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Estamos grandes, pasaron tantas cosas y seguimos buscando nuestra identidad, entendida como un estilo que nos identifique. ¿De dónde venimos y hacia dónde vamos? No existe una raíz, un rasgo, algo que ayude a definir nuestro fútbol.

La forzada mediterraneidad de la que fuimos víctimas nos alejó de la ascendencia europea. Otros países, por ejemplo, tuvieron una marcada influencia británica. Los barcos ingleses llegaban a todas partes con una pelota de fútbol bajo el brazo, menos a Bolivia.

De esos barcos bajaban marineros apasionados al deporte inventado en las islas británicas, ayudaron a descubrirlo, compartieron sus reglas y contagiaron su entusiasmo.

También llegó gente, arribaron empresas, entre ellas constructoras del ferrocarril, para aportar en el desarrollo de países emergentes, que terminaron siendo claves para consolidar el fútbol y convertirlo en el deporte más popular en América.

Otros migrantes de Europa vinieron al continente en busca de oportunidades, trajeron consigo rasgos culturales y costumbres distintas, que a la larga influirían en esas sociedades.

Así, hubo influencia británica (ingleses y escoceses), alemana, suiza, italiana, española, portuguesa, a la que se sumaron otras minorías europeas, permitiendo una mezcla interesante en países cuyo fútbol incorporaba experiencias ajenas y le aportaba rasgos propios.

El impulso llegó de afuera. Eduardo Galeano cuenta en su libro El fútbol a sol y sombra, que el primer partido de fútbol en Brasil lo disputaron “súbditos británicos de la Gas Company y la Sao Paulo Railway”, en 1895.

En tanto que una vieja crónica del periodista Juan José Soiza Reilly, señala que “si bien el fútbol nació en los colegios británicos de Buenos Aires, fue el piberío porteño quien lo aclimató. (...) Contemplaban desde afuera la técnica de aquel “juego de locos”. Y les gustó. ¿Por qué? Porque se amoldaba a su temperamento (…)”.

En Bolivia fue diferente. No hubo una migración similar, solo arribaron reducidos grupos que destacaron por su trabajo, pero que no tuvieron ninguna influencia en el fútbol.

Bolivia se hizo sola y paga un alto precio por ello. El fútbol llegó al país a fines del siglo XX traído por bolivianos que regresaban de países vecinos donde empezaba a ser practicado de manera oficial, por ejemplo, Chile.

“En Bolivia es un nativo quien lleva el balón de Chile a Oruro gracias al ferrocarril que unía esta ciudad con Antofagasta: Leoncio Zuaznabar (sic), fundador del Oruro Royal Football Club en 1896”, se lee en el libro Historia mínima del fútbol en América Latina, de Pablo Alabarces. No hubo esa interrelación de extranjeros y nativos que hubo en otras partes. Aquí fue todo entre bolivianos, “a la boliviana”.

La popularidad y el entusiasmo no entran en discusión. Los bolivianos adoptaron el fútbol y lo convirtieron en su juego favorito. Pero fue como viajar sin una idea clara y ni un objetivo definido.

El fútbol cambió mucho en los últimos tiempos, por eso aún vemos rasgos nítidos de su idiosincrasia futbolera en brasileños, argentinos, uruguayos, paraguayos, colombianos, chilenos y peruanos. En Bolivia, no.

Al no tener ninguna influencia, el fútbol boliviano se desarrolló a puro entusiasmo, y con el tiempo fue teniendo contacto con el mundo exterior por alguna participación efímera en torneos de selecciones, y amistosos con equipos de países vecinos.

Argentina, Brasil y Paraguay fueron, hasta cierto punto, ejemplos a seguir, aunque sin llegar a influir decididamente en los estilos futbolísticos.

En cada región del país se juega de distinta manera, por cuestión geográfica y por rasgos de personalidad.

Esta historia continuará…

1896

Nace Oruro Royal Football Club, el primer equipo de fútbol en Bolivia, fundado por Leoncio Zuaznabar.

1926

La selección boliviana participa por primera vez en el Campeonato Sudamericano que se disputó en Chile.