rescatar. La dueña del lugar se llama Cenit Paniagua y recogía animalitos de la calle. “La otra es Chavela que la rescató mi novio de un lote baldío. Tenía una herida en su cadera. Estuvo durante mucho tiempo con un collar isabelino para que no se lama. Su cola quedó inmovilizada. No la puede mover. Luego tuvo una infección y debió ser sometida de emergencia a una operación en la que le extrajeron el útero. Ahora está muy bien. Es la más sana de todas”, menciona Tania. “No estaba en mis planes adoptar a Bambú. Cuando fui al refugio había elegido a una gatita vieja. Pero cuando estaba saliendo de allí vi a un gatito escondido, aislado del resto, temeroso. Pregunté qué pasaba con él. Me dijeron que había perdido una patita trasera y que los demás gatos le hacían bullying. Entonces decidí cambiar de compañera”, recuerda Tania.

“El otro gato lo adoptamos este año. Se llama Cuajinais, alias Tilín. Mi novio encontró un anuncio en Facebook donde un usuario decía que tenía este gatito de la calle y que no lo podía mantener en su casa porque le faltaban los recursos. Este gatito era pequeño. Tuvimos que hacerlo ver también con el veterinario, tenía serios problemas de salud. Hoy está bien. Es tremendo en la casa”.




Familia. Tania Castillo y Bambú.

Un gato atleta

Cecilia Montalván tiene un par de gatitos de nombre Tokio y Merlín, pero quizás el más mimado por ella es Tokio. “La cuarentena por el covid fue mucho más llevadera por la presencia de los ‘michis’”, afirma Cecilia. “Yo vivía con Merlín, con el que ya estábamos súperhabituados. 

Este año, mi amiga Sarah González me informó que se había rescatado un gatito del mercado La Ramada con una patita totalmente fracturada. Lo llevamos a la veterinaria y el gato mordió a tres personas de ese centro. La patita lamentablemente no se la pudieron salvar y se la amputaron. Después de eso me la entregaron, porque en las clínicas los animales se deprimen”, cuenta Cecilia.

Una vez en su departamento, Cecilia recordaba a su abuela, que también había perdido una de sus extremidades. “No cabe duda que conectamos tan bien con Tokio que se quedó en mi casa y en mi corazón y está en mi vida. Lo llamé Tokio por las olimpiadas de este año, ya que es un gato que sube por las barandas del balcón, saltaba, trepaba. Mucho más que mi otro gato. Era un gato atleta”, sonríe Cecilia.

En medio tuvieron un susto, cuando el muñón que quedó de la amputación se empezó a abrir y la veterinaria le dijo que habría que cortar una parte de la pata de nuevo, pero afortunadamente no se tuvo que llegar a esa situación.

Cecilia dice que es importante proteger y promover una cultura de respeto a la vida de la fauna. “Cada vez soy más consciente del sufrimiento de los animales, por ello intento ser coherente con el estilo de vida y el consumo de productos o alimentos que tienen origen animal”, comenta Cecilia.





Miembros de la casa. Amilkar de Oliveira, esposo de María
Inés, con la perra Débora y la gata Nieves.

María Inés Guardia recuerda a Débora como una perra gruñona que ladraba a todo el mundo. A su marido estuvo a punto de morderlo varias veces. Pertenecía a unos vecinos, pero ellos no la cuidaban mucho. “Un día le di un pan para que coma y nos hicimos amigas. Otra vez le di alimento balanceado. Pero recién me la lleve a mi casa cuando tuvo cachorritos. La vi en la calle y tenía una herida en sus órganos genitales, una infección con pus. Además, tenía otra en la cabeza por la que sangraba mucho. Eso fue hace dos años, la hicimos operar de urgencia y desde entonces se quedó con nosotros”, recuerda María Inés, que también cuenta cómo los vecinos la tildaban de loca por adoptar a una perra que siempre estaba tan enojada y amenazante. “Pero lo único que necesitaba Débora era amor”, comenta María Inés.



Amigos. Ma. Victoria Ruiz con Katrina.



A su gata Nieves la encontró en un lote baldío hace seis años. A Nieves la veían pasar todos los días con sobras de comida, cuando fueron a verificar qué hacía con ellas vieron que intentaba alimentar a sus tres gatitos que estaban muertos. “Nos hicimos amigas por dos semanas hasta que desapareció. No volví a saber de ella hasta siete meses después, cuando supe que estaba en casa de un vecino. Fui a verla y noté que estaba bien cuidada. Me fui a mi casa y a las dos horas Nieves estaba en mi puerta. La devolví varias veces y siempre volvía. Hasta que nos la quedamos. La gatita me escogió a mí”, dice María Inés.

Iveth Flores es una reconocida animalista de la ciudad. Su casa está llena de animales callejeros a las que ella les da refugio. Iveth tiene un montón de historias sobre sus tantas mascotas. Cuenta en más de 200 los perros que ha rescatado desde que se dedica a esto, y de los gatos dobla el número. “Por año recojo cinco o seis gatas con sus crías, algunas tienen hasta seis crías”, menciona Iveth.

Tiene recuerdos gratos con estos animales, pero también tristes, como el caso de una perrita que recogió inválida y que cuidó como si fuera un bebé. Tenía fe de que se recuperara, pero con el tiempo empeoró y falleció. Ese fue un día doloroso. Pero también ha tenido la alegría de ver gatos y perros sobrevivir y la acompañan hasta ahora.

Iveth dice que a ella la conocen como abogada animalista por su lucha para que haya más leyes que protejan a estos seres. También tiene el refugio Vida, donde les da protección. “Soy presidenta de la Fuerza Nacional Animalista de Bolivia y me conocen como la ‘abogada de los animalitos’”, recalca Iveth.


Animalista. Iveth Flores en su casa

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