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El Club San Martín era uno de los grandes animadores de los campeonatos de divisiones menores de la Asociación Cruceña de Fútbol. Sus equipos eran duros adversarios para todos y oficiaban de local en el estadio Enrique Bujold.

El escenario deportivo lleva el nombre de su mentor, un sacerdote canadiense de la iglesia San Martín de Porres, ubicada en la avenida Roca y Coronado, que cuenta con una cancha alternativa, llamada La Bombonera.

El Club San Martín se fundó el 14 de noviembre del año 1965 y es uno de los clubes que más campeonatos ganó en las categorías menores.

Era un club formador de jugadores. Los más famosos fueron Wilson Ávila, Juan Rivero y José Luis Medrano. También surgieron ahí Federico Borda, Roberto Castro, Ricardo Castro, Sandro Peña y Edivaldo Rojas.

El padre Bujold, como todo el mundo lo conocía, era un personaje del fútbol cruceño por esa encomiable labor. Él se encargaba de financiar todo con la ayuda de la comunidad de Quebec, ciudad canadiense donde nació, y con su salario de sacerdote.

“Él compraba los Kichutes, los uniformes, siempre daba desayuno, y, si ganabas, compraba salteñas. Además, ayudaba a la gente pobre”, apunta ‘Ñeco’ Medrano, recordando a una de las personas que más lo ayudó cuando era un niño.

Medrano nos ayuda a reconstruir lo que fue el Club San Martín en sus mejores épocas. El otrora mediocampista radica en Virginia, Estados Unidos, desde hace veinte años. Guarda en la memoria detalles de esta historia.

“Nací ahí, vivo al frente de la cancha La Bombonera. Mi padre era el encargado de las canchas. Además trabajé en la iglesia. Comía, dormía, era mi casa”, cuenta Ñeco, que de la prejuvenil santa pasó a Oriente Petrolero y destacó con la camiseta albiverde durante quince años.

“Carlos Valverde y el técnico (Roberto) Mariani fueron a verme jugar. Estaba en el banco porque era la final juvenil. (Miguel) Oliva le dice al ‘Gordo’ Guilarte, lo meto a este, hay que ganar, porque perdíamos 0-1 con Tahuichi. Era uno de las menores, pero ingresé y anoté un gol. Después hice dos jugadas y lo dimos vuelta. Valverde y Mariani pidieron que me cambien para que no me lastimen porque me iban a llevar a Oriente. Terminó el partido, cruzaron a mi casa y me dijeron que me presente al día siguiente a los entrenamientos”, recuerda.

Miguel Oliva y Eduardo Guilarte se encargaban de la prejuvenil, juvenil y Primera, y el padre Bujold de los más chicos. “El Gordo (Guilarte) era también como una especie de gerente y después fue quien se quedó a cargo del club. Además de Oliva, estaba Eduardo Cava y gente del barrio”, agrega.

Pero el padre Bujold era el hombre orquesta. “Él hacía todo, sacaba las fotos a todos los jugadores, llevaba la documentación y habilitaba en la ACF; incluso se encargaba de las pruebas. No le gustaba dirigir a los grandes. No entreno borrachos, decía”, apunta.

Bujold era un celoso custodio de los bienes del club, por ejemplo, de las canchas, que “las cuidaba más que a su vida”, según Medrano, quien cuenta que entre los muchachos del club y del barrio lo ayudaron al padre a construir las tribunas del “Bujold”.

En ese estadio se disputó el campeonato cruceño 1975 porque se estaban realizando arreglos en el entonces estadio Willy Bendek. Guabirá se consagró campeón local.

Los entrenamientos de los niños eran después de las 18:00, aprovechando el sistema de iluminación, para permitirles a los padres que puedan llevar a sus hijos después del horario de trabajo. El resto de las categorías, al mediodía. “El padre se preocupaba de todo. Si algún jugador no llegaba, se atrasaba, iba a buscarlo en su moto”.

El padre Bujold falleció en 1995, y el legado pasó a Eduardo Guilarte, quien luego llegó a un acuerdo con Milton Melgar para que se haga cargo del club. El estadio quedó en poder de la Asociación Cruceña de Fútbol, en copropiedad del Club San Martín, y la cancha La Bombonera en manos de la junta vecinal.

Medrano fue presidente de San Martín dos años. Hoy está lejos pero sus hermanos lo mantienen informado de la crítica situación del club que participa en la categoría de ascenso. “Me da pena... mis hermanos me piden que vuelva para ayudar al club”.

San Martín necesita un milagro. Merece que alguien le dé una mano por todo lo que le dio al fútbol cruceño.

El problema es que, muchas veces, el tiempo arrasa con todo, hasta con la gratitud.

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