Escucha esta nota aquí

Argentina tuvo en Diego Maradona al abanderado de una generación que marcó el fútbol argentino por su calidad, su entrega y su temple. Ganó una Copa del Mundo en México y estuvo cerca cuatro años después, en Italia 90.

Maradona lideró desde chico al seleccionado albiceleste, en 1979, tras quedar fuera de la lista para el Mundial 78, se convirtió en capitán y conductor del equipo que deslumbró en el Mundial Juvenil de Japón y conquistó el título.

Ese año, con el juvenil astro en plena ebullición, Argentina enfrentó a Bolivia por la Copa América que se disputaba con el sistema de series. Diego no actuó en el Hernando Siles de La Paz, pero sí lo hizo en Buenos Aires, en la victoria rioplatense por 3-0, convirtiendo un gol en el estadio Vélez Sarsfield.

El juvenil del 79 fue la revancha de un jugador magistral que empezaba a deslumbrar al mundo con su calidad y la Copa América la chance de afianzarse en un equipo que empezaba a pensar en el Mundial de España.

En España 82, junto a otros jóvenes destacados, se convirtió en el relevo de aquellos que habían ganado el Mundial 78. La experiencia no fue del todo buena, pese a mostrar algunos destellos de su calidad. Fue expulsado en el partido con Brasil, por un planchazo contra Batista, producto de la impotencia provocada por una derrota inminente, en segunda fase. Era parte del proceso de maduración de un Maradona que empezaba a acumular la experiencia europea. Llegaba a Barcelona y un par de años más tarde completaría el aprendizaje con su incursión en el Nápoles de Italia.

En el fútbol italiano apareció un Maradona muy parecido al de Argentinos Junior, fortalecido con la experiencia de las contiendas futboleras del Viejo Mundo. Argentina aprovechó y disfrutó al máximo de ese Maradona.

En México 86, la selección argentina encontró en Diego el líder ideal para ganar un Mundial. Maradona fue una especie de Kempes del 78. Comandó con su ambición y convicción ganadora a un grupo con hambre de gloria.

Tuvo un campeonato que rozó la perfección, con actuaciones magistrales y goles fantásticos. Su personalidad y talento, más la picardía de potrero, marcaron la diferencia en un torneo en el que habían otros grandes futbolistas.

El segundo gol a los ingleses fue la obra maestra que lo catapultó a lo más alto de la fama; fue el disparador de ese famoso barrilete cósmico que lo ubicó lejos del resto de los mortales, al lado de los más grandes de la historia.

Argentina campeón del Mundo con Maradona alzando la Copa fue la postal que inmortalizó un momento sublime de quién demostró que los deseos de niño y los sueños de fútbol, pueden ser posibles con talento, dedicación y esfuerzo.

Llegó a la cima, luego empezó a bajar. Sin embargo, lesionado, aún tuvo cuerda para conducir a Argentina hasta la final en Italia 90. Fue un torneo especial para él, porque casi todos los italianos estaban en su contra, a excepción de los napolitanos, que lo amaban. Ayudó a eliminar a los ‘azzurri’ en su propia casa y a superar a Brasil. Después perdería la final con Alemania.

En esa etapa, participó en la Copa América del 89, donde nuevamente enfrentó a Bolivia, en el empate sin goles en Goiania.

Después de unos años se animó a volver a la selección argentina, para darle una mano porque estaba a punto de quedar al margen de Estados Unidos 94. Participó del repechaje frente a Australia y sacaron el boleto a la Copa del Mundo.

El final de la historia es conocido. Tras una destacada actuación ante Grecia, dio positivo por efedrina en un control antidopaje de rutina.

Telón lento para acabar con la última obra de un gran artista del fútbol.

Comentarios