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Es algo así como el Lee Van Cleef del fútbol. Aquel personaje de los ‘spaghetti western’ que protagonizó el famoso El Bueno, El Malo y El Feo, junto a Clint Eastwood y Eli Wallach. Ese que cumple una misión poco simpática.

Muchos solo lo conocen como el representante de los futbolistas, secretario general de Fabol, aquel que pone la cara cuando hay problemas entre dirigentes y jugadores, casi siempre por incumplimiento de pago o falta de cobertura social. Pero muchos se olvidan o desconocen su pasado como jugador.

Estudió en el Colegio Enrique Finot, pero jugó intercolegiales con el Nacional Florida (Salimos campeones, cómo no íbamos a ser campeones si jugaban Chichi Romero, Lucho González… teníamos un equipazo)”; destacó en Universidad, se lo disputaron Blooming y The Strongest cuando nacía la Liga, lo tuvo Real Santa Cruz una temporada, y después, tras un acuerdo salomónico, militó un tiempo en The Strongest y luego vino a Blooming. Pasó por Bolívar e integró la Selección boliviana.

Nació hace 61 años, está casado desde hace mucho tiempo con María de Rosario Avilés y tiene tres hijos: David, Hugo y María Laura. Triunfó en equipos grandes, jugó seis veces la Copa Libertadores de América, dos eliminatorias mundialistas y vistió nueve años la camiseta de la Selección boliviana.

David fue un destacado futbolista. Atacante ‘encarador’, hábil, de buena técnica, y mucha personalidad. Tenía facilidad para jugar de tres cuartos de la cancha hacia adelante, por cualquier sector del frente del ataque.

El largometraje de su vida futbolística tiene una primera parte que muestra los inicios de un muchacho precoz y talentoso, formado en canchas de tierra, y en bravas disputas colegiales y barriales, que se gana lugar en la élite del fútbol.

“Debuté jovencito en la U, después, en 1976, me tuve que ir a La Paz. Jugué en la reserva de Always Ready, y luego algunos partidos en primera. En esa época estaba de entrenador Tadormina, y tuve como compañeros a Telmo Paredes y Max Rougcher”.

Pero el fútbol no era su mayor ambición. En ese momento estaba en sus planes ingresar al Colegio Militar. Pasó las pruebas de admisión y tenía quince días antes de incorporarse como cadete. En esas dos semanas cambió el curso de su vida.

“Aproveché de entrenar nuevamente en la U, era el año 77. El presidente del club, Guido Chávez, quería que me quede. Le comenté que tenía todo listo para seguir la carrera militar, pero me convenció de que ingrese a la universidad, estudie Derecho y así podía seguir jugando al fútbol. Me convenció. Me dieron una mota de prima…”

Después me prestaron a La Bélgica, junto a Cacho Céspedes, Franco y otros jugadores para disputar la Copa Simón Bolívar, porque querían ascender. Pero fue justo cuando se presentó en problema de la división del fútbol y se creó la Liga. Fuimos campeones pero no sirvió de nada. Unos días después nos fuimos a probar a Blooming con Cacho, él se quedó y a mí Tito Paz me dijo que tenía muchos delanteros. Y me fui a Real…”

A los quince minutos de la práctica de prueba, el entrenador argentino Jorge Maldonado lo llevó con los dirigentes para que lo contraten. Destacó de inmediato en el fútbol profesional. En su primera temporada, el Círculo de Periodistas Deportivos lo eligió como el mejor jugador del año y lo distinguió con la Victoria Alada. “Me la entregó don Abraham Telchi”, dice.

La de Real Santa Cruz es una historia con polémica, porque en menos de un año lo querían casi todos los clubes. En la disputa por contar con él participaron Universidad, The Strongest y Blooming: el equipo donde jugaba, el dueño del pase y los equipos que lo querían contratar.

Real tenía que pagar los 30 mil dólares del pase un viernes, pero pagó el lunes. The Strongest aprovechó eso para adquirir el pase. Me habló Tito Paz, pero The Strongest me pagaba diez veces más. Se armó un lío, pero al final se acordó que juegue dos años en The Strongest y luego venga a Blooming, que debía devolver el monto del pase”.

Acá arranca la segunda parte de su largometraje. La primera tuvo un final feliz pese a la polémica, y daba paso al comienzo de otra etapa, más brillante aún, en la que refleja su consagración en el fútbol profesional.

Paniagua tuvo dos años de un rendimiento superlativo en el Tigre, como integrante de un equipazo, junto a Galarza, Fontana, Messa, Lattini, Castro y compañía. “Fueron los años más espectaculares de mi carrera”, señala.

Luego se integró a Blooming para cumplir lo pactado. Llegó lesionado y le costó recuperarse, pero lo hizo y vivió años inolvidables. El compromiso terminó en idilio “Se armó un gran equipo, un grupo excepcional, y disfrutamos años maravillosos, logramos dos subcampeonatos y luego fuimos campeones. Por eso soy bluminista, lo llevo en el corazón”.

Fue aquella época gloriosa de un equipo rebosante de figuras como Milton Melgar, Silvio Rojas, Juan Carlos Sánchez, Roly Paniagua, Coimbra, Noro, Valladares, Néstor Vaca, Aguilar, Baldessari, Herrera, Castillo, Terrazas y Arispe, dirigidos por Raúl Pino.

La idea de estudiar seguía en su cabeza. Aprovechó su retorno a Santa Cruz para ingresar a la universidad y seguir la carrera de Derecho. No perdió ninguna materia y egresó como abogado en el momento de madurez de su carrera futbolística.

“Estoy agradecido a Tito Paz porque me apoyó para que no me perjudicara en la universidad. Exigía a los entrenadores que respeten mis horarios y de esa manera pude salir profesional”, cuenta David.

Con todas las materias vencidas, fue a jugar a Bolívar, en 1986. Estuvo solo un año, porque decidió retirarse en 1987. “Mario Mercado se enfureció”, pero ya lo tenía decidido, quería dedicarse a su profesión.

Dejé el fútbol siendo campeón, pero ya no quería que me vean como un futbolista, quería me reconozcan como abogado”, señala Paniagua, con una tesis en la que planteaba que “un simple contrato se convierta en un contrato de trabajo”.

Final de la segunda parte; arranca la tercera. A diferencia de lo que le pasa a la mayoría de los jugadores, Paniagua decide dejar el fútbol mucho antes de que el fútbol lo deje a él. Acá empieza a aparecer- para muchos-, el verdadero personaje: el malo de la película.

Empezó como asesor del ministro Franklin Anaya en el Ministerio de Asuntos Urbanos, hoy de Vivienda; después fue asesor de Juan Carlos Durán, en el Senado, durante el gobierno de Víctor Paz Estenssoro.

La situación del futbolista era una fijación en el flamante abogado. Se apoyó en el convenio colectivo argentino para elaborar la Ley del Fútbol Boliviano. Hubo avances importantes, en la que participaron Wálter Kreidler, Guido Loayza por los clubes, Limberg Cabrera por los futbolistas y Roly Aguilera Pareja, por el Gobierno de la época.

“Fabol no estaba de acuerdo porque existía un decreto supremo, pero había la necesidad de una ley. Todo estaba bien, hasta que se armó un escándalo porque el secretario general se orinó en una maceta, je…”, señala al citar un pasaje de la historia.

Paniagua sostiene que Limberg Cabrera no entendió la idea, se opuso a la ley en el 93, sin embargo siguió trabajando, hasta lograr su aprobación en 2004.

Cabrera, otrora gran jugador de Wilstermann, terminó siendo el antecesor de Paniagua en la conducción del gremio de los futbolistas. David resume la historia de esta controvertida entidad que lucha por los derechos de los trabajadores del fútbol.

“Cuando se fundó Fabol, no tuve nada que hacer. La crearon un abogado de apellido Linares y Limberg Cabrera, quienes consiguieron la personería jurídica para la Federación Sindical de Futbolistas de Bolivia. Fracasaron con la huelga del 93. En 1998, otro grupo, en el que estaban Minina Ardaya, Víctor Hugo Pérez y Roly Paniagua, y también fracasaron. Hay que preguntarles porqué abandonaron Fabol”, relata.

Después ingresa nuevamente en escena. Dice que Fabol se reactivó con los mundialistas y ayudó a poner orden, a aplicar lo que manda la FIFA, por ejemplo, en aquel momento seguían existiendo los pases cuando en otros lados estaban en vigencia los contratos.

“Nosotros conseguimos la Ley del Deporte en 2004, todos los derechos ganados los peleamos nosotros. Nos presentamos a elecciones y los jugadores nos eligen. Las próximas elecciones son en 2022. El requisito es ser exjugador. Si perdemos, nos iremos con la conciencia tranquila, y, si ganamos, seguiremos hasta que las fuerzas nos den”, sostiene.

Paniagua, como personaje antipático del reparto, tiene detractores, no falta quienes lo acusen de aprovecharse de los jugadores para vivir del fútbol. Eso no le preocupa demasiado y explica que cuenta con el respaldo de la FIPpro, una organización internacional de futbolistas reconocida por la FIFA. Es primer secretario de la División América desde hace ocho años, cargo que le reconoce el hecho de haber logrado la primera Ley del Deporte.

“Al ser miembros plenos, tenemos un apoyo económico, nos hacen auditorías, nos fiscalizan; tienes que demostrar que defiendes a los futbolistas”, explica para aclarar las cosas.

Hoy sigue en lo suyo en lo laboral. En lo personal, recuperándose de una tercera operación de cadera que le impide ciertas cosas, como asistir al estadio, sin embargo, va a los de la Selección boliviana.

Ése es David Paniagua. Un personaje del fútbol que triunfó como jugador, cumplió la meta de tener una profesión universitaria (“cuando se quiere, se puede”), y que ahora se desempeña como el malo de la película, en un largometraje que aún no llegó su fin.

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