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Estaba marcado en el calendario, 6 de julio: Pamplona, San Fermín. La cita ya estaba señalada mucho antes de concretar el billete de avión. En el equipaje, la ropa blanca aguardaba su momento festivo mientras la memoria ya recordaba la sinfonía sanferminera: “Porque llegaron las fiestas/de esta gloriosa ciudad/que son en el mundo entero/una fiesta sin igual”.

El ‘aroma’ de fiesta y alegría se sentía en el andén 1 de la estación de Atocha (Madrid). El retraso del tren provocaba cierto nerviosismo que trataba de controlar la recepcionista de información. Con esa voz casi metálica de altavoz público recordaba que “el tren proveniente de Pamplona llegaría con un retraso de 20 minutos sobre el horario previsto”.

La inquietud se refleja en pequeños pasitos y movimientos nerviosos, muy similares a los que realizan los corredores en los instantes previos a enfrentarse a los toros.

Al igual que el encierro, la llegada del tren produjo las primeras carreras apuradas para posicionarse en la fila y subir, de primeros. “¡Por fin en camino!” resoplaban los más impacientes mientras brindaban sus primeras cervezas en el bar del tren, repleto ya, en una mixtura de acentos e idiomas que revelaba la universalidad de la fiesta pamplónica.

El mejor publicista

Ernest Hemingway, el premio nobel de literatura, también llegó a Pamplona, en 1923, por la misma estación de tren. Y desde sus andenes, levantando ligeramente la mirada, pudo observar las murallas de la parte vieja de la ciudad, corazón de la fiesta.

El escritor norteamericano repitió en numerosas ocasiones la visita a San Fermín y gracias a su libro Fiesta (1926) tentó a sus lectores con las historias de valentía frente a los toros, noches eternas de música bailable y sobremesas de opulenta comida y charlas inagotables.

La narrativa de Hemingway atrajo hacia Pamplona visitantes de todas partes del mundo, especialmente norteamericanos y australianos, convirtiendo a los Sanfermines en una de las principales fiestas mundiales. Autoridades locales cuantifican que la ciudad multiplica por seis veces su población durante estos días, una afluencia masiva que obliga al municipio a tratar de normar algunos aspectos de la fiesta.

Avalancha de visitantes

Una marea blanca y roja inunda la plaza del Ayuntamiento y las calles aledañas. Los pamplónicos no comprenden cómo puede entrar tanta gente en la plaza que, a diario, es una tranquila plaza de paso. Falta una hora para el ‘chupinazo’, el anuncio oficial de unas fiestas que ya se sintieron desde la anterior noche. El sol matinal se suma a la fiesta con su alegría vital. Un cielo despejado anima a la gente para salir a las calles y, ocupando calzadas, improvisar mesas para el ‘hamaiketako’, un parón a las 11 de la mañana (hamaika en vasco), que permite disfrutar algunos platos típicos de la región y recargar las últimas energías para un día sin igual.

Pañuelo rojo en alto, aguardamos los últimos instantes para el arranque sanferminero. La explosión del ‘chupinazo’, el cohete anunciador de la fiesta, se replica con una onda expansiva que nace desde el corazón de la ciudad. ¡Viva San Fermín! gritan unos, ¡Gora San Fermín! entonan los otros; y, mientras el vino y la sangría vuela libremente, los pañuelicos rojos se anudan en los cuellos completando la vestimenta ‘oficial’ del pamplónico.

No hace falta más. Las calles repletas de una multitud multilingüe comparten cervezas y vinos. Los más osados se atreven a brindar con champán, aún a sabiendas de que la tarde se alargará hasta que el sol vuelva a iluminar las calles del casco viejo, mientras se aguarda la mítica carrera de los astados.

La comida y la bebida son dos infaltables de la fiesta. Ya lo sabía Hemingway, ya lo narraba en Fiesta. El pistoletazo iniciador de la celebración está acompañado de una vorágine musical que inunda la ciudad. Txarrangas, Txistularis y acordeones recorren las calles mientras comparten un pintxo (tapa) de txistorra (chorizo seco que se sirve frito), a cambio de unos acordes que animan el cuerpo y llegan al alma. La milenaria ciudad de Pamplona cambia su fisonomía por nueve días. La locura se apodera de sus tranquilas calles al son de la música y el aroma a vino.

Efecto La Manada

La ciudad se fundó en el año 74 a.c. por el general romano Pompeyo, de ahí el nombre Pamplona.

Durante la Edad Media recibió a la nobleza de los vascones y se consolidó como capital del Reino de Navarra, hasta su anexión al Reino de España, conservando sus propios fueros y respetando una identidad propia que se sintió amenazada con el escándalo mundial de La manada, durante los Sanfermines de 2016.

La violación masiva a una chica, amparados los autores en la jarana de una noche sin fin, resquebrajó los relatos de Hemingway y mostró el lado más oscuro que envuelve la fiesta. La imagen de una ciudad sin ley, violenta y agresiva acompañó los mensajes que recomendaban no acudir a Pamplona.

Los pamplónicos sintieron vergüenza propia. Una cornada de un toro no causa tanto dolor como el daño ocasionado por La manada.

Pamplona, Navarra, ha sido siempre una tierra solidaria y abierta a los invitados. Acogía cada año al amigo Ernest, como se recibe cada San Fermín a miles de visitantes con ganas de disfrutar la vida.

Al igual que una cornada requiere su cura, Pamplona también ha sabido sanar esa herida. El municipio y la ciudadanía toda han impulsado una campaña de información y concientización para evitar nuevas agresiones.

En una caseta ubicada en la Plaza del Castillo, la unión entre la vieja ciudad de los burgos y la nueva Pamplona de los ensanches, se explica cómo todos deben estar vigilantes ante cualquier tipo de abuso sexual. “Pamplona libre de agresiones sexistas”, expresa el sentir de una población que no está dispuesta a teñirse de machismo o acoso. En diversas partes de la ciudad, una mano firme, grande, roja (como el color de la fiesta), recuerda a todos los visitantes que no es no.

El encierro

La única muestra de valentía que es aceptada en estos días es la de los mozos que se ponen delante de los toros para el famoso encierro. Una carrera corta, apenas sobrepasa los 800 metros que conducen a los astados desde el corralillo hasta la plaza de toros.

Hace años ya que las mujeres también pueden formar parte de estos valientes que, cada mañana, citarán a los toros para completar su recorrido.

El encierro sintetiza la identidad propia de los navarros, amantes de sus tradiciones con un sentimiento que roza lo espiritual.

La feria de San Fermín nace como una feria ganadera donde se comerciaba todo tipo de animales domésticos. Hoy, la feria está especializada en el comercio de ganado equino y congrega a criadores de gran parte de España, Francia e Italia. Antes, cuando la feria tenía un sentido más regionalizado, los ganaderos introducían su ganado a la ciudad por la noche, siguiendo la misma ruta por la que hoy los toros muestran su bravío.

“A San Fermín pedimos/por ser nuestro patrón/nos guíe en el encierro/dándonos su bendición”. Los mozos piden la protección del santo por tres veces antes de iniciar la carrera. Muchos de ellos cuentan con un periódico enrollado en mano para hacer el quite y lograr que el toro siga su camino, sin centrarse en ellos.

Fiesta for export

La internacionalización de la fiesta ha masificado el encierro, reuniendo hasta un millón de personas que llegan de todas partes del mundo.

Cada mañana se estima que entre 2.000 y 3.000 personas ocupan el recorrido. Muchos de ellos huyen de los toros nada más escuchar el primer cohete. Solo los valientes aguantan la tensión, mientras los seis morlacos arrollan con su imponente velocidad todo lo que se encuentran por delante. Y cuando se encuentran, mozos y toros sincronizan una carrera hermosa de fuerza y valor.

El santo y su ‘capotico’ se hacen presentes en cada encierro, ocho en total, para evitar heridos y cornadas. Gracias a esa ayuda, confiesan los 300 sanitarios que permanecen alerta durante el encierro, la mayoría de las atenciones se deben a golpes y caídas, fruto de la gran cantidad de gente que se junta en el recorrido.

La religiosidad es una constante en San Fermín. La capilla de San Lorenzo recibe cada día a los fieles que visitan la reliquia del santo moreno.

De manera singular, la ofrenda floral que los niños realizan en su día, un programa festivo dedicado en exclusiva a los menores, rebasa el templo y obliga a trasladar el altar a la calle. Miles de niños acuden este día acompañados por la comparsa de gigantes y cabezudos para visitar al santo y pedir por un futuro prometedor para la ciudad.

La fiesta es larga y no hay cuerpo que aguante los nueve interminables días. Pamplona debe recuperar su calma natural. Y lo hará a su manera. Son las 12 de la noche del 14 de julio, la fiesta languidece por el cansancio de tantos días. Aún quedan fuerzas para retornar a la plaza del ayuntamiento, la misma donde arrancó la fiesta, y entonar Pobre de mí, un cántico de despedida para una fiesta memorable que perdurará todo el año en la memoria de los visitantes.

El pañuelo rojo, el mismo que se anudó al cuello con el ‘chupinazo’, se desata lentamente con el fin de la fiesta. Queda un último acto que no está anotado en el programa, pero forma parte de esas enraizadas tradiciones navarras. La última visita al santo para ofrendarle el pañuelo atándolo en la puerta de San Lorenzo.

Ahora sí, toca descansar.

Animalistas. Cada año protestan contra la tauromaquia en la capital navarra, en la víspera de la celebración de San Fermín
El encierro es uno de los momentos más esperados por los visitantes

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