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Si se trata del desmadre que registra el fútbol boliviano en sus niveles de conducción y del manoseo inaudito a la selección nacional, quiero escribir, pero me sale espuma. He utilizado, a propósito, el título de un poemario de mi amigo entrañable Pedro Shimose y que en 1972 fue galardonado con el prestigioso premio literario Casa de las Américas. Hace algunos momentos asistí al estrepitoso derrumbe de Bolívar ante Palmeiras (5-0) en Copa Libertadores. Poco antes, en la misma aciaga jornada balompédica, probablemente, sin ningún convencimiento de lo que hacían, tres jugadores de Oriente Petrolero se despedían cabizbajos y con cara de velorio, del venezolano César Farías. Su club les había enviado los pasajes de retorno a Santa Cruz junto a la conminatoria de abandonar la concentración en La Paz, a contados días de la visita a Brasil por las eliminatorias mundialistas. ¿Papelón, uno más, a la vista?

Personalmente, tras seguir su ascendente y destacada carrera, me convertí en admirador de Ronald Raldes al que llegué a considerar, en su mejor momento, como uno de los pocos futbolistas bolivianos con clase y jerarquía internacional. Fue, por méritos de sobra, capitán de la selección y no llevo la cuenta de cuántos partidos defendió sus colores pero, además de destacadas actuaciones, recuerdo cuando en Miraflores se plantó firme en un cara a cara con el astro argentino Leonel Messi que, sin conseguirlo, intentó apocarlo con su innegable fama mundial, en un pasaje del duelo que nos enfrentó a los rioplatenses. Imagino la expectativa/ ilusión/emoción de Ronald por su primer llamado a la selección y al que siguieron muchos más, para concretar el sueño acariciado, el orgullo profundo, la máxima aspiración, la meta ambicionada de cualquier futbolista con todo lo que eso implica. Por eso me cuesta aceptar, por la razón que fuere, que el ahora presidente de Oriente haya frustrado expectativas, sueños, ilusiones, aspiraciones y metas como las que él tuvo, de tres jugadores de su propio club con una decisión tan desafortunada como penosa. Ponete en las chuteras de ellos, estimado Ronald.

La salida forzada de los albiverdes y que podrían seguir convocados de otros clubes, es atribuida a la “inseguridad jurídica” que impide el ejercicio de uno de los dos presidentes de la FBF. Una medida completamente abusiva y disparatada en tratándose de un problema que tendría que resolverse en su ámbito específico. Fabol, la agremiación de los futbolistas, también atiza el fuego con sus demandas de nunca acabar. Espumeando por la bronca y el hastío, me pregunto ¿por qué hacer escarnio de la selección por la sorda pugna de poder entre dos bandos dirigenciales, cerrados en sus posturas e incapaces de aportar soluciones a la peor crisis en la historia del fútbol boliviano? ¿Se habría movilizado ‘barras bravas’ para la quema de estadios o para apedrear las sedes de la Federación como medidas de ‘presión’ si la selección no estuviera a mano, como ahora, para utilizarla como instrumento de vulgar chantaje? ¿O qué otra estupidez se habría consumado en medio del completo extravío, de la irracionalidad imperante, que impiden allanar la salida del atolladero? Los dos presidentes de la FBF convocaron reuniones que, previsiblemente, no tuvieron cuórum, Fabol promueve una ‘cumbre’, el viceministro de Deportes dice que ayudará a poner las cosas en orden “desde el lunes”, no antes...

A estas alturas, cuando mucha agua ha cruzado bajo el puente, cuando nadie da el brazo a torcer ni escucha el clamor futbolero de “que se vayan todos”, parece inevitable y muy recomendable demandar de la Conmebol y de la FIFA la inmediata intervención del fútbol boliviano. Un fútbol atacado y carcomido por el virus implacable de la soberbia, de la mediocridad, de las mezquindades y de otras miserias humanas. Un fútbol enfermo y probadamente incapaz de encontrar el antídoto para la cura eficaz de sus males crónicos.