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Trabajó a la par de Guido Loayza, presidente de la FBF, en la clasificación al Mundial de Estados Unidos 1994, pero la historia oficial los borró a él, a la Liga y a otros dirigentes a la hora de repartir méritos y contar lo sucedido.

Era una de las cabezas en la llamada epopeya de 1993, cuando, por esas paradojas de la vida, en el peor momento de su historia, el fútbol boliviano consigue lo que para muchos es su mayor logro, la clasificación al Mundial de Estados Unidos 1994.

Walter Kreidler Guillaux, popularmente llamado ‘Chacho’, era el presidente de la Liga del Fútbol Profesional Boliviano, la institución que aglutinaba a los clubes que proveían de jugadores a aquella famosa selección nacional del 93.

Fue parte importante de esa recordada empresa, porque además era vicepresidente de la Federación Boliviana de Fútbol, presidida por Guido Loayza. Uno representaba a la rama amateur y otro a la profesional. Ambos artífices del logro junto a otros pocos dirigentes que pusieron la cara y el hombro en ese momento difícil.

Pero, a la hora de contar la famosa aventura que emocionó a los bolivianos, fue borrado de los textos. Es como que él y la Liga no hubiesen existido, y todos los méritos hayan sido única y exclusivamente de una FBF que estaba moribunda y resucitó con la clasificación al Mundial.

Incluso el propio Loayza siempre habla en primera persona cuando relata los pasos dados hacia aquella conquista, dando la razón a aquello de que la “historia la escriben los vencedores”, aunque en este caso haya varios ganadores, y uno de ellos, justamente, es Chacho Kreidler.

“He leído las crónicas sobre aquella época, y en ninguna existe la Liga, y lo cierto es que, pese a los problemas, la Liga era la institución fuerte, la Federación era tremendamente débil, recibía apenas el 3 por ciento del 70 por ciento de la recaudación de la Liga. La Federación debía 600 mil dólares, y si no era el aporte personal mío, y tengo entendido que Guido (Loayza) hizo el suyo, no hubiese habido dinero para mover a la selección. Les consta a los dirigentes, al propio Azkargorta y Carlos Aragonés, que fue a Madrás (india) porque vieron que nosotros pagamos todos los viáticos en el hotel Cortez”, señala sin dejo de rencor.

“La relación era excelente. Los que trabajaban eran Guido, Percy Luza, Willy Soria…también otra gente que colaboró, por ejemplo, ‘Chichi’ Castedo, Walter Castedo y Happy Peredo, eran incondicionales en Santa Cruz; trabajábamos como si fuésemos empleados, de hacer lavar sábanas a transportar jugadores. Casi no había personal. Si viajaba un dirigente era con control presupuestario casi espartano”, comenta entusiasmado.

“Después no hubo la hidalguía de reconocer a la institución, a la Liga como tal, que eran todos los clubes, dueños de los jugadores, los que soportaban sus salarios y primas. Después la Federación se hizo cargo de ellos. Se partió con 25 dólares y después terminaron con buenos saldos”, indica al referirse a la desproporción de los méritos en la recordada campaña.

Walter Kreidler es un destacado arquitecto, reconocido bluminista, un exdirigente que aplicó en el fútbol su impronta profesional, tanto en Blooming como en la Liga, y un hombre de buena memoria, detallista a la hora de contar sus experiencias.




Los recuerdos afloran en la charla. “Empecé a asistir a las reuniones de la Liga, acompañaba al doctor Óscar Román Vaca, que era el delegado del club. En la época que renunció ‘Chacho’ Saavedra a la FBF, me introdujeron a la comisión de arbitraje. Modifiqué el tratamiento a los árbitros, que era muy irrespetuoso. Impusimos el test de Cooper, exigíamos pruebas, y se armó una pequeña revolución ahí”, cuenta.

Repasa la crítica situación que atravesaba el fútbol boliviano (una más y van…). Hubo una crisis y no había dirigente que se quiera hacer cargo, no se pagaban sueldos a los jugadores de la selección, los clubes estaban en déficit, la Liga tenía 16 equipos, el sistema de descensos era anárquico (el que bajaba era reemplazado por otro de su asociación), no era fiable”.

Hasta que le llegó el momento de dar el salto. “Blooming me postuló y el acuerdo de caballeros que había con los paceños era que Santa Cruz manejaba la Liga y La Paz la Federación. Asumí como un reto; tenía 39 años, y le echamos para adelante. Era el año 91”.

El relato recurre a más momentos de esa parte que las luces del triunfo dejaron en el olvido. “El 92 fue un periodo de reorganización. Había muchas complicaciones, por ejemplo, un equipo tenía a su presidente en la cárcel y los jugadores hacían huelga porque no había quién los atienda. Y los descensos prácticamente no existían, porque como eran los de la misma asociación los que reemplazaban, simplemente se cambiaban de camiseta”.

Como buen arquitecto, diseñó un plan para apuntalar una estructura a punto de desplomarse. “Había que poner orden, para empezar, reducir la cantidad de equipos. Planteamos que sean diez pero llegamos a doce…hicimos un análisis económico serio de las finanzas, aproveché mi experiencia como tesorero de Blooming, y llegamos a la conclusión de que la economía de los clubes no daba para más de doce equipos. Cambiamos los ascensos y descensos por mérito deportivo”.

La Liga estaba mal y la FBF, peor. “La FBF estaba en una crisis terrible, tenía una casona vieja en Cochabamba, no había condiciones, se debía un montón de plata. Había que elegir el entrenador para las eliminatorias del Mundial 1994. Pese a que un club paceño pretendía que se haga cargo su director técnico, elegimos a Xabier Azkargorta, que asumió en noviembre de 1992”.

Conoce como pocos el peor momento de la Liga, que tuvo como epicentro la huelga de futbolistas que paralizó al fútbol profesional. Y, pese a todo, rescata la importancia de la Liga.

“En la huelga se ve el papel preponderante de la Liga. Después de la Copa Nehru tenía que empezar el torneo, en febrero. Un buen exjugador pero mal dirigente de los jugadores (Limberg Cabrera), planteó una huelga general indefinida a menos que se apruebe el Estatuto del Jugador. Pero para ello se requería de una ley que se apruebe en el Parlamento nacional y la Liga no podía condicionar a nadie para que se apruebe antes de un campeonato. Lo anecdótico es que yo siempre estuve de acuerdo con que haya esa ley, tan es así que presentamos junto con David Paniagua, hoy representante de los futbolistas, un proyecto de ley al Parlamento, y, por increíble que parezca, fue boicoteada por el mismo dirigente de los jugadores”.

El diálogo interrumpido por posiciones enfrentadas empeoró la situación. “Al comenzar el campeonato, que ya venía siendo difícil porque se habían eliminado cuatro equipos de la Liga, costó convencer a patrocinadores y mecenas, porque la taquilla era muy baja, y los dirigentes decidieron dejarlo sin efecto. En dos sesiones se tomó la determinación porque, además, no se sabía cuándo querían volver a jugar los jugadores. Ese fue el argumento de fondo para que no se juegue. Además había leyes laborales y el Gobierno no las quería tocar. No estaba en nuestras manos. Veinte años después, la FIFA lo aprobó. Sin embargo, seguimos apoyando a la selección”.


Los clubes, instituciones inestables afectadas por la debilidad institucional, asumieron el riesgo de no jugar el campeonato, y sin querer le estaban haciendo un gran favor a la selección boliviana. Al final sería una victoria pírrica, los grandes derrotados fueron la masa de futbolistas que no tuvieron la suerte de ir al Mundial y no cobraron sueldos varios meses. Paradójicamente, aunque parezca contradictorio, el ganador resultó ser el fútbol boliviano.

“Fue un espacio muy importante para programar entrenamientos en tres escenarios en Cochabamba y Santa Cruz, y la aclimatación en La Paz. Se hizo así por el buen criterio de Xabier (Azkargorta). La Liga le dio todos los jugadores a la selección sin exigencias económicas, le liberó un peso enorme. Después ingresó un poco de plata”, cuenta Kreidler.

Acá la charla empieza a matizarse con las anécdotas del inicio del proceso exitoso que encabezó Xabier Azkargorta.

“Llegó un fax para que nos presentemos en la Copa Nehru, en India. Xabier, sorprendido con la noticia. Armamos una selección en menos de 48 horas. Ahí empezó el verdadero ciclo de la selección boliviana. Se jugó ante Corea del Norte (2-1, gol de Takeo), Rumania (2-0), luego un amistoso con Lokomotiv (2-1, gol de Tucho Antelo). En Madrás”, cuenta con detalle.

Conoce los recovecos de la historia y los comparte con entusiasmo. “Nos pusimos de acuerdo en el comité ejecutivo que Bolivia tenía que jugar la mayor cantidad de amistosos, y el técnico quería que los rivales sean equipos que exijan a la selección. Decía, de qué sirve jugar con un equipo chico, si me gana pierdo mucho y si gano, no gano nada. Tenía mucha razón. Se jugó con Honduras, Paraguay, y se hizo una gira por Centroamérica”.

Y se refiere a la omisión, voluntaria o involuntaria, de negar a la Liga como protagonista del éxito del 93. “He leído las crónicas sobre aquella época, y en ninguna existe la Liga, y lo cierto es que, pese a los problemas, la Liga era la institución fuerte, la Federación era tremendamente débil, recibía apenas 3 por ciento del 70 por ciento de la recaudación de la Liga. La Federación debía 600 mil dólares, y si no era el aporte personal mío, y tengo entendido que Guido (Loayza) hizo el suyo, no hubiese habido dinero para mover la selección. Les consta a los dirigentes, al propio Azkargorta y Carlos Aragonés, que fue a Madrás, porque vieron que nosotros pagamos todos los viáticos en el hotel Cortez.

Hace memoria y señala que “todo fue una taza de leche hasta que fuimos al Mundial, después nos complicaron la vida por cualquier cosa. Cambió todo. Nos borraron del mapa, de la historia oficial. Para la Federación Boliviana de Fútbol no existe la Liga, ni la mencionan. Lo raro es que nunca hubo algún problema, ni un sí ni un no con Guido (Loayza). Esa es la historia misteriosa. Borran quienes escriben las historias. Nunca discutimos con Guido. Creo que fue el entorno de Guido, que le dijeron, seguramente, “oye, alguien quiere compartir una torta que solo te corresponde a vos”, y el trabajo lo hicieron también otras personas, el tesorero Willy Soria, (Jorge) Sfeir de The Strongest, Tito Paz; toda la preparación de la selección en Santa Cruz fue en la sede de Blooming, sin pagar un centavo”.

Y se acerca al epicentro de los hechos que originaron ese distanciamiento. “Cuando empezaron a codearse con gente del exterior, empezaron los celos. Volvió gente que se había borrado antes, como José Saavedra Banzer, que había dejado la Federación y la selección abandonada. Quiso volver metiendo la cuña entre ambos. Manejaba muy bien el ámbito de relaciones y al parecer por ahí fue la cosa. Después él fue nuevamente el presidente de la Federación. Nunca tuvimos una comunión de ideas”.

La ingratitud no le borra los hermosos recuerdos de la epopeya. “Lo más bello fue la recepción del pueblo paceño, fue extraordinario, increíble, después de empatar con Ecuador y asegurar la clasificación al Mundial. Regresamos en el vuelo chárter de madrugada llorando de felicidad. Esa apoteosis no la vi nunca, fue de 2 a 5 de la mañana”, sostiene con emoción.

Después, le bajó el telón al fútbol.

Blooming, una parte de su vida

Kreidler dio sus primeros pasos en el fútbol en Blooming. “Empecé temprano, tenía 24, 25 años. Me invitaron como arquitecto a ver infraestructura, en la sede que había en el tercer anillo, donde ahora es la Udabol. 

Diseñé una cancha de fútbol, había una cancha de básquet que mandó a hacer el doctor Telchi, y construimos una pequeñísima sede con infraestructura, donde empezamos a captar socios”.

Estuvo en las buenas y en las malas con la academia. “La inundación del 83 (se desbordó el río Piraí) nos borró del mapa. Quedamos con 1,60 m de agua; fue una desilusión muy grande, pero Tito Paz, que fue uno de mis grandes mentores, gran dirigente, excelente amigo y mejor persona, aprovechó que disputábamos la Copa Libertadores con Flamengo, y vendió muy bien los derechos de televisión. Y decidió que la mayor parte de esa plata había que destinarla para comprar los terrenos para una sede y adquirió la Fraternidad Guillermo Rivero”.

Y puso la profesión al servicio de la pasión. “Con Negro Añez, Chino Aguilera, Osvaldo Pereyra y yo, como encargados de infraestructura hicimos muchas cosas en la sede, le dimos mucha fuerza, construimos canchas de fútbol muy bien hechas, con drenajes y peraltes adecuados, que hasta hoy se aprovechan y que utilizaron muchos equipos y selecciones, piscinas, frontones, canchas de voleibol. Lanzamos una campaña de masificación de socios, surgió la iniciativa de los bingos millonarios, se entregaron doce autos, y Blooming se popularizó mucho”.

La pasión le costó tiempo, trabajo... y plata. “Después fui tesorero en una época muy difícil, el equipo de fútbol demandaba mucho dinero, debíamos 800 mil dólares, exigibles, los dirigentes estaban correteados por tanta deuda, y se decidió que la deuda nos la dividíamos entre los directores del club. Fuimos al banco, sacamos unas letras en grupos de dos y tres directores y nos las repartimos. A mí me tocó con Ñato Pareja e Issac Núñez. Fue muy duro, en esa época era asalariado”.

Y llegaron los frutos. “El equipo empezó a responder, salimos campeones, había una dinámica entusiasta muy bonita en el club y salimos adelante”.

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