En el noroeste de España. El Camino a Santiago de Compostela ha sido durante siglos el destino de millones de peregrinos de todas partes del mundo y de toda fe religiosa. La leyenda dice que ahí está enterrado el apóstol Santiago

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28 de enero de 2019, 19:08 PM
28 de enero de 2019, 19:08 PM

Santiago de Compostela se encuentra en la comunidad autónoma de Galicia, a 610 kilómetros al noroeste de Madrid. La ciudad fue fundada en un lugar donde los habitantes de la zona vieron caer estrellas, por eso viene su segundo nombre, Compostela, el campo de las estrellas.

Como centro de peregrinaje, Santiago de Compostela tiene varios puntos de acceso. El más famoso es el camino francés, que parte desde la frontera con Francia en los Pirineos, pasa por Pamplona, y sigue en sentido este-oeste por 780 kilómetros. Hacer el camino francés -a pie- toma aproximadamente cuatro semanas.

El segundo recorrido más transitado es el camino portugués, que tiene diferentes puntos de partida. Desde Oporto, en la costa portuguesa, el tramo tiene 240 kilómetros, va en sentido sur-norte y toma 12 días caminando. Hay una versión más corta, que parte desde la misma frontera de Portugal y va también en sentido sur-norte, tiene 120 kilómetros y toma seis días caminarla.

Hay otras rutas que también son usadas, como el camino del norte, que bordea la costa cantábrica pasando por Bilbao; el camino de la plata, que parte desde Sevilla; o el camino que parte desde Madrid.

Yo hice el camino portugués desde la frontera de Portugal tres veces, en tres años consecutivos, de 2016 a 2018. Cada vez tuve experiencias y sensaciones diferentes, que comparto brevemente.

Viaje número uno

La primera travesía la hice en abril de 2016 con un amigo, de vacaciones. Empezamos como turistas… y terminamos como turistas. Bebimos buen vino, comimos jamón serrano, nos tomamos selfies y tuvimos buenas conversaciones. Además, hicimos ejercicio.

Uno de los encuentros memorables que tuvimos fue con una señora holandesa de 65 años. Ella nos dijo que, a pesar de que le dolía la rodilla por su sobrepeso, estaba feliz de hacer el Camino porque le habían diagnosticado un cáncer terminal. Era su manera de despedirse. También nos contó que unos años atrás hizo el camino en bicicleta desde Amsterdam con su esposo, recorriendo 2000 kilómetros.

Después del viaje, cuando regresé a casa, me di cuenta de que algo faltaba. No podía ser que retorne de un viaje de peregrinación igual que de cualquier otra vacación. Sabía que había algo más, pero no estaba seguro de qué era. Así que me propuse ir otra vez al año siguiente.

Segunda travesía

Esta vez llevé a un grupo de clientes de Magri Turismo en mi rol de tour conductor. Como ya había hecho toda la parte turística en el primer viaje, decidí esta vez ir más despacio y disfrutar de lo que veía a mi alrededor. Como todo el camino está señalado con flechas amarillas, indiqué a la gente del grupo que las siga, les di un par de instrucciones más, y cada uno se fue por su lado.

Aquí es donde empecé a sentir algo diferente. El hecho de andar solo por senderos rodeado de bosques hace que tengas más tiempo para ti mismo. Me di cuenta de que caminar siempre con la misma persona (como fue el primer viaje), de alguna manera bloquea la posibilidad de oírse uno mismo. Me sentí ligero de espíritu.

Empecé a tener conversaciones maravillosas con gente que veía en la ruta, españoles y extranjeros. El hecho de saber hablar inglés ayuda muchísimo, por supuesto. Una de las bellezas del trayecto es que todos están con la misma predisposición de tener buena vibra, de abrir el corazón hacia los demás, y de caminar… y caminar… y caminar. Es como una especie de comunidad de completos desconocidos.

Recapitulando mis conversaciones en ese viaje, las personas que más me impactaron fueron un hipermaratonista rumano llamado Mijail, y una señora de edad que atendía en una tienda a la entrada a Pontevedra, de nombre Aracelly.

A Mijail lo conocí en un sendero llegando a Redondela. Oí a alguien acercarse rápido a mí, me di la vuelta, y ahí estaba este chico, trotando. Le paré para que me explique qué hacía. Me dijo que venía trotando desde Lisboa, 400 kilómetros al sur, desde hace unos días. Me contó que cada día trota alrededor de 70 kilómetros, y pensaba llegar a Santiago en dos días más para después seguir a ‘no sé dónde’. Se alojaba en albergues que encontraba en la ruta, y viajaba con el dinero justo. Cuando terminamos la conversación, siguió su camino, trotando, con su mochilita a cuestas.

En cuanto a la señora Aracelly, lo que me dijo ella lo he repetido tantas veces que no me canso de volverlo a contar. Hablando sobre el camino, ella me dijo, muy sabiamente: “Sabe joven, el camino nos enseña que todos somos iguales, no importa a qué clase social se pertenece, necesita exactamente lo mismo y es igual que los demás. El camino también le enseña que no necesita mucho para vivir, puede seguir adelante con lo mínimo sin rodearse de lujos. Y, por último, mientras menos pesada es su mochila, podrá ir más ligero”. Obviamente, estas palabras se pueden aplicar al transitar por la vida.

A medida que tenía más conversaciones con la gente, sentía cosas nuevas, por ejemplo, que cada historia, cada anécdota o cada idea, eran como si formara parte de mí. Algo así como que dejé de sentir esa separación de yo aquí y tú allá, y más bien sentía como que lo que me contaban era también parte de mi vida.

Este sentimiento no lo capté en esos días, sino a mi regreso a casa, cuando hice mi relato del viaje. Ahí, mientras escribía, me di cuenta de lo intensa que fue la experiencia y, a la vez, qué tan sutilmente pasó todo. Casi no me di cuenta de cómo llegó ese nuevo sentimiento.

Tercer viaje

Una nueva travesía se dio porque… no sé, se dio. Diferentes circunstancias. Inicialmente fue por trabajo, para volver a llevar un grupo, pero también había algo que me llamaba. Entre medio, por una crisis existencial, por así decirlo, decidí renunciar a mi trabajo, en el que estaba 11 años. Necesitaba hacer un cambio en mi vida, el único problema era que no sabía qué era lo que haría.

Así que, en abril del año pasado, me subí al avión rumbo a Madrid, sabiendo que a mi regreso no iba a tener un trabajo esperándome. A este viaje fui también con un cliente, pero le dije que esta vez yo ya no estaba trabajando y le podía dar algunos tips para el viaje, pero que no me espere en ningún lugar.

Ahora sí, en el camino hice lo que no había hecho en los anteriores viajes: entré a cada iglesia, cada capilla, cada lugar de paz, para rezar y pedir fuerzas y sabiduría en las decisiones que tome en el futuro. Esta vez sí creo que estaba haciendo una peregrinación en serio.

En esta ida también conocí a mucha gente. Un grupo de personas que quisiera mencionar, unos italianos que llevaban a un señor en silla de ruedas. Los vi pasar en un descanso primero, en una carretera después cuando estaba lloviendo, en un sendero que tenía un riachuelo y, finalmente, me encontré con ellos en Santiago.

Me contaron que eran de un pueblo cerca a Turín, en el norte de Italia, y que todos en el grupo trabajaban en un asilo para niños huérfanos. El señor que estaba en la silla de ruedas era un compañero de trabajo que tuvo una parálisis cerebral. En el grupo estaban también su esposa y un médico. Cuando los encontré, vi que la esposa del señor en silla de ruedas tenía un semblante de paz. Me dijo que todo lo que ella quería era que su esposo dejara de sufrir, y que por eso se animó a hacer el viaje.

Cuando volví a casa a escribir sobre esta última travesía, me di cuenta de que también hubo un cambio que me trajo el camino: sentí fe. No una fe del tipo religioso, sino fe en mí mismo, fe en mis capacidades, en mi motivación, en mi criterio, pero sobre todo, fe en el futuro.

Y ahora, en mi nueva ocupación de escritor a tiempo completo, necesito toneladas de fe. El relato completo de este y otros viajes pueden ser leídos en mi portal web www.marcosgrisi.com 

Por razones de espacio, no puedo contar todas las experiencias que tuve.

Más que turismo

Después de terminar el segundo viaje al mismo sitio, hice una exposición para intentar explicar lo que significa el camino a Santiago de Compostela, de la manera como yo lo viví y sentí. Quise encontrar las palabras adecuadas para decir que la riqueza del viaje no está en hacer turismo.

Más bien, el valor de una visita a Santiago está en la apertura de corazón que se encuentra mientras se conoce y se conversa con otra gente que camina con esperanza, alegría y buena actitud. Todavía tengo dudas si esa vez entendieron el mensaje.

En el camino hay lugares muy silenciosos rodeados de naturaleza. Hay que atender la belleza de cada momento, disfrutar de la propia compañía. Es cierto lo que dicen, que la felicidad está en el viaje, no en el destino. Hay una frase en el libro de visitas del albergue de peregrinos de Logroño (cerca a Pamplona) que lo resume claramente: “A Santiago no se llega, se va.”

Catedral de Santiago. Fue declarada bien cultural Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1985
Plaza do Obradoiro. Donde los caminantes y ciclistas terminan su viaje
Parada. En la puerta de una capilla, en las afueras de Pontevedra

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